Hablar de natalidad no debiera partir con una calculadora. Antes que una cifra, un nacimiento es una decisión íntima, familiar y profundamente humana. La pregunta relevante, entonces, no es qué deberían hacer las familias, sino qué condiciones ofrece Chile para que quienes quieren tener hijos puedan hacerlo.
La reciente Encuesta CEP entrega una señal reveladora: los chilenos no han renunciado al deseo de ser padres. El promedio de hijos declarados es 1,7, pero el número ideal asciende a 2,4. Más aún: mientras un 30% no tiene hijos, solo un 11% señala que su ideal sería no tenerlos. La brecha está en las condiciones.
Chile no enfrenta sólo una crisis de natalidad, sino de compatibilidad entre familia y vida cotidiana. La principal razón para no tener hijos —o no tener más— es que “los niños son caros de mantener”. Pero esa respuesta no habla solo de ingresos; también refleja nuevas expectativas de bienestar. La familia sigue siendo altamente valorada —86% cree que ver crecer a los hijos es la mayor satisfacción de la vida—, pero tener niños se percibe cada vez más como una carga financiera que restringe la libertad, el trabajo y el desarrollo laboral. Muchas personas no necesitan que les digan que los hijos importan; necesitan que formar familia sea compatible con la vida que aspiran a construir.
Esta tensión ocurre en un Chile que ya entró en una transición demográfica acelerada. La tasa de fecundidad es de 0,99 hijos por mujer, la más baja de su historia y muy por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1. Al mismo tiempo, la esperanza de vida supera los 80 años. Vivir más es un logro social enorme. El problema es que la población envejece con instituciones pensadas para otro país: uno más joven, con más trabajadores por adulto mayor y menores presiones en salud, pensiones y cuidados.
En este sentido, Chile está construyendo una trampa demográfica de doble filo. En términos económicos, menos nacimientos significan menos trabajadores y cotizantes; y a su vez, más años de vida implican mayor demanda por salud, pensiones y cuidados. La aritmética es simple: menos nacimientos, más años de vida y una cuenta que se agranda por ambos extremos.
La presión fiscal crece silenciosamente y el impacto en las arcas públicas será significativo. Hacia 2050, el deterioro fiscal adicional asociado al envejecimiento podría ubicarse entre 3,6 puntos del PIB en un escenario base. En escenarios de riesgo, podría alcanzar 5,8 puntos. Son magnitudes relevantes para un país cuya deuda bruta ya amenaza con superar el umbral prudente de 45%. La discusión suele concentrarse en pensiones, y es comprensible: el gasto en PGU podría pasar de 1,8% del PIB en 2024 a entre 2,7 y 3,1% en 2050. Pero el riesgo también depende de cómo se reajusten políticamente esos beneficios. Si la PGU creciera con la productividad, el gasto llegaría a 4,2% del PIB; y si además aumentara un punto adicional anual, superaría el 5%.
Sin embargo, el mayor punto ciego está en salud. A una persona mayor le cuesta a la salud pública chilena 2,4 veces más que el resto de la población. El gasto público en esta área pasaría de 5,3% del PIB en 2024 a entre 7,7 y 8,1% en 2050 (Izquierdo et al. 2026). Bajo algunos supuestos, salud explica más del 75% del deterioro fiscal asociado al envejecimiento. Chile ha discutido mucho la sostenibilidad previsional, pero bastante menos la sanitaria. No bastará con discutir cuánto gastar; habrá que discutir cómo se gasta, con qué prevención y con qué resultados.
En consecuencia, la respuesta estatal no puede ser pedirles a las familias que tengan más hijos. Sería injusto e ineficaz. Una política seria de natalidad debe partir menos desde el discurso y más desde las condiciones reales. Flexibilidad laboral, cuidados, empleo formal femenino, vivienda y menores costos de crianza son necesarios, aunque la evidencia internacional muestra que no son suficientes. También habrá que abordar una conversación sensible: una inmigración regular y bien integrada puede ayudar a amortiguar el envejecimiento dentro de una estrategia de crecimiento, productividad y sostenibilidad fiscal.
La novedad de la Encuesta CEP es que, detrás de la caída de la natalidad, no hay indiferencia frente a tener hijos. Hay una brecha entre lo que las personas quisieran y lo que sienten posible. Chile debe mirar esa brecha con menos alarma y más responsabilidad: no para fijar metas rígidas, sino para construir un país donde formar familia sea compatible con diversos proyectos de vida. Cerrar esa brecha debiera ser una prioridad social, económica y fiscal.
*El autor de la columna es coordinador académico del CEP
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