SEÑOR DIRECTOR:
El decreto de política fiscal 2026-2030 que presentó Hacienda esta semana puede leerse de dos maneras. La cómoda: el gobierno reconoce que no logrará el equilibrio estructural prometido y fija un déficit de 1,5% del PIB a 2030. La honesta: por primera vez en años, un Ejecutivo sincera el punto de partida, 2,6% de déficit estructural, deuda presionando el ancla de 45%, y se compromete a una trayectoria verificable, año a año, en lugar de prometer milagros contables.
Conviene mirar el plazo largo. Chile arrastra más de una década de déficits estructurales, desde antes de la pandemia. Y las fórmulas anteriores ya las probamos: la reforma tributaria de 2014 prometió recaudación para más gasto permanente y coincidió con inversión estancada y menor crecimiento tendencial. Nos acostumbramos a mirar solo un lado de la ecuación fiscal: recaudar más vía impuestos. Pero la ecuación tiene dos lados, y el gasto, su nivel, su calidad, su eficiencia, quedó fuera de la discusión seria. En el largo plazo hay que mover ambas variables. Subir impuestos sin tocar el gasto no era prudencia: era inercia, y la deuda igual se triplicó.
Los cambios profundos toman tiempo, y cuatro años no bastan para corregir una década de deterioro fiscal. Pero si no se intenta, nunca sabremos si era posible. Lo notable es que el miedo al cambio no está en el lenguaje de este gobierno: hay recortes impopulares operando hoy, metas explícitas y un costo político asumido. Eso, en un país acostumbrado a la promesa fácil, hay que valorarlo.
Nadie dice que será fácil. Habrá tropiezos, revisiones y críticas legítimas, empezando por las del propio Consejo Fiscal Autónomo. Pero entre jugársela por ordenar la casa y administrar la inercia del declive, la pregunta correcta no es si el plan es perfecto. Es: si no esto, ¿qué?
Carlos Smith
Docente investigador CIES UDD
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