El Ciudadano
Mientras los misiles caen sobre Teherán y las declaraciones oficiales hablan de «estabilidad regional» y «no proliferación nuclear», una sombra mucho más antigua se cierne sobre el conflicto. Detrás de la retórica bélica de Washington, Londres y Tel Aviv, y del apoyo explícito de países europeos como Francia y Alemania, se despliega un entramado de intereses financieros y energéticos que hunde sus raíces en el siglo XIX y XX. En el centro de esta red, la British Petroleum, sus accionistas históricos y una constelación de élites transnacionales que ven en la desestabilización de Irán la oportunidad de reconfigurar el control sobre los recursos más codiciados del planeta para su tokenización.
Por Bruno Sommer
Para comprender lo que ocurre hoy en Irán es necesario viajar a 1901, cuando un millonario londinense llamado William Knox D’Arcy obtuvo del Shah de Persia una concesión de 60 años para explotar petróleo en la mayor parte del país. A cambio, Persia recibiría apenas el 16% de los beneficios anuales[1.
La exploración resultó costosa, y D’Arcy tuvo que vender la mayoría de sus derechos a un sindicato con sede en Glasgow, Burmah Oil Company. El entramado financiero que rodeó estos primeros pasos es complejo y opaco. Lo que está documentado por archivos desclasificados del gobierno británico es que la familia Rothschild ya estaba profundamente involucrada en la lucha por el petróleo de Oriente Medio en la misma época. Un documento de 1913 (IOR/L/PS/10/300) revela que «la firma Rothschild» ofrecía medio millón de libras al gobierno turco por concesiones en Mesopotamia, asociada con Shell Company2. Los Rothschild, que ya controlaban gran parte del comercio mundial del petróleo a través de sus refinerías en el Cáucaso y sus acuerdos con la Royal Dutch Shell, vieron en la región una extensión natural de su imperio energético. Aunque las historias oficiales atribuyen la propiedad de Burmah Oil a la familia escocesa Cargill3, la presencia de Rothschild en el tablero regional es incuestionable y sugiere una red de influencias financieras que merece ser investigada más a fondo.

El verdadero golpe de timón llegó en 1914. Winston Churchill, entonces Primer Lord del Almirantazgo, decidió convertir la flota británica del carbón al petróleo para obtener ventaja estratégica sobre Alemania. Su solución fue audaz: el gobierno británico compró el 51% de las acciones de la Anglo-Persian Oil Company, nacionalizándola de facto. Por si fuera poco, Churchill fue contratado poco después como consultor para presionar al gobierno en favor de la compañía4. El Estado británico y la corporación se fusionaron en un solo ente al servicio del Imperio.
La defensa de estos intereses no fue solo económica, sino militar. Gran Bretaña creó la South Persia Rifles, una fuerza armada para proteger sus instalaciones petroleras de las tribus locales. También sobornaron a jeques árabes y jefes tribales con dinero y acciones para asegurar su control sobre la región de Juzestán, donde se construyó la refinería de Abadán, la más grande del mundo durante décadas5.
El clímax de esta primera era llegó en 1953. Cuando el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh nacionalizó la Anglo-Iranian Oil Company (nombre desde 1935), la respuesta británica fue inmediata y letal. Londres organizó un boicot internacional al petróleo iraní y, junto con la CIA estadounidense, orquestó un golpe de estado que derrocó a Mossadegh 6. Tras el golpe, se formó un consorcio internacional para explotar el petróleo iraní, en el que BP (nombre desde 1954) tenía la participación mayoritaria. El gobierno británico no vendió su participación en la compañía hasta 19877, pero para entonces las conexiones entre las élites financieras, la corona y el mundo corporativo ya eran indisolubles.
El término «Siete Hermanas» fue acuñado en la década de 1950 por el empresario italiano Enrico Mattei, presidente de ENI, para referirse de forma peyorativa a las siete empresas petroleras que operaban como un cártel global, controlando la producción, refinación y distribución del crudo a nivel mundial desde mediados del siglo XX.
Las Siete Hermanas estaban integradas por:
Tres de estas empresas (Exxon, Mobil, Chevron) eran herederas directas del imperio de John D. Rockefeller, cuya Standard Oil fue fragmentada en 1911 por las leyes antimonopolio de Estados Unidos.
