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La vida ocurre hoy

El Ciudadano

Por Patricio Andrés Medina Johnson

«En el largo plazo todos estaremos muertos».

Probablemente ninguna frase de John Maynard Keynes ha sido tan citada y tan mal entendida. No era una invitación a ignorar el futuro. Era una advertencia sobre algo mucho más simple: las personas viven en el presente.

Chile lleva décadas escuchando promesas.

Promesas de crecimiento.

Promesas de desarrollo.

Promesas de igualdad.

Promesas de modernización.

Promesas de seguridad.

Promesas de bienestar.

Cada gobierno ha tenido las suyas. Cada generación ha escuchado que los sacrificios de hoy serán recompensados mañana.

Sin embargo, para muchas personas ese mañana nunca termina de llegar.

Cuando se creó el sistema de AFP se prometieron pensiones capaces de sostener una vejez digna. Décadas después, miles de jubilados siguen enfrentando ingresos insuficientes para cubrir necesidades básicas.

Se prometió que la expansión de la educación superior abriría oportunidades para todos. Muchos accedieron a la universidad, pero también quedaron endeudados durante años por títulos que no siempre se tradujeron en mejores condiciones de vida.

Se prometió que el crecimiento económico derramaría bienestar sobre toda la sociedad. Chile creció, pero también crecieron la percepción de inseguridad, la incertidumbre y el malestar de amplios sectores de la población.

Más recientemente, distintos gobiernos han prometido crecimiento, seguridad, redistribución, orden, justicia social o modernización del Estado.

Las promesas cambian.

La lógica permanece.

Siempre existe una razón para pedir paciencia.

Siempre existe una explicación para justificar el sacrificio presente.

Siempre existe un beneficio que aparecerá más adelante.

Pero las personas no viven en las promesas.

Viven en la realidad.

La realidad de la cuenta de la luz.

La realidad del dividendo o del arriendo.

La realidad del supermercado.

La realidad de la lista de espera en salud.

La realidad de llegar o no a fin de mes.

Por eso resulta tan desconectada cierta discusión política cuando se obsesiona con proyecciones, escenarios o modelos que sólo existen en el papel.

Los modelos son útiles.

Las proyecciones son necesarias.

La planificación es indispensable.

Pero ninguna de ellas paga una cuenta.

Ninguna llena un refrigerador.

Ninguna resuelve por sí sola la incertidumbre que enfrenta una familia cuando no sabe cómo terminará el mes.

La historia reciente demuestra algo simple: gobiernos de distintos signos políticos han prometido resultados que no siempre llegaron como fueron anunciados.

No necesariamente porque hayan actuado de mala fe.

Sino porque el futuro es incierto.

Nadie anticipó el estallido social.

Nadie anticipó la pandemia.

Nadie anticipó las crisis internacionales que alteraron los precios, el empleo y la inversión.

Y si nadie puede conocer con certeza el futuro, quizás la pregunta relevante no es cuánto creceremos dentro de diez años ni cuánto recaudará una reforma en veinte.

La pregunta es otra.

¿Qué efectos concretos producen hoy las decisiones que estamos tomando?

Porque el verdadero problema no es elegir entre corto y largo plazo.

Ni siquiera existe un único corto o largo plazo.

El horizonte temporal depende de la posición que ocupa cada persona.

Para quien no llega a fin de mes, el largo plazo puede ser justamente ese fin de mes.

Para una empresa que busca consolidarse, pueden ser veinte años.

Para el Estado, puede ser una generación completa.

La política existe precisamente para conectar esos horizontes temporales distintos.

Para compatibilizar las necesidades urgentes de quienes viven preocupados por mañana con los desafíos estructurales de una sociedad que debe pensar en décadas.

La legitimidad de una política pública no debería medirse únicamente por los beneficios que promete.

También debería medirse por los costos que impone a las personas mientras esperan que esas promesas se cumplan.

Porque una democracia sana necesita proyectos de largo alcance.

Pero también necesita gobernantes capaces de recordar algo elemental.

Que las personas no viven en las proyecciones.

No viven en los modelos.

No viven en los discursos.

Viven en la realidad.

Y la realidad siempre ocurre hoy.

Por Patricio Andrés Medina Johnson

Ingeniero Comercial. Licenciado en Ciencias Económicas. Magíster Economía Financiera, Universidad de Santiago de Chile. M.Sc. Governance of Risk and Resources(C), University Heidelberg.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Julio 5, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 26 visitas 2263563

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