Adolescencia hoy: autonomía, fragilidad y límites en una etapa de alta complejidad

El Ciudadano

Por Erika Tejerina Donoso

Hablar de adolescencia exige abandonar dos errores frecuentes: considerarla únicamente como una etapa problemática o, en el extremo contrario, justificar cualquier conducta bajo la idea de que “es parte de la edad”.

La adolescencia es una etapa de transición compleja en la que convergen cambios biológicos, cognitivos, emocionales, sociales y familiares. No se trata solo de hormonas, rebeldía o búsqueda de independencia. Es un período de reorganización profunda en el que el adolescente comienza a definir quién es, qué piensa, a qué grupo pertenece, qué lugar ocupa dentro de su familia y cuánto puede separarse de ella sin perder completamente la seguridad que todavía necesita.

Desde la neurociencia del desarrollo sabemos que durante estos años continúan madurando procesos asociados al control de impulsos, la planificación, la evaluación de consecuencias y la regulación emocional. Al mismo tiempo, aumenta la sensibilidad frente a la aceptación, el rechazo, la pertenencia y la valoración de los pares. Esta combinación ayuda a entender buena parte de la conducta adolescente.

Un joven puede razonar con claridad en un contexto tranquilo y, sin embargo, responder de manera impulsiva cuando intervienen la rabia, la vergüenza, la presión social o la sensación de rechazo. Puede comprender perfectamente una norma y, aun así, resistirse a ella cuando la vive como una amenaza a su autonomía. Comprender esto es importante. Pero comprender no equivale a justificar.

Uno de los rasgos más visibles de la adolescencia es la necesidad de diferenciarse de los adultos significativos. El niño pequeño suele aceptar con mayor facilidad la autoridad parental. El adolescente, en cambio, comienza a cuestionarla.

Descubre que sus padres se equivocan. Que se contradicen. Que no saben todo. Que algunas normas familiares pueden discutirse. Que existen otras formas de pensar y de vivir. Ese cuestionamiento es necesario para la construcción de una identidad propia.

El problema aparece cuando el proceso de diferenciación se transforma en desprecio. La frase “tú no entiendes nada” puede expresar una necesidad de autonomía.

La desregulación emocional aparece cuando el adolescente se desborda, responde impulsivamente o tiene dificultades para detener una conducta una vez activado emocionalmente.

El insulto, la humillación o la utilización deliberada de una vulnerabilidad del otro corresponden a otra dimensión. Por eso es importante distinguir entre soberbia adolescente, desregulación emocional y falta de respeto.

La soberbia puede expresarse como una convicción excesiva respecto de las propias ideas, una minimización de la experiencia del adulto o la sensación de que cualquier consejo externo resulta innecesario.

La desregulación emocional aparece cuando el adolescente se desborda, responde impulsivamente o tiene dificultades para detener una conducta una vez activado emocionalmente.

La falta de respeto implica cruzar un límite relacional. No es simplemente estar en desacuerdo. Es degradar, intimidar, insultar o tratar al otro como si su dignidad pudiera suspenderse porque existe enojo.

Esa diferencia resulta fundamental en la crianza. Los adolescentes necesitan espacios para cuestionar, discutir y construir criterios propios. No necesitan impunidad. Y aquí aparece uno de los desafíos más importantes para los adultos actuales.

Durante décadas predominó un modelo de crianza autoritario en el que obedecer era prácticamente sinónimo de respeto. Muchas familias funcionaban desde jerarquías rígidas, castigos, silenciamiento emocional y una escasa consideración por la experiencia subjetiva de niños y adolescentes. Ese modelo dejó consecuencias conocidas.

El problema es que, intentando corregirlo, algunos adultos han pasado al extremo contrario. Se teme frustrar. Se teme decir que no. Se teme establecer consecuencias. Se teme que el adolescente se aleje emocionalmente.

La autonomía no puede entenderse únicamente como aumento de libertades. Debe ir acompañada de responsabilidad.

Y comienza a confundirse vínculo con ausencia de conflicto. Pero una relación sana entre padres e hijos adolescentes no es una relación sin conflicto. Es una relación capaz de atravesarlo.

El límite no rompe necesariamente el vínculo. Muchas veces lo organiza.

Un adolescente necesita saber que existen adultos capaces de sostener una posición incluso cuando él se enfada. Adultos que no necesitan gritar, amenazar ni humillar para ejercer autoridad, pero que tampoco renuncian a ella para evitar incomodidad.

La autoridad parental saludable no consiste en controlar cada decisión. Consiste en ofrecer estructura. Eso implica escuchar, flexibilizar cuando corresponde, explicar determinadas normas y permitir progresivamente mayores niveles de autonomía. También implica decir no. Y mantenerlo cuando existe una razón suficiente.

La autonomía no puede entenderse únicamente como aumento de libertades. Debe ir acompañada de responsabilidad.

Si un adolescente exige más independencia, es razonable esperar también mayor capacidad para cumplir acuerdos, asumir consecuencias, reconocer errores y reparar el daño cuando corresponda.