La relación de las Siete Hermanas con el petróleo iraní alcanzó su punto culminante tras el golpe de Estado de 1953, organizado por la CIA y el MI6 para derrocar al primer ministro democráticamente electo, Mohammad Mossadegh, que había nacionalizado la Anglo-Iranian Oil Company en 1951.
Tras el derrocamiento de Mossadegh, se creó el Consorcio de Irán (1954), un acuerdo mediante el cual las Siete Hermanas volvieron a beneficiarse de la explotación del petróleo iraní. El reparto de la participación fue el siguiente:
Este consorcio, que funcionó como un verdadero cartel, controló alrededor del 85% de las reservas conocidas de petróleo en el mundo desde mediados de los años 40 hasta la crisis de 1973. El nuevo régimen instaurado tras el golpe permitió que estas empresas explotaran los yacimientos iraníes sin considerar los intereses del pueblo iraní, que no recuperaría el control efectivo de su petróleo hasta la Revolución Islámica de 1979.
Hoy, ese entramado histórico explica por qué Alemania y Francia, junto a Reino Unido, han cerrado filas con Estados Unidos e Israel en el ataque contra Irán, a pesar de las tensiones diplomáticas superficiales y de que oficialmente declaren no participar en los bombardeos prestan ayuda militar al ataque contra Irán. El vínculo histórico de sus élites banqueras no los deja actuar de otra forma y ello se desnuda en las declaraciones de los líderes políticos de cada una de las naciones involucradas.
El 28 de febrero, un día después del inicio de los ataques, los líderes de Francia, Alemania y Reino Unido –Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Keir Starmer– emitieron un comunicado conjunto que marcó la pauta europea. En él, condenaban «en los términos más enérgicos los ataques iraníes contra países de la región» y afirmaban: «No participamos en estos ataques, pero estamos en estrecho contacto con nuestros socios internacionales, incluidos Estados Unidos, Israel y los socios de la región»8.
Pero el lenguaje diplomático esconde una realidad mucho más comprometida, más si tenemos en atención el vínculo comprobado entre el presidente de Francia Emmanuel Macron con la familia Rothschild.
El lunes 2 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, dio un paso más allá. Francia, declaró, está «lista, de acuerdo con los acuerdos que la vinculan a sus socios y con el principio de legítima defensa colectiva previsto por el derecho internacional, a participar en su defensa»9. Los «socios» a los que se refiere son Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Irak, Bahréin, Kuwait, Omán y Jordania, todos ellos objetivos de los ataques con misiles iraníes en represalia por la ofensiva estadounidense-israelí.
Barrot, eso sí, deslizó una crítica, los ataques «unilaterales» de Estados Unidos e Israel deberían haberse debatido en el Consejo de Seguridad de la ONU 10. Una objeción formal que no impide que Francia ponga su infraestructura militar a disposición de la coalición de facto.
El caso alemán es aún más revelador del doble juego europeo. El canciller Friedrich Merz admitió haber sido informado de los ataques con antelación y mantuvo una conversación telefónica con Benjamin Netanyahu el mismo sábado 11. Pero lo más significativo fue su declaración ante su gabinete, celebrando los ataques: «El régimen de los mulás es un régimen terrorista, responsable de décadas de opresión del pueblo iraní», y afirmó compartir los objetivos de Estados Unidos de «acabar con este régimen destructivo»12.
Cuando se le preguntó sobre la legalidad internacional de los ataques, Merz se negó a pronunciarse: «No es el momento de dar lecciones a nuestros socios y aliados. A pesar de nuestras reservas, compartimos muchos de sus objetivos»13.
El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Johann Wadephul, matizó que Alemania no participaría «ofensivamente» por falta de recursos militares, pero confirmó que la disposición es defensiva: si los soldados alemanes desplegados en la región son atacados, se defenderán 14. Una línea muy fina que, en la práctica, significa que Alemania está dispuesta a entrar en combate si la guerra se extiende.
