Llevábamos semanas conteniendo la respiración, asumiendo la tensión logística en el estrecho de Ormuz como la nueva normalidad. Sin embargo, la guerra ha cruzado una línea roja irreversible. Hemos pasado del bloqueo comercial a la destrucción física del motor energético mundial, y las consecuencias ya se sienten en la economía global.
El impacto ha sido inmediato. El precio del gas natural en Europa (el contrato de referencia TTF) se ha disparado un 35% en cuestión de horas, resucitando los peores fantasmas de la crisis ucraniana de 2022. La magnitud del desastre es tal que Susan Sakmar, profesora de la Universidad de Houston, advierte en Bloomberg que este ataque podría ser "un punto de inflexión para el sector del GNL, similar al ataque contra el Nord Stream o quizá incluso peor", al tratarse de una interrupción repentina sin visos de solución a corto plazo.
La escalada cronológica. Para entender cómo hemos llegado hasta aquí hay que observar la cadena de eventos de las últimas 48 horas. El detonante original, según revela The Wall Street Journal, fue un ataque de Israel contra el yacimiento de South Pars, la joya de la corona de la industria energética iraní, con el objetivo de asfixiar las fuentes de financiación de la Guardia Revolucionaria.
Y no es un objetivo cualquiera. El analista Joaquín Coronado subraya que South Pars (compartido con Qatar, donde se llama North Dome) es el yacimiento de gas natural más grande del mundo, albergando el 10% de las reservas globales. De ahí sale el 70% del gas de consumo doméstico iraní y genera el 80% de los ingresos del Estado qatarí.
Un respuesta fulminante desde Teherán. Tal y como señala Financial Times, Irán lanzó misiles balísticos contra el gigantesco complejo industrial de Ras Laffan, en Qatar, la mayor instalación de gas natural licuado (GNL) del mundo y sede de infraestructuras clave como la planta Pearl GTL de Shell. La empresa estatal QatarEnergy confirmó "daños extensos" e incendios en sus instalaciones.
El pánico se extendió por todo el Golfo Pérsico. Según Reuters, la Guardia Revolucionaria iraní emitió órdenes públicas de evacuación, declarando "objetivos legítimos" a instalaciones energéticas vitales en Arabia Saudí (como la refinería Samref y el complejo Jubail), Emiratos Árabes Unidos (el campo de gas Al Hosn) y Qatar. Poco después, Riad interceptó misiles dirigidos hacia la capital saudí.
El mercado ha sentido el golpe. Las cotizaciones del petróleo han enloquecido. Como detalla Oilprice, el barril de Brent superando la barrera de los 110-113 dólares, lo que supone un encarecimiento de casi el 60% en este mes de marzo. No obstante, el problema real va más allá del precio diario. Martin Senior, de Argus Media, advierte de un "nuevo nivel de impacto".
Ya no se trata solo del cierre logístico del estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20% del petróleo mundial); el problema es que el tiempo para reparar estas instalaciones destruidas podría durar mucho más que la propia guerra. Y los peores presagios ya tienen cifras. Como ha revelado en exclusiva en Reuters el director ejecutivo de QatarEnergy, el ataque iraní ha dejado fuera de servicio el 17% de la capacidad de GNL del país por un periodo que podría alargarse hasta cinco años.
El efecto dominó. Esta situación se ha está llevando a terceros países en su camino. Como explica Coronado, Irak ha perdido de golpe 3.100 megavatios de electricidad por el corte del suministro iraní, mientras que Turquía se verá obligada a competir ferozmente por cargamentos de GNL de emergencia.
En Europa, el pánico es evidente: el boletín Europe Express del Financial Times revela que la guerra ha dinamitado la cumbre de líderes de la UE en Bruselas, donde el debate sobre cómo mejorar la competitividad ha sido completamente eclipsado por el miedo a las facturas energéticas y la presión interna sobre el sistema de comercio de emisiones.
Geopolítica al límite. La diplomacia parece rota y los aliados de Estados Unidos están perdiendo la paciencia. Según el Wall Street Journal, los gobiernos árabes están "furiosos" porque sienten que la estrategia de EEUU e Israel les ha puesto una diana en la espalda. Por su parte, Al Jazeera recoge las declaraciones del ministro de Exteriores saudí, el príncipe Faisal bin Farhan, quien ha advertido a Irán de que la paciencia del Golfo "no es ilimitada" y se reservan el derecho a tomar acciones militares. Qatar, por su parte, ha expulsado a los diplomáticos iraníes, dándoles 24 horas para abandonar el país.
En medio de este caos, el papel de Washington es errático. El presidente Donald Trump acudió a las redes sociales para negar conocimiento previo del ataque israelí a South Pars. Sin embargo, como recoge WSJ, Trump lanzó un ultimátum a Teherán: si vuelve a atacar a Qatar, EEUU "volará masivamente por los aires la totalidad" del yacimiento iraní.
Ante la escalada de precios, la Casa Blanca busca medidas desesperadas. La columna de Javier Blas en Bloomberg revela un polémico plan del Tesoro estadounidense: intervenir directamente en los mercados financieros apostando a la baja (shorting) en los futuros del petróleo para abaratar artificialmente la gasolina antes de las elecciones. Una idea que expertos como el CEO de CME Group califican de "desastre bíblico" que destrozaría la confianza en el libre mercado.
El contexto periférico. Para tener la foto completa, hay que mirar más allá de las explosiones. Analista de Verisk Maplecroft advierten en Reuters de que el mayor peligro ahora mismo es que los ataques se extiendan al oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí o a los puertos del Mar Rojo. Estas eran las únicas rutas alternativas viables para esquivar el bloqueo del Estrecho de Ormuz, por donde transita normalmente el 20% del petróleo mundial.
En un intento por amortiguar el golpe a nivel doméstico, la administración Trump ha suspendido temporalmente la centenaria Ley Jones (Jones Act) durante 60 días, permitiendo que barcos de bandera extranjera transporten petróleo y gas entre puertos estadounidenses para abaratar costes.
El callejón sin salida. El panorama es desolador. Tal y como reflexionan en Cinco Días, la aparente ligereza con la que se ha desarrollado este conflicto nos ha arrastrado a un callejón sin salida. Irán ha demostrado que no necesita ganar una guerra convencional; le basta con hacer arder el corazón energético del planeta.
Incluso si mañana se firmara un alto el fuego y los buques volvieran a navegar libremente por el estrecho de Ormuz, la realidad material es ineludible. Las refinerías carbonizadas y las plantas de gas destrozadas en Qatar e Irán no se reconstruyen con firmas en un papel. La cicatriz en la infraestructura mundial tardará meses, quizás años, en sanar. La crisis que llevábamos meses esquivando ya ha detonado.
Imagen | Photo by Chris LeBoutillier on Unsplash
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La noticia
Bombardeando Ras Laffan, Irán ha hecho algo más tomar represalias: ha desbloqueado la crisis energética definitiva
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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