Ya no se trata solo de recordar -aunque eso sigue siendo imprescindible- sino de preguntarnos qué hemos hecho con esa memoria. El llamado “Caso Degollados” ya no es solo un episodio del pasado: es una advertencia permanente. La brutalidad con que fueron asesinados estos tres profesionales, nos recuerda hasta dónde puede llegar el poder cuando se deshumaniza. Algo que lamentablemente estamos viviendo hoy, en una época de retrocesos civilizatorios, guerras provocadas por autócratas genocidas, electos democráticamente. La llegada al poder vía elecciones, no está garantizando la humanidad y sensatez de nuestros líderes.
Eduardo Contreras Villablanca. Santiago. 31/3/2026. En 2020 escribí líneas similares a estas para recordar a los profesionales comunistas degollados el 29 de marzo de 1985. Hoy, en 2026, al releerlas, luego de asistir al acto de homenaje en Los Leones con El Vergel, no solo se mantiene intacta la conmoción, sino que se profundiza la necesidad de memoria en un país donde el paso del tiempo no siempre garantiza justicia ni conciencia.
Sigo recordando a José Manuel Parada, Santiago Nattino y, de manera muy especial, a Manuel Guerrero. Tal como escribí entonces, mi recuerdo de Manuel Guerrero está marcado por una cercanía indirecta, mediada por la historia de mi madre.
Nada de lo que relaté en 2020 ha perdido vigencia. La detención, tortura, exilio y retorno de Manuel Guerrero siguen siendo un símbolo brutal de lo que significó la dictadura en Chile. Su libro, “Desde el túnel”, continúa siendo una lectura necesaria para comprender no solo el horror, sino también la resistencia humana frente a él.
Pero hoy, a 41 años del crimen, la reflexión se desplaza inevitablemente. Ya no se trata solo de recordar -aunque eso sigue siendo imprescindible- sino de preguntarnos qué hemos hecho con esa memoria.
En estos años, Chile ha vivido nuevos ciclos de movilización, crisis y debate sobre su pasado reciente. Desde el estallido social de 2019 hasta los procesos constitucionales fallidos, la discusión sobre derechos humanos, justicia y democracia ha vuelto al centro, pero esta vez en un debate marcado por negacionismos, relativizaciones y amenazas de indultar a los asesinos, en particular desde quienes hoy nos gobiernan.
El llamado “Caso Degollados” ya no es solo un episodio del pasado: es una advertencia permanente. La brutalidad con que fueron asesinados estos tres profesionales, nos recuerda hasta dónde puede llegar el poder cuando se deshumaniza. Algo que lamentablemente estamos viviendo hoy, en una época de retrocesos civilizatorios, guerras provocadas por autócratas genocidas, electos democráticamente. La llegada al poder vía elecciones, no está garantizando la humanidad y sensatez de nuestros líderes. Un gran desafío para la educación y la cultura, en buena parte del mundo
También han pasado generaciones desde 1985. Y muchos jóvenes hoy conocen estos hechos de forma fragmentaria y lejana, si es que los conocen. Ahí radica una gran responsabilidad: transmitir no solo los datos, sino el sentido profundo de lo ocurrido. Que nombres como los de Guerrero, Parada y Nattino no sean solo referencias históricas, sino símbolos vivos de dignidad y compromiso.
Al releer lo que escribí en 2020, me sigue golpeando el recuerdo de mi madre: eran colegas en el Colegio Latinoamericano con Manuel Guerrero, y compañeros de militancia. Recuerdo su admiración por las capacidades de Manuel como dirigente, y su tristeza y quizás rabia contenida ese 29 de marzo. Hoy entiendo aún más que esas historias personales son también historia colectiva.
Quizás eso sea lo que me motivó a actualizar este texto: la conciencia de que la memoria no es estática. Se resignifica con el tiempo, con los nuevos contextos, con las luchas actuales. Pero hay algo que no cambia: la obligación ética de recordar.
Porque el horror no fue solo el degollamiento. Un horror peor que ese, sería olvidar.
Dibujo: Cassandra Larenas.
La entrada A 41 años de un horror dentro del horror se publicó primero en El Siglo.
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