El gobierno de Keir Starmer ha dado el paso más concreto y comprometido. Starmer autorizó a Estados Unidos a utilizar bases militares británicas, incluyendo la estratégica isla de Diego García en el Índico y RAF Fairford en Gloucestershire, para lanzar ataques contra Irán15. Inicialmente, Starmer había rechazado la petición de Trump, pero terminó cediendo.
La justificación de Starmer es la misma que la de sus homólogos: no participar «por ahora» en los ataques, pero permitir la infraestructura16. El líder de la oposición, Nigel Farage, le ha exigido que dé un paso más: «El primer ministro necesita cambiar de opinión sobre el uso de nuestras bases militares y apoyar a los estadounidenses en esta lucha vital contra Irán»17.
Pero la conexión más inquietante no es Farage, sino Tony Blair. El ex primer ministro británico, artífice de la invasión de Irak en 2003 (también por «armas de destrucción masiva» inexistentes), ha reaparecido como cogestor del plan de Trump y Netanyahu para Gaza18. Un plan que, según filtraciones, contempla la reconstrucción del territorio bajo supervisión de un «consejo de administración apolítico» que respondería ante Trump y el propio Blair. La periodista Olga Rodríguez lo resume con precisión: «un exmandatario de la primera potencia colonialista que se apropió de Palestina –Reino Unido– y el presidente de la potencia neocolonial que tomó el relevo de Londres como máximo protector de Israel»19.
¿Qué conexión existe entre la Anglo-Persian Oil Company de 1901, los Rothschild, el apoyo de Alemania y Francia al ataque contra Irán, y la reconstrucción de Gaza gestionada por Tony Blair?
Para responder a esa pregunta, es necesario desentrañar el hilo rojo que conecta dos siglos de historia:,los Rothschild emergieron como la primera gran potencia financiera global durante las guerras napoleónicas, cuando Nathan Rothschild orquestó el envío de lingotes de oro al ejército británico y, según la leyenda, aprovechó su red de mensajeros para conocer antes que nadie el resultado de Waterloo, comprando bonos británicos antes de que se disparara su precio. Aquella operación simboliza el origen de una fortuna construida sobre la deuda de guerra y la capacidad de mover capitales a través de las fronteras mientras los ejércitos se desangraban.
La familia perfeccionó una estrategia que se repetiría durante décadas, financiar a todos los contendientes de un conflicto simultáneamente. En la guerra franco-prusiana de 1870, las ramas francesa y alemana prestaron dinero a sus respectivos gobiernos, asegurando beneficios ganara quien ganara. Durante la Primera Guerra Mundial, el holding familiar canalizó recursos hacia todos los bandos, los Rothschild de Alemania respaldaron al káiser, los de Inglaterra al rey y los de Francia a la república, demostrando que el negocio de la guerra no entiende de patrias sino de balances.
Su influencia se extendió también al colonialismo y al control de recursos estratégicos. En 1875, Lionel de Rothschild prestó cuatro millones de libras al gobierno británico para comprar la participación egipcia en el Canal de Suez, asegurando el control imperial de la ruta a la India. Apoyaron a Cecil Rhodes en la conquista del sur de África, y Rhodes les escribió: «Con usted detrás de mí, puedo hacer todo lo que he dicho». En España, financiaron tanto a liberales como a conservadores y, como pago de deudas, se hicieron con los enormes emporios mineros de Peñarroya y Riotinto, además de promover las principales líneas ferroviarias. Este mismo patrón de financiación a cambio de concesiones sobre recursos naturales se replicaría décadas después cuando, como hemos documentado, la firma Rothschild aparecía en 1913 ofreciendo medio millón de libras al gobierno turco por concesiones petroleras en Mesopotamia, asociada con Shell Company, en el mismo tablero donde la Anglo-Persian Oil Company -precursora de BP- buscaba afianzar su control sobre el petróleo de Persia.
La Segunda Guerra Mundial supuso un punto de inflexión. Los nazis confiscaron las propiedades de los Rothschild austriacos y franceses, y el barón Guy de Rothschild perdió la nacionalidad bajo el régimen de Vichy, exiliándose para luego combatir con las Fuerzas Libres. Paradójicamente, mientras la familia era perseguida, bancos y corporaciones occidentales como JP Morgan o Standard Oil mantenían negocios con la Alemania nazi, lo que evidencia la compleja red de intereses que siempre rodeó a los grandes conflictos. Tras la guerra y la posterior nacionalización de sus bancos en Francia, los Rothschild optaron por la discreción, centrándose en la banca de inversión y el asesoramiento, alejándose del control directo de corporaciones industriales.
