Apple acaba de soltar 2.000 millones de dólares por Q.ai, una startup israelí que lleva cuatro años operando en el más absoluto silencio.
Es la segunda mayor compra de su historia, solo por detrás de los 3.000 millones que desembolsó por Beats en 2014. Pero a diferencia de entonces, cuando compró una marca de auriculares muy afamada y un servicio de streaming que sería el germen de Apple Music, ahora está apostando por una tecnología desconocida para la inmensa mayoría.
Q.ai desarrolla sistemas de IA capaces de interpretar lo que llaman "habla silenciosa": tecnología que lee los micromovimientos faciales para entender qué estás diciendo aunque no pronuncies las palabras. Sus patentes muestran sensores ópticos integrados en auriculares o gafas que detectan contracciones musculares casi imperceptibles en mejillas, mandíbula y labios. No hace falta voz audible, basta con la intención de hablar.
La empresa condensa su propuesta en la siguiente frase: "En un mundo lleno de ruido, creamos un nuevo tipo de silencio". Es la descripción de lo que promete su tecnología: comunicarte con un dispositivo sin tener que emitir sonido alguno.
El CEO de Q.ai, Aviad Maizels, ya vendió una empresa a Apple en 2013: PrimeSense. Fue la que desarrolló la tecnología de profundidad del olvidado Kinect de Xbox. Apple la transformó en lo que acabaría siendo Face ID, su sistema de reconocimiento facial que debutó en el iPhone X de 2017. Ahora vuelve a Cupertino con una startup que busca definir la próxima década de interacción con dispositivos.
Junto a Maizels hay otros dos nombres reconocidos en la industria:
El patrón que les une es el de convertir tecnología puntera en productos para el mercado de gran consumo.
Google Ventures fue uno de los primeros inversores en Q.ai. En 2022, cuando anunció su inversión, describió su trabajo como "el colapso de la brecha entre la intención humana y la ejecución digital". Tom Hulne, uno de los socios de GV, ha dicho tras esta compra que "siempre me pregunté qué pasaría cuando el ordenador finalmente 'desaparezca' en nuestra vida cotidiana. Gracias a este equipo, puede que lo descubramos pronto".
Ni el público más fiel y entusiasta de Apple es capaz de negar que Apple ha llegado tarde a la carrera de la IA generativa y conversacional. Su propuesta está muy por detrás de lo que ofrecen hoy OpenAI, Google o Anthropic. Siri, pese a llevar en el mercado casi quince años, sigue siendo extremadamente limitada en comparación al resto.
La compra de Q.ai no va a resolver eso a corto plazo, pero sí apunta hacia dónde apunta Apple a medio plazo.
El problema no es solo una cuestión de capacidad técnica, también hay un techo social en la interacción con los chatbots: escribir es algo lento y tedioso, hablar es más cómodo y rápido pero no siempre es factible. En entornos públicos se pierde intimidad y a menudo no es una opción. Q.ai ofrece una tercera vía: interactuar con la IA sin que nadie más se entere y sin romper el flujo de lo que haces.
Esta tecnología encaja bien en lo que creemos saber que Apple tiene en desarrollo gracias a filtraciones y patentes:
Es decir: dispositivos pensados para estar siempre contigo, activos todo el día y conscientes del entorno, pero sin exigir que cambies tu comportamiento social para usarlos.
Las grandes tecnológicas se han pasado los últimos tres lustros compitiendo por captar nuestra atención bombardeándonos a notificaciones, recurriendo al scroll infinito y optimizando algoritmos para maximizar el engagement. Ahora vamos hacia algo opuesto: tecnología tan integrada que se vuelve invisible. No interrumpe ni distrae, simplemente está ahí cuando la necesitas. Más y menos conectados al mismo tiempo.
Históricamente, esa ha sido una promesa muy vinculada a Apple: interfaces pensadas para sentirse como extensiones naturales de nosotros mismos. Además, Apple rara vez compra una empresa por una función aislada, suele comprar equipos capaces de cambiar la forma de interactuar con sus dispositivos. Q.ai, con esos 2.000 kilos sobre la mesa, es una señal de que la apuesta va por ahí.
Ahora queda ver cómo lo implementa Apple, cómo lo integra en un producto que llegue al mercado y si estamos preparados para que nuestros dispositivos nos entiendan sin que digamos nada en voz alta. Donde la comunicación con las máquinas ocurre a un nivel tan íntimo que ni el de al lado lo percibe.
Apple acaba de pagar 2.000 millones por el futuro del silencio y ahora nos queda saber si querremos vivir en él.
Imagen destacada | Nandaperin
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La noticia
Apple acaba de pagar 2.000 millones por una startup israelí que lleva cuatro años en secreto: ahora sabemos a qué se dedica
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por
Javier Lacort
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