Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a disparar contra uno de esos consensos estéticos del cine contemporáneo que nadie parece cuestionar, pero que están en todas partes. Esta vez no se trata de batallas históricas mal contadas ni de héroes impostados desde el guion, sino de algo mucho más aparentemente trivial: la barba. O, mejor dicho, la barba como atajo narrativo, como señal externa de profundidad emocional, trauma y virilidad bien empaquetada.
En un texto publicado en XL Semanal y compartido después en redes sociales, el escritor desmonta con ironía esa imagen prefabricada del héroe moderno, tan intenso como impostado, que ha sustituido a las gabardinas, las espadas y los revólveres de antaño por una barba de tres días y una mirada cargada de sufrimiento.
Reverte arranca su reflexión comparando el pasado y el presente del cine de héroes:
"Antes, los héroes de las pelis llevaban espada, revólver o gabardina. Hoy, para ser interesante en el cine debes parecer complejo, y para parecer complejo has de llevar barba de tres días y mirada de trauma mal digerido. Todo muy viril, muy intenso. Y sobre todo, más falso que la sonrisa de un político".
El escritor se detiene especialmente en lo que denomina las "barbas de Schrödinger", esas que parecen existir fuera de las leyes de la física y del tiempo: No crecen, "tampoco se despeinan" y "sobreviven" a todo tipo de conflictos y situaciones límite. Reverte lo resume así: "Que se afeitan cada día, pero para que parezca que no se afeitan".
Para el académico de la RAE, esta barba no es una casualidad estética, sino un mensaje claro al espectador. Una auténtica "proclamación estética" que "sirve para decirle al espectador que el prota en cuestión es duro pero sensible. Ha visto el infierno, pero sigue siendo follable". Y remata la idea con una de esas frases destinadas a circular durante días: "El protagonista ha perdido a su familia, su fe o su perro, pero nunca el control de su vello facial".
Finalmente, Reverte contrapone este artificio cinematográfico con la experiencia real de cualquiera que haya intentado dejarse barba fuera de la pantalla. "En la vida real una barba tiene fases: empieza inevitable, sigue molesta para tu legítima –o tu ilegítima– y luego, antes de llegar a barba respetable, te convierte en alguien a quien la policía observa con interés profesional", explica. "Pero el cine no quiere saber nada de eso", lamenta.
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Arturo Pérez-Reverte lamenta la última tendencia del cine reciente: "Tienes que llevar barba de tres días y una mirada de trauma mal digerido"
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por
Belén Prieto
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