El interés británico por el petróleo iraní, lejos de diluirse con el fin del Imperio, se ha mantenido vigente hasta nuestros días a través de operaciones financieras y comerciales que demuestran la continuidad de este vínculo estratégico. Un ejemplo elocuente ocurrió en 1999, cuando Royal Dutch/Shell -heredera del entramado anglo-neerlandés que siempre disputó a BP el control de los hidrocarburos de Oriente Medio- firmó un contrato de 800 millones de dólares con la National Iranian Oil Company para desarrollar los campos petrolíferos offshore de Soroush y Nowruz, en el Golfo Pérsico. El acuerdo, el primero de su tipo entre Irán y Shell desde la Revolución Islámica de 1979, buscaba aumentar la producción de Soroush de 60.000 a 150.000 barriles diarios y rehabilitar el campo Nowruz para alcanzar los 90.000 barriles . En ese momento, el representante de Shell en Irán declaraba sin ambiguedades: «No hay limitación para las inversiones en Irán y participaremos en cualquier proyecto atractivo», mientras el ministro de Petróleo iraní celebraba que «esta cooperación puede tomar la forma de asociación en el mercado mundial» .
Pero la prueba más reveladora de que el interés británico por el petróleo iraní nunca desaparece -sino que se adapta a las circunstancias geopolíticas- llegó en 2012, en pleno régimen de sanciones internacionales contra Irán por su programa nuclear. Shell acumulaba entonces una deuda de 1.400 millones de dólares con la National Iranian Oil Company por compras de crudo realizadas justo antes del embargo de la Unión Europea que entró en vigor el 1 de julio de ese año . La compañía había seguido comprando petróleo iraní cuando sus competidores ya se habían retirado, y al llegar el embargo se encontró con que las sanciones bancarias le impedían transferir el pago a Teherán.
La solución que Shell intentó poner en marcha revela hasta qué punto las grandes corporaciones energéticas están dispuestas a sortear los obstáculos políticos para mantener vivas sus relaciones con Irán. La petrolera propuso un ingenioso mecanismo de trueque: pagar su deuda de 1.400 millones de dólares mediante un acuerdo de suministro de grano gestionado por la agroindustrial estadounidense Cargill . El plan consistía en que Shell financiara a Cargill para que esta entregara cereal -trigo, maíz y cebada- a Irán por valor equivalente a la deuda. Dado que las sanciones no prohibían explícitamente la entrega de alimentos por razones humanitarias, la operación pretendía eludir las restricciones bancarias manteniendo el vínculo comercial con Teherán.
Las fuentes consultadas por Reuters fueron explícitas sobre las motivaciones de Shell: «Quiere devolver lo que debe a NIOC. Quiere mantener relaciones amistosas para el día en que se levanten las sanciones» . Otro testigo añadía: «Una transacción compensada es la única vía posible» . La operación requería la autorización de los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y Países Bajos, lo que generaba un dilema para las autoridades: negarse podría ser interpretado como un bloqueo deliberado de suministros humanitarios, pero aprobarlo sentaría un precedente peligroso para otras empresas endeudadas con Irán . Finalmente, las autoridades bloquearon el acuerdo y el gobierno británico denegó a Shell la autorización para pagar mediante transferencia bancaria directa .
Para 2013, la deuda de Shell con Irán había crecido hasta los 2.300 millones de dólares por los intereses no pagados, y la compañía reconocía en sus memorias anuales: «No podemos liquidar la posición de pago como resultado de las sanciones aplicables» . Sin embargo, el monto acumulado y los intentos de sortear las restricciones evidencian que, para las grandes petroleras, la puerta a Irán nunca se cierra del todo; simplemente queda entreabierta, a la espera de que las condiciones políticas permitan reactivar negocios que en algunos casos -como el de Shell- llevan más de un siglo en danza.
