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Australia, un camino educacional para Chile

Australia y Chile tienen ciertas cosas en común. Ambos son países jóvenes y alejados de los centros neurálgicos del desarrollo, con matrices productivas similares, ancladas en recursos naturales y de servicios. Es cierto que la isla continente tiene un contexto institucional diferente al nuestro; sin embargo, mientras Australia mira al futuro, Chile tiene la tendencia a quedarse en su pasado, lo que muchas veces nos impide avanzar y aprovechar todas nuestras capacidades. Esto también aplica al sistema educacional.

A diferencia del sistema educativo chileno, el australiano se articula en sus diversos niveles, vinculándolo deliberadamente con las necesidades reales de la economía, generando impacto concreto en lo productivo, social y cultural. Resultado: Australia —junto a Nueva Zelanda— es uno de los dos países desarrollados del hemisferio sur, con un ingreso per cápita que cuatriplica el de Chile (duplica al chileno si se corrige por paridad de poder de compra). Y esto no es casualidad, pues la tasa de desempleo en Chile es de 8,9%, con una participación laboral de 62,3%, mientras que el desempleo en Australia es de 4,3%, con una participación laboral del 66,8%.

El destino de un país depende de su estrategia educativa, en todos los niveles, incluyendo la formación inicial, primaria, secundaria, técnico-profesional y universitaria. En Australia —y en todo el mundo desarrollado— han desarrollado estrategias de financiamiento, incentivos y articulación entre cada uno de esos niveles, de tal manera que los estudiantes puedan desarrollar rutas lógicas y ascendentes. En Chile solemos ver cada nivel por separado, incluso en la educación superior, con dos subsistemas: técnico-profesional y universitario. Una mirada más moderna y objetiva nos permitiría reconocer ambas dimensiones de la educación superior como eslabones interdependientes para elevar capacidades, acelerar adopción tecnológica y responder a sectores estratégicos, económicos, sociales y culturales. Desde el punto de vista cultural, catalogar a la educación técnico-profesional como vía alternativa para quienes no ingresan a la universidad la condena a la marginalidad; entenderla como herramienta de competitividad la convierte en ventaja país.

Australia desarrolló un sistema educativo integrado que favorece la alianza público-privada en contextos competitivos con proyección internacional. Así, en dicho país los estudiantes extranjeros en la educación superior superan 800.000 al año (casi un tercio del total) y representan un eje estratégico de prosperidad económica, con ingresos superiores a 35.000 millones de dólares. El marco de cualificaciones australiano y sus efectivos mecanismos de reconocimiento de aprendizajes previos, facilitan trayectorias formativas más flexibles y eficientes, de acuerdo con los requerimientos de personas e industrias. En Australia, la educación técnico-profesional es el corazón del sistema, dada la capacidad que tiene para fortalecer la productividad y potenciar el desarrollo empresarial y regional.

En Chile se realizan esfuerzos valiosos en la educación superior, aunque todavía insuficientes y fragmentados. Hay instituciones que innovan, empresas que se involucran y regiones que impulsan iniciativas. Todo eso suma, pero no reemplaza una lógica sistémica con incentivos apropiados y sostenibles en el tiempo. En Australia, el vínculo entre formación y sector productivo es parte del diseño del sistema: participan representantes de los diversos sectores productivos que agregan valor a la educación porque la vanguardia tecnológica y competitiva suele estar en las empresas más que en las instituciones educativas.

Los programas educativos en Australia promueven trayectorias flexibles y adaptativas en la estructura misma del currículo. En esa lógica, el proceso de enseñanza-aprendizaje incorpora las innovaciones reales que se van suscitando en el sector productivo y de servicios. Para ello cuentan con un sistema de formación continua de profesores con estándares y certificaciones exigentes en capacidad docente y evaluación práctica.

El desarrollo de un país no depende solo de la riqueza de sus recursos naturales, sino de su capacidad para aprender, aplicar y transformar. Chile tiene los recursos e instituciones para dar este salto. Lo que falta es decisión política para abordar con altura de miras las discusiones pendientes: títulos, grados y empleabilidad; financiamiento con incentivos alineados a la realidad nacional; tensión entre credenciales y competencias; duración de las carreras. Debemos atrevernos a innovar y seguir el ejemplo de quienes lo han hecho exitosamente. La formación técnico-profesional no es una vía alternativa, sino la columna vertebral del desarrollo productivo y social del siglo XXI.

Por Lucas Palacios Covarrubias, rector de INACAP

Junio 22, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 36 visitas 2223361

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