La cohesión social supone algo más que ausencia de conflicto. Supone confianza, cooperación y la posibilidad de sentirnos, en alguna forma, parte de un mismo proyecto colectivo.
El problema es que Chile parece moverse en la dirección contraria. El monitor social de Criteria muestra que en los últimos meses ha aumentado la percepción de conflicto entre izquierda y derecha, entre gobierno y oposición, entre ricos y pobres y entre trabajadores y empresarios. Mientras tanto, otras tensiones que marcaron los últimos años pierden centralidad relativa.
Reaparece así una sensibilidad asociada a desigualdad y abuso. Un fenómeno que recuerda parte del clima previo al estallido social. No porque estemos frente al mismo escenario, sino porque hay subjetividades que retoman centralidad.
El PNUD mostró tempranamente que el malestar no era solo material. También tenía que ver con dignidad, trato y reconocimiento. Por eso la protesta masiva y recurrente fue en parte una crisis de vínculo entre ciudadanía y élites.
Pero el malestar actual tiene una diferencia importante respecto del 2019: la plaza parece vaciarse. Crece la percepción de que el estallido fue negativo para el país y cae la idea de que un episodio equivalente al de 2019 tendría sentido. El malestar persiste, pero pierde densidad colectiva. Reaparece con un rostro más fragmentado, emocional y ensimismado.
Eso cambia profundamente el escenario social. Porque el malestar, aunque deja de expresarse colectivamente, tiende a acumularse como frustración y rabia contra el poder y las instituciones que aparecen como obstáculos para resolver problemas concretos de las personas.
Hoy parece improbable un nuevo estallido social e incluso movilizaciones masivas. Pero hay síntomas de que el malestar contra la institucionalidad reaparece y el vector expresivo parece ser otro: liderazgos o formas de representación que, empaquetados bajo la apariencia de simple sentido común, se presentan contra las élites, la política tradicional y los marcos institucionales. En ese contexto, la propuesta de eliminar el IVA a pañales y medicamentos merece más atención. No tanto por la medida específica, sino por la lógica política que instala.
Porque la política vuelve a validar “excepciones” altamente populares y difíciles de rechazar emocionalmente debilitando aún más el valor de las reglas. ¿O no fue eso lo que ocurrió con el primer retiro previsional, presentado inicialmente como excepcional e irrepetible? Ya sabemos qué terminó abriendo una ventana que no se cerró más.
Sobre ese ejemplo debiera tomar nota la derecha republicana gobernante. Así como desde los extremos erosionaron a la centro-derecha cuando ejercía el poder, ahora podrían estar incubando su propia erosión al dar espacio a fuerzas todavía más emocionales, pragmáticas y desideologizadas, capaces incluso de hacerles a ellos un sorpasso.
Los populismos rara vez entran rompiendo las ventanas. Entran cuando ciertas excepciones comienzan a parecer completamente razonables.
Por Cristián Valdivieso, director de Criteria
completa toda los campos para contáctarnos