La candidatura de Michelle Bachelet a la secretaría general de la ONU levanta diversas interrogantes: ¿es viable, oportuna y prioritaria en el escenario geopolítico actual?, ¿qué actitud adoptará el gobierno entrante luego de ser excluido de las tratativas con México y Brasil?, ¿cómo defender así el carácter de Estado de su postulación? Con todo, dicha candidatura conduce también a examinar la trayectoria de Bachelet. En rigor, esta pregunta es decisiva: ¿quién es la expresidenta por la que Boric y sus ministros exhortan a “ponerse la camiseta de Chile”?
Bachelet —militante socialista desde joven— sufrió los efectos de la represión después del golpe de 1973. Su padre, Alberto Bachelet, fue el único general arrestado el 11 de septiembre y moriría en cautiverio luego de ser torturado; y tanto ella como su madre se vieron obligadas a salir del país, primero a Australia y después a la RDA. Bachelet debió sobreponerse a esas y otras dificultades antes de llegar a ser ministra y presidