La oposición no da pie con bola y ha sido incapaz de frenar el proyecto de reforma estructural del Presidente Kast. Tal vez todavía no dimensiona lo que está ocurriendo, pero estos cambios pueden convertirse en los más radicales desde la instalación del modelo neoliberal y las siete modernizaciones impulsadas por José Piñera desde 1979, en plena dictadura. La reforma expresa el corazón ideológico de un gobierno que ha sabido convertir sus convicciones en una agenda legislativa y hacerla avanzar conforme a las reglas de la democracia. ¿Qué lecciones se pueden sacar de esto para una oposición que sólo muestra confusión y letargo?
Primero, sabemos cuáles son los partidos de oposición, pero aún no existe una coalición opositora. Algo parecido ocurre en el oficialismo, aunque con una diferencia decisiva. Sus partidos controlan el Ejecutivo y el poder los ayuda a coordinarse. La oposición carece de ese incentivo y su único punto de encuentro podría ser el concepto de “socialismo” que el Frente Amplio ha instalado en su debate interno. El PC no tendría problema en sumarse a ese paraguas ideológico y el PS ocuparía naturalmente una posición central. De esa forma, podría reconstruirse una alianza de tres partidos con cierto equilibrio electoral. ¿Y la DC? Seguramente se va a resistir en una primera etapa, pero todo se corregirá en 2028, cuando llegue el momento de armar las listas para las elecciones municipales. La necesidad electoral terminará resolviendo lo que hoy parece una diferencia doctrinaria.
Segundo, no basta con autopercibirse como oposición. También hay que funcionar como tal. Ya sabemos que es minoría en la Cámara y que en el Senado el gobierno puede pirquinear un par de votos y así sacar adelante su agenda. En consecuencia, la oposición debe evaluar una relación más estratégica con el PDG y retener liderazgos clave en el Senado, como Matías Walker y Pedro Araya. No hay otro camino. Si bien el PDG le produce alergia, es mejor pactar con ese partido en algunas materias que ser arrasados durante cuatro años por un gobierno que no les tiene lástima.
Tercero, la oposición requiere al menos una instancia de coordinación, tal como la tuvo la exitosa Concertación durante sus años mozos. Una mesa política permanente ayudaría a ordenar la agenda semanal y enfrentar al gobierno con un mínimo de unidad. Las presidencias de esa instancia podrían ser rotativas para que todos los partidos estén representados. No es, por cierto, una solución mágica, pero evitaría que cada bancada se enterara por la prensa de lo que hacen las demás. También contribuiría a que los debates políticos y legislativos llegaran a la opinión pública con un mensaje claro.
Cuarto, se necesita un bautizo. Si la oposición va a institucionalizarse en una coalición a largo plazo, debe tener un nombre. Alguien podrá pensar que este es un asunto irrelevante, pero la historia muestra que las marcas coalicionales, para bien o para mal, suelen ser registradas por los electores incluso por sobre los partidos que las componen. El nombre permite identificar un proyecto común y distinguirlo de una simple suma de colectividades dispersas.
La megarreforma ha mostrado, en consecuencia, un oficialismo que sabe lo que quiere y una oposición que no sabe cómo frenarlo. Mientras no construya una coalición seria y capaz de reunir mayorías, aunque sea a la fuerza, seguirá sometida a la música, al ritmo y a las convicciones ideológicas de un gobierno que va por las dos orejas y el rabo.
Por Mauricio Morales, académico Universidad de Talca
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