La conexión con la familia Cargill no es casual ni menor para los propósitos de esta investigación. Como hemos documentado previamente, Burmah Oil Company -la matriz que financió a William Knox D’Arcy y fundó la Anglo-Persian Oil Company, precursora de BP- pertenecía a la familia escocesa Cargill. Que en 2012 Shell recurriera precisamente a Cargill para intentar saldar su deuda con Irán revela un entramado de relaciones que trasciende el tiempo y las sanciones: los mismos apellidos que controlaban el capital que hizo posible la explotación del petróleo persa a principios del siglo XX aparecen, un siglo después, como el vehículo elegido para mantener viva la conexión financiera entre las petroleras occidentales e Irán.
La negativa de Cargill a participar -«tiene sus propios canales financieros para cobrar y no necesita a Shell», según las fuentes -no desmiente la existencia del vínculo, sino que lo confirma que la agroindustrial mantiene relaciones comerciales directas con Irán al margen de las petroleras, y su posición en el tablero es lo suficientemente sólida como para poder elegir sus socios. El hilo rojo que une a los Rothschild con la Anglo-Persian, a Burmah Oil con los Cargill, y a Shell con el trueque de grano en 2012, es el mismo que conecta las guerras napoleónicas con las sanciones del siglo XXI, la capacidad de ciertas familias y corporaciones para perpetuar su influencia sobre los recursos estratégicos, adaptándose a los cambios de régimen, a las guerras y a las sanciones con una plasticidad que desafía cualquier intento de control por parte de los estados.
Hoy, los descendientes de aquellas dinastías no necesitan sentarse en los consejos de administración de BP o Shell para mantener su influencia. Una revisión de la composición actual del consejo de BP no revela apellidos como Rothschild, Warburg o Baring, pero las participaciones cruzadas a través de gigantes como BlackRock —cuyo CEO, Larry Fink, lidera la tokenización de activos— y las redes financieras globales aseguran que los intereses de esas élites históricas sigan pesando en las decisiones estratégicas20. Es aquí donde la historia entronca con el presente: el mismo entramado financiero que financió guerras, imperios y la explotación del petróleo persa durante un siglo, opera ahora tras bambalinas en el apoyo de Alemania y Francia al ataque contra Irán —protegiendo sus lazos comerciales y militares con los países del Golfo— y en la reconstrucción de Gaza gestionada por Tony Blair, un plan que entregaría la administración del territorio a un consejo tecnocrático que respondería ante Trump y el ex primer ministro británico. Controlar toda la costa de Palestina, bajo dominio occidental de Israel y evitar el tránsito de petróleo por el estrecho de Ormuz construyendo un oleoducto que cruce Irán, Irak, Siria hasta salir por el mediterráneo es un viejo proyecto las elites petroleras occidentales) El hilo rojo que une las guerras napoleónicas con el petróleo de Irán y la Gaza de Blair no es otro que la capacidad de ciertas familias para adaptarse y perpetuar su poder, transformando la deuda, los recursos y ahora los propios activos digitales en herramientas de dominio silencioso.
La pregunta inevitable es: ¿por qué Alemania y Francia, que oficialmente mantienen distancia de los ataques, terminan alineándose con Estados Unidos e Israel? La respuesta tiene múltiples capas.
El primero es económico: Francia y Alemania tienen profundos lazos comerciales y militares con los países del Golfo. Francia vende armas y tecnología a Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Alemania depende de la energía y los mercados de la región21. Proteger a esos aliados es proteger sus propios intereses.
El segundo es político: las élites de estos países mantienen una relación estructural con Israel que trasciende los gobiernos de turno. En Reino Unido, figuras de todos los partidos —desde la conservadora Priti Patel (que renunció por reuniones secretas con Israel y luego fue ascendida) hasta el laborista Keir Starmer (que se autodenomina sionista)— mantienen un alineamiento inquebrantable22. En Alemania, la Staatsräson (razón de Estado) implica un apoyo existencial a Israel. En Francia, la comunidad judía es la más numerosa de Europa y su influencia política es significativa.