Ese aprendizaje es esencial porque la vida adulta funciona precisamente de esa manera. La libertad sin responsabilidad no es autonomía. Es ausencia de límites.

A este escenario debemos agregar una condición que distingue profundamente a los adolescentes actuales de generaciones anteriores: están construyendo su identidad dentro de un entorno permanentemente conectado.

La adolescencia también incluye contradicción, mal humor, necesidad de privacidad, cuestionamiento y momentos de profunda intensidad emocional.

Antes, buena parte de la vida social terminaba al salir del colegio. Hoy continúa. El conflicto puede seguir durante toda la noche por mensajería. La comparación social es permanente. La exclusión puede hacerse visible en tiempo real. Una fotografía puede dejar en evidencia quién fue invitado y quién quedó fuera. La aprobación puede medirse mediante interacciones, visualizaciones o seguidores. Y la propia identidad comienza a construirse frente a una audiencia.

No corresponde demonizar la tecnología. Las redes también permiten crear vínculos, acceder a información, encontrar comunidades y expresar experiencias que antes permanecían silenciadas. Pero tampoco podemos ignorar el nivel de exposición al que están sometidos los adolescentes. Nunca antes una generación había tenido semejante acceso a información sobre los demás y, al mismo tiempo, tanta posibilidad de compararse continuamente con ellos.

Eso aumenta la necesidad de acompañamiento adulto. No de vigilancia permanente. Acompañamiento. Los adolescentes necesitan conversaciones reales sobre relaciones, sexualidad, violencia, consumo, redes sociales, frustración, consentimiento y salud mental. Pero conversar no significa interrogar. Ni convertir cada dificultad en una intervención psicológica.

Existe además una tendencia contemporánea a patologizar conductas que pueden formar parte del desarrollo normal. No todo aislamiento momentáneo es depresión. No toda irritabilidad constituye un trastorno. No todo portazo requiere terapia. No todo conflicto familiar refleja una familia disfuncional.

La adolescencia también incluye contradicción, mal humor, necesidad de privacidad, cuestionamiento y momentos de profunda intensidad emocional.

Sin embargo, tampoco debemos minimizar señales significativas. Una caída sostenida del funcionamiento, aislamiento persistente, autolesiones, desesperanza, consumo problemático, trastornos alimentarios o cambios emocionales importantes requieren atención.

La tarea adulta consiste precisamente en aprender a distinguir. Y para hacerlo debemos mirar más allá de la conducta aislada. Preguntarnos qué cambió. Desde cuándo. Con qué intensidad. En qué contextos ocurre. Qué consecuencias está generando.

El objetivo nunca debería ser formar hijos incapaces de cuestionar. Pero tampoco adultos futuros incapaces de aceptar un límite. Una adolescencia bien acompañada debería permitir aprender ambas cosas.

También debemos revisar nuestra propia posición. Porque los adolescentes aprenden mucho más de la coherencia adulta que de nuestros discursos. Es difícil enseñar regulación emocional gritando. Es difícil exigir respeto mientras los adultos se descalifican entre ellos. Es difícil hablar de límites cuando invadimos permanentemente la privacidad del otro. Y es difícil pedirles que se alejen de las pantallas cuando nosotros mismos somos incapaces de dejar el teléfono durante una conversación.

Criar adolescentes requiere asumir que también seremos cuestionados. Nuestros hijos descubrirán nuestros errores. Probablemente rechazarán algunas de nuestras decisiones. Construirán criterios distintos. Eso no significa que la crianza haya fracasado. En cierto sentido, significa exactamente lo contrario.

El objetivo nunca debería ser formar hijos incapaces de cuestionar. Pero tampoco adultos futuros incapaces de aceptar un límite. Una adolescencia bien acompañada debería permitir aprender ambas cosas.

Pensar por sí mismo. Y convivir con otros. Defender una posición. Y escuchar. Estar en desacuerdo. Y mantener el respeto. Sentir rabia. Y no agredir. Cometer errores. Y reparar. Quizás ahí se encuentra el verdadero desafío de acompañar la adolescencia en esta época.

No controlar cada paso. No desaparecer del camino. Estar suficientemente cerca para contener cuando sea necesario y suficientemente lejos para permitir que desarrollen recursos propios. Con firmeza. Con criterio. Sin dramatizar cada conflicto. Sin justificarlo todo.

Y entendiendo que la tarea no consiste en conseguir adolescentes permanentemente conformes con nosotros, sino en ayudar a formar adultos capaces de hacerse responsables de sí mismos y de la manera en que afectan a los demás.

Porque crecer no significa solamente aprender a ser independiente; significa aprender que nuestras emociones son legítimas, pero nuestras conductas tienen consecuencias.

Por Erika Tejerina Donoso

Neuropsicología. Perito en educación, clínica, familia, infancia y adolescencia.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Septiembre 10, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 27 visitas 2460399

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