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Anatomía de un fracaso

Hace solo algunos años, parecía inimaginable que llegara a la presidencia de la República un representante de la extrema derecha, pero se acaba de producir.

La idea de una pacífica alternancia entre un centro izquierda reformador y democrático con muchos logros a su haber y un centro derecha con predominio liberal y adaptado a la democracia -que encarnó en dos ocasiones Sebastián Piñera- parecía ser parte de un paisaje político que no llamaba la atención a nadie.

Pero en estos últimos años se produjeron cambios muy grandes en el país, y no para bien, sin que las fuerzas políticas democráticas tomaran la dimensión de la profundidad de esos cambios, la degradación que se producía en la situación económica, en la seguridad ciudadana y en el funcionamiento de las instituciones.

La decadencia de Chile iba de la mano de una fase histórica de la situación mundial que igualmente cambiaba para mal, la globalización y el rápido avance científico y tecnológico se conjugaban cada vez menos con las palabras progreso social, respeto a las reglas de convivencia y avance de la democracia como proyecto perfectible.

Cuando ello sucede bien sabemos que las voces se vuelven rudas, las desigualdades se ahondan, las crisis democráticas se hacen evidentes, las migraciones se transforman en un problema y surgen ideas autoritarias como algo posible y aceptable.

Sin que nos percatáramos había comenzado la era de los imperios y de los predadores, el poder desnudo y la dominación como primer objetivo declarado sin pudor, la amenaza a los más débiles como algo legítimo.

Ellos se expresarían en el mundo con la aparición de jefes de Estado elegidos democráticamente o no, con ideologías en ocasiones opuestas que resucitan nacionalismos y aspiraciones territoriales, que practican el autoritarismo y la democracia iliberal, el lenguaje diplomático es remplazado por un lenguaje procaz y amenazante, invasiones y guerras locales y genocidios como una conducta normal ante una afónica protesta del resto de los países justamente atemorizados.

El Occidente y sus valores sobreviven con dificultades encarnados en una Europa debilitada, Trump hace tiempo ha hecho saber que la democracia liberal le importa un rábano, Putin quiere recuperar su imperio perdido cueste lo que cueste, y Xi Jin Ping no es el padrecito de los pueblos y con una sonrisita silenciosa espera su tiempo.

Pareciera que la parte justa de la historia hubiera muerto o en el mejor de los casos anduviera de parranda. Pensábamos que a nosotros esa realidad no nos tocaría, pero desgraciadamente se trataba de un pensamiento mágico.

Las cosas en Chile comenzaron primero por la izquierda radical y su crítica feroz de la centroizquierda reformadora, la cual en vez de presentar batalla se unió a ella de manera subalterna, abandonando así el caminar sereno, excitado por los cantos de sirena de una ultraizquierda audaz que enarbolaba las banderas nostálgicas de una revolución frustrada que concluyó con un mediocre gobierno de minoría y con una candidata respetable, pero destinada a lo imposible. Pasó lo que tenía que pasar, una colosal derrota y el triunfo del nuevo extremo.

El maremoto arrastró también al centro derecha institucional, aunque de manera menos dramática, y premió de pasada al populismo clásico y al de tendencia autoritaria.

Hoy observamos el postriunfo de José Antonio Kast, el hombre lo está haciendo bien, con escasos tropezones.

No es carismático ni de un liderazgo deslumbrante, es algo plúmbeo, pero de actuar rápido, evita cometer errores, repite las prioridades de la campaña y si su lenguaje no genera entusiasmo, tampoco asusta, a lo más adormece.

Es ordenado, prudente, y no se sale del libreto, no habla de sus convicciones impopulares, pero repite sin piedad aquellas por las que fue elegido.

Es muy difícil descifrar su futuro gobierno, pues no adelanta sus intenciones, quiere llegar virgen a la transmisión del mando.

Si bien visita feliz a sus amigos iliberales, gritones y mal hablados algunos, dice que no los imitará; cuando le quieren hacer una pillería desde el actual gobierno, lanza a sus mastines y no cambia el tono de voz, en verdad no sabemos si tiene otro tono.

Nos tiene en ascuas, en veremos.

Los primeros pasos de quiénes debieran guiar la oposición a su gobierno desgraciadamente no llaman al entusiasmo.

Hacen bien en decir que Chile no se está cayendo a pedazos, y de que algunas de las cosas realizadas son positivas, pero ello es una verdad a medias, porque algunas de las cosas más importantes son aquellas que no hicieron o que afortunadamente no los dejaron hacer.

El debate acerca de las responsabilidades de la derrota es pobre en su método y contenido, salvo algunas voces sensatas que son las menos.

¿Cómo no entender que es necesario reconstruir el centro izquierda reformista que tan bien entendió a Chile durante años y recuperar una visión de futuro con propuestas de crecimiento y mayor igualdad que dé respuesta a los intereses de Chile hoy en un mundo tan hostil?

De eso no se habla, se culpan unos a otros, en verdad generaron una coalición artificial, con posiciones muy diversas, lo mejor es que cada uno se junte con su cada quien, la izquierda democrática no puede ser lo mismo que la izquierda radical, podrá haber coincidencias puntuales, pero cada uno debe pensar al país de acuerdo a sus convicciones.

Abandonar las nostalgias doctrinarias, pensar en Chile primero, será la única forma de recuperar la confianza de la gente en el centro izquierda, para ello es necesario abandonar la subalternidad, la confusión y la ignorancia.

Ello requiere construir una oposición ordenada, que abandone todo ese extremismo identitario y ese lenguaje enrevesado lleno de propuestas particularistas y de doble estándar en la ética.

Una oposición constructiva abierta a los aciertos de quien gobierna no mezquina ni fanática, enemiga de la violencia y defensora de los avances democráticos, sociales, y los derechos humanos, combinando siempre en sus propuestas crecimiento y equidad.

Solo esa práctica podrá generar el reconocimiento necesario para volver a tener una opción de gobierno.

Es bueno que el nuevo gobierno y la nueva oposición tengan presente que en democracia el que gana no lo gana todo y el que pierde no lo hace para siempre.

Enero 3, 2026 • 12 horas atrás por: LaTercera.com 36 visitas

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