Pero el tercer nivel, el más profundo, es financiero. La tokenización de la economía —la conversión de activos físicos en activos digitales comercializables en fracciones de segundo— es la nueva frontera del capitalismo global. BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, lidera esta transformación. Su CEO, Larry Fink, ha declarado en repetidas ocasiones que la tokenización es «la próxima evolución de los mercados financieros»23.
Si Irán es desestabilizado, si su petróleo y gas vuelven a estar bajo control occidental, si Gaza es reconstruida con inversiones multimillonarias en infraestructura, energía y agua, ¿quién gestionará esos nuevos activos? Los mismos fondos que hoy lideran la tokenización. Los mismos bancos que operaban en la región hace un siglo. Las mismas familias que han dominado el sector energético durante generaciones.
No todos los países europeos secundan esta estrategia. España, a través de su presidente Pedro Sánchez, ha sido el único líder en condenar abiertamente la «acción militar unilateral de Estados Unidos e Israel, que representa una escalada y contribuye a un orden internacional más incierto y hostil»24. Sánchez exige «desescalada inmediata y pleno respeto al derecho internacional».
Pero la posición de Sánchez es minoritaria. La declaración conjunta de los 27 de la UE, negociada tras intensas presiones, se limitó a pedir «contención» sin mencionar siquiera el respeto al derecho internacional, lo que The New Arab califica como una «mera formalidad»25. La fractura es evidente: las tres grandes potencias marcan el rumbo, y el resto, con excepciones, calla.
Lo que estamos presenciando no es una guerra por la «no proliferación nuclear», ni siquiera una guerra por la «estabilidad regional». Es una guerra por el control de los recursos energéticos de Irán y la reconfiguración de Oriente Medio para beneficiar a una red transnacional de élites políticas y financieras con raíces que se hunden en el siglo XIX.
El Imperio Británico ya no tiene colonias oficiales, pero su «Estado profundo», encarnado en BP, en bancos como los Rothschild, en ex primeros ministros como Tony Blair y en políticos de todos los partidos alineados con Israel, sigue luchando por mantener el control sobre el petróleo que una vez fluyó para la Royal Navy de Churchill.
Alemania y Francia se suman a esta lucha no por convicción democrática ni por solidaridad con Israel, sino porque sus élites económicas y financieras están imbricadas en el mismo entramado transnacional. La tokenización de la economía promete ser la herramienta definitiva para perpetuar este control: los activos físicos de Irán, de Gaza, de todo Oriente Medio, podrían convertirse en tokens digitales que las grandes familias financieras podrían comprar, vender y gestionar sin ensuciarse las manos con la política local.
Mientras tanto, los pueblos de Estados Unidos, Israel, Reino Unido, Francia y Alemania son llamados a movilizarse. Pero quizás el verdadero desafío no sea solo detener esta guerra, sino desentrañar y desafiar las redes de poder que, desde hace más de un siglo, deciden el destino de naciones enteras desde la opacidad de los consejos de administración y las cenas privadas en Londres, Nueva York o Tel Aviv.
Archivos desclasificados del gobierno británico (IOR/L/PS/10/300) revelan que en 1913, mientras se gestaba la Anglo-Persian Oil Company —precursora de BP—, la firma Rothschild estaba activamente involucrada en negociaciones petroleras en la región, ofreciendo medio millón de libras al gobierno turco por concesiones en Mesopotamia y asociada con Shell Company, según reportaba la prensa alemana de la época26. Esta evidencia confirma que las grandes familias financieras europeas participaban en la lucha por el control de los hidrocarburos de Oriente Medio desde los albores de la industria.
En cuanto a Burmah Oil Company, la matriz que financió a D’Arcy y fundó la Anglo-Persian Oil Company, fuentes no académicas sugieren que podría haber estado bajo el paraguas financiero de la familia Rothschild. Sin embargo, las historias oficiales de la compañía atribuyen su propiedad a la familia escocesa Cargill 27. Lo que sí está documentado es que los Rothschild participaban activamente en el tablero petrolero de la región en la misma época, como lo prueba el documento mencionado.
Las siguientes son las fuentes de noticias y documentos oficiales que respaldan los acontecimientos recientes mencionados en el reportaje:
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎
︎La entrada Estado profundo británico, BP, Shell y la lucha eterna por el petróleo de Irán se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos