Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde

Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde

Hay un ritual que muchos cumplimos sin cuestionarlo. Llegamos a las cinco de la tarde con el cerebro frito, pedimos un café —o un té, o una Coca-Cola— y seguimos. Es el empujón que necesitamos para aguantar el resto del día. Lo que casi nadie sabe es que ese café de las cinco puede estar saboteando el sueño de las once de la noche. 

Lo que solemos hacer cuando no dormimos bien es señalar al móvil, al estrés, a la cena tardía o a los pensamientos en bucle. Rara vez señalamos a la taza. Y sin embargo, para el médico Pablo Ferrero, especialista en medicina del sueño, la respuesta está ahí: "La cafeína es el enemigo número uno del buen descanso".

La química detrás del problema. Para entender por qué la cafeína es tan disruptiva, hay que conocer a la adenosina. Es una sustancia que el cerebro va acumulando durante las horas de vigilia y que, cuando llega a cierto nivel, nos genera esa sensación de cansancio, de que ya es hora de parar. Es, en cierto sentido, la alarma biológica del sueño. La cafeína lo que hace es bloquear los receptores de adenosina: silencia la alarma sin desactivar el cansancio real. El cuerpo sigue acumulando fatiga, pero el cerebro deja de percibirla.

El problema no es solo que cueste dormirse. Es lo que ocurre dentro mientras dormimos. Un estudio publicado en el Journal of Clinical Sleep Medicine encontró que una dosis de 400 miligramos de cafeína consumida seis horas antes de acostarse reducía significativamente la eficiencia del sueño. Otro trabajo en Neuropsychopharmacology fue más específico: el consumo de cafeína antes de dormir reduce la cantidad de sueño REM, la fase en la que el cerebro consolida recuerdos y regula el estado de ánimo.

Más en profundidad. Los números son concretos y poco tranquilizadores: esa dosis puede retrasar el inicio del sueño hasta 45 minutos y reducir el sueño profundo —las fases NREM 3 y 4— hasta en un 20%. Llevado a la práctica cotidiana: si te tomas un café a las 17:00 y te acuestas a las 23:00, tu sueño profundo puede pasar de los 120 minutos habituales a apenas 96. Son 24 minutos menos de reparación cerebral y física. Cada noche.

Pero hay algo más perturbador todavía: una revisión científica publicada en la revista Nutrients concluyó que la cafeína puede reducir el sueño profundo incluso cuando la persona duerme ocho horas continuas. Es decir, no basta con sumar horas. La calidad no siempre coincide con la percepción de haber descansado bien. Puedes levantarte creyendo que has dormido fenomenal mientras tu cerebro no ha pasado por los ciclos que necesitaba.

El tiempo importa. Uno de los errores más comunes es pensar que el café de la tarde "ya no hace efecto" porque uno está acostumbrado. La tolerancia reduce la percepción del estímulo, pero la vida media de la cafeína en el organismo es de entre 4 y 9 horas: eso significa que la mitad de lo que tomaste a las tres de la tarde sigue activo a las once de la noche. Y el problema no se limita al café. La cafeína también está presente en algunas gaseosas, bebidas energéticas, tés y chocolates, algo que Ferrero señala expresamente como un factor que pasa desapercibido. No es solo la taza del desayuno: es todo el circuito de consumo del día.

El reloj roto. La cafeína, sin embargo, no actúa sola. Ferrero apunta a otro factor que puede ser incluso más determinante: el desorden horario. El organismo funciona a través del ritmo circadiano, un reloj biológico interno que regula cuándo sentimos sueño y cuándo estamos alerta. Cuando los horarios cambian constantemente —nos acostamos a las once de lunes a jueves y a la una los viernes y sábados, y nos levantamos tres horas más tarde el domingo—, ese sistema pierde sincronización.

La ciencia respalda esto con datos: dormir a horas irregulares puede causar insomnio, somnolencia diurna y alterar la producción hormonal, el metabolismo y los hábitos alimentarios, aumentando el riesgo de enfermedades como diabetes, obesidad y depresión. El impacto no se queda en sentirse cansado ya que mientras dormimos, el cerebro elimina la proteína beta-amiloide, acumulada durante la vigilia y directamente relacionada con el Alzheimer y otros trastornos neurológicos. Dormir mal no es solo un problema de mañana: es una inversión —o una deuda— a largo plazo.

El móvil tampoco es inocente. Pero el mecanismo es más preciso de lo que se suele explicar. La luz azul que emiten las pantallas suprime la producción de melatonina, la hormona que le indica al cerebro que es hora de dormir. Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona advirtió que esta sobreexposición altera directamente el ciclo de sueño-vigilia.

Solo dos horas de exposición a pantallas brillantes antes de dormir pueden reducir los niveles de melatonina en un 20% o más, y el tiempo de conciliación del sueño puede pasar de 15 minutos a más de una hora. El uso de una tablet antes de dormir puede retrasar el sueño nocturno hasta 96 minutos; el de un smartphone, hasta 67. La Escuela de Medicina de Harvard señaló que "solo unos minutos de estimulación de pantalla pueden retrasar la liberación de melatonina varias horas y desincronizar el reloj biológico."

El problema es que vivimos en una sociedad con patrones cada vez más irregulares: exposición lumínica alta en horarios nocturnos, horarios laborales cambiantes, pantallas hasta el último momento. Estamos enviándole a nuestro cerebro señales de que sigue siendo de día cuando ya no lo es.

Entonces, ¿qué funciona? La respuesta de Ferrero no es particularmente glamurosa, pero tiene el respaldo de la evidencia. Acostarse y levantarse todos los días a horarios similares —incluso los fines de semana— es el consejo más básico y el más ignorado. A eso se suma un dormitorio oscuro, silencioso y fresco: la luz artificial y las temperaturas elevadas envían señales de alerta al cerebro que dificultan el descanso. Evitar pantallas antes de acostarse —al menos 30 minutos— y cenar de forma ligera, sin exceso de grasas ni picantes cerca de la hora de dormir.

Para quienes no tienen insomnio, una siesta breve puede ser beneficiosa; la clave es que no supere los 25 minutos para no alterar el sueño nocturno. Y frente a la ansiedad o los pensamientos en bucle, Ferrero señala herramientas con evidencia científica: meditación, mindfulness, técnicas de respiración consciente, yoga y terapia cognitivo-conductual. No son alternativas de segunda: son las que mejor funcionan.

El bucle que nadie quiere ver. Hay algo circular en todo esto que merece nombrarse. Cada vez hay más estudios que muestran que el consumo de café impacta en la calidad del sueño, y que esto lleva a sentirse cansado por la mañana y a aumentar el consumo de cafeína para compensar. En otras palabras, el remedio que buscamos es parte del problema. Tomamos café para aguantar porque dormimos mal, y dormimos mal en parte porque tomamos café.

Romper ese ciclo no requiere grandes gestos. Requiere, sobre todo, mover el café de las cinco a las once de la mañana. Y asumir, de una vez, que el sueño no es negociable.

Imagen | Unsplash

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La noticia Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .

Junio 11, 2026 • 1 hora atrás por: Xataka.com 52 visitas 2194125

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