Siempre llama la atención el comportamiento de la burocracia. Recientemente, el exdirector del SII confesó que los funcionarios del servicio “eran flojos” (con algún matiz) y que eran renuentes “a salir a la calle”. En el otro extremo, la jefa de la Dipres (Javiera Martínez, la mejor de la historia... Marcel dixit) nos explica que los errores presupuestarios (sobre estimaciones de ingresos en forma sistemática) se deben a la volatilidad de dichos ingresos. La verdad es que para casi todo el mundo -salvo ella, que tiene un sueldo fijo, “achúntele o no achúntele”-, los ingresos personales o familiares son volátiles casi por definición. Y todos nos las arreglamos sin tremendos equipos de analistas. El meollo del tema -nos explica la Dipres- fue una baja del 20% en los tributos de los 11 mayores contribuyentes. Y si son solo 11 los que le movieron la aguja, ¿por qué no conversaron con ellos y analizaron sus cifras? Ningún grupo empresarial se negaría a discutir sus cifras con la Dipres. ¿Fue solo falta de gestión o pura flojera? Pero esto es casi anecdótico frente a la realidad microeconómica de los poderes del Estado.
Comprender cómo funciona la burocracia -y los políticos- no es sencillo. Si lo fuera, podríamos entender cómo Chile logra caminar encima de 407.000 leyes, códigos, leyes orgánicas y normativas diversas (según la Biblioteca del Congreso).
James Buchanan y Gordon Tullock en la década de los 70 lanzaron la teoría de la elección pública (Public Choice Theory) por la cual fueron premiados con el Nobel de Economía. Ellos plantean que los políticos (legisladores) y los burócratas no actúan pensando en el bien común, sino en sus intereses personales (ahora en Chile deberíamos incluir al Poder Judicial).
Parlamentarios aprobando “los retiros” para ser reelectos; campañas eleccionarias llenas de promesas incumplibles, y los burócratas buscando más poder, más presupuesto, más personal, y más regulaciones que los justifiquen. Porque la regulación es eso: poder. “Para que hagas cualquier cosa, tienes que pasar por mí y mis secuaces”. También para tener más tiempo libre (Etcheberry dixit) o no moverse del escritorio; como ir a visitar a los 11 mayores contribuyentes.
No le será fácil a Jorge Quiroz y su equipo desarmar -aunque sea en una parte pequeña- esta feroz maquinaria y reducir las 407.000 normas que guían a Chile, algunas tan pintorescas como la que castiga “el robo de carruajes” o los actos de piratería, que nunca han sido derogados. En SalmonChile quisimos ver si en el robo de salmones podría aplicar esa antigua norma; aplicaba, pero con pena de muerte por horca. No será fácil, pero me encanta las ganas que están demostrando tener para desmontar ese entramado satánico, y les deseo toda la suerte del mundo en su empeño. Y si lo logran, se merecen una estatua en la plaza de la Constitución.
Por César Barros, economista
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