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“Adolescencia”: la serie que nos incomoda porque dice lo que preferimos callar

“Adolescencia”: la serie que nos incomoda porque dice lo que preferimos callar

No es solo una ficción, es un espejo que nos muestra en qué lugares estamos fallando como adultos Los chicos no necesitan adultos perfectos, necesitan adultos presentes (Foto: cortesía de Ben Blackall/Netflix)

Hay series que se miran. Y otras que te miran a vos. Adolescencia es una de esas. Y tranquilos: esta columna no spoilea la trama. No cuento el final ni los giros. Pero sí me detengo en el trasfondo emocional y social que la serie plantea desde el primer episodio. Porque ese trasfondo interpela, incomoda y deja preguntas que no podemos esquivar.

Esta nueva miniserie británica que estrenó Netflix no es para mirar con el celular en la mano ni mientras cocinás. Es de esas que te obligan a frenar, a mirar de frente lo que incomoda y a preguntarte: ¿qué estamos haciendo con nuestros adolescentes?

La historia arranca con un nudo en la panza: un chico de 13 años detenido por el asesinato de una compañera de escuela. Pero no es una serie policial. No se trata solo del hecho, sino de todo lo que hay antes. De lo que no se dijo, de lo que nadie vio, de lo que se fue gestando en silencio.

A lo largo de los episodios vamos entendiendo cómo ese adolescente va absorbiendo discursos peligrosos, cómo va quedando atrapado en redes donde la frustración se convierte en bronca, y la bronca, en violencia.

Uno de esos discursos es el de los incels -un término que viene de “involuntary celibate” o “célibes involuntarios”-: chicos que dicen no poder tener relaciones afectivas o sexuales, aunque lo desean.

En realidad, el discurso incel combina dos cosas: por un lado, ellos dicen no poder establecer vínculos afectivos o sexuales, pero al mismo tiempo creen firmemente que es el mundo -y especialmente las mujeres- quienes los excluyen o rechazan. O sea, no lo viven como una dificultad personal para vincularse, sino como una “injusticia” que el entorno les impone.

Y ahí es donde el discurso se vuelve peligroso.

No es un “no puedo”, dicho con vulnerabilidad. Es un “no me dejan”, dicho con resentimiento. Es un “yo querría estar en pareja, pero como no tengo las características que el sistema valora -belleza, éxito, popularidad-, estoy condenado a quedar afuera”.

Entonces, más que una imposibilidad real, es una construcción discursiva que se transforma en ideología: ellos internalizan que nunca podrán ser elegidos, que nadie va a querer estar con ellos, y que eso no depende de ellos, sino de una supuesta “injusticia estructural” en la que las mujeres tienen el poder de elegir y ellos quedan como víctimas.

Este relato se convierte en un caldo de cultivo perfecto para:

  • La autoexclusión (“¿para qué voy a intentar si ya sé que me van a rechazar?”)
  • El aislamiento
  • En casos más graves, el resentimiento, la misoginia, e incluso la radicalización violenta.

Por eso es tan importante que los adultos podamos ayudar a los adolescentes a desarmar estos discursos antes de que se vuelvan identidad.

¿Y qué pasa cuando no hay adultos disponibles para hablar? Entra en juego una lógica que ellos repiten como verdad absoluta: la famosa “regla del 80/20″. Según esta teoría, el 80% de las chicas solo se fija en el 20% de los varones. Y el resto queda afuera. Rechazado. Invisible. Frustrado.

Juan José Millás, un periodista español que habló del tema en una entrevista, dijo algo muy fuerte: “El sexo es muy importante para los adolescentes. Y viven en una sociedad donde ser virgen a cierta edad te convierte en blanco de presión, de burla o de angustia”. ¿Te imaginás lo que eso genera en alguien que recién está empezando a construirse como persona? Y sí, duele escucharlo, pero más duele saber que es real. Que muchos chicos y chicas viven esa presión en silencio, sin nadie que los acompañe a ponerle palabras.

Y entonces vuelve la gran pregunta: ¿Dónde estamos nosotros, los adultos, cuando ellos más nos necesitan?

Porque claro, es fácil decir “los chicos de ahora”, “la tecnología”, “la culpa es de las redes”. Pero los chicos no nacen sabiendo. Aprenden, absorben, repiten, imitan. ¿Quién los escucha? ¿Quién les explica lo que están sintiendo cuando ni ellos lo entienden? ¿Quién les pone palabras al caos?

No hay respuestas simples. Y no hay culpables únicos. La construcción de una identidad es colectiva. No se hace sola, y tampoco se hace solo en la casa o en la escuela. Es un entramado enorme de vínculos, valores, miradas, modelos, conversaciones que se dan… o que no se dan.

¿Y entonces? ¿Qué podemos hacer?

Podemos empezar por estar. Estar de verdad. No desde el control, sino desde la presencia. Desde la escucha genuina. Desde ese lugar incómodo donde a veces no sabemos qué decir, pero igual elegimos quedarnos.

Los docentes no somos terapeutas, es cierto. Pero muchas veces somos los primeros adultos en verlos todos los días. Y tenemos un poder enorme cuando simplemente preguntamos: “¿Estás bien?”, “¿Querés hablar?”, “¿Necesitás algo?”.

Y las familias, ni hablar. No hace falta tener todas las respuestas. A veces con mirar a los ojos, con dejar el celular un rato, con validar lo que sienten, alcanza. Y si no alcanza, al menos marca la diferencia.

Porque si nosotros no hablamos con ellos, alguien más lo va a hacer. Y no siempre va a ser alguien que les haga bien. Hay foros, grupos, influencers y algoritmos listos para llenar ese vacío.

La serie duele, pero también puede abrir una puerta

No la veas para asustarte. Mirala para entender. Para hacerte preguntas. Para charlarla en casa, con tus hijos, con tus estudiantes, con tus colegas. Para empezar a hablar de lo que muchas veces se calla por vergüenza, por tabú o porque no sabemos cómo abordarlo.

Los chicos no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos disponibles. Presentes. Que no minimicen lo que les pasa. Que no digan “ya se te va a pasar”. Porque a veces no se les pasa. A veces lo que no se nombra, crece en silencio.

“Adolescencia” no busca que señalemos con el dedo. Busca que miremos hacia adentro. Que entendamos que hay muchos chicos sintiéndose excluidos, confundidos, presionados por una sociedad que les exige todo, pero les ofrece muy poco.

Y si esta serie nos deja una enseñanza, es esa: la diferencia la podemos hacer nosotros. Con un mensaje, con una pregunta, con un “estoy acá si me necesitás”.

Fuente

Infobae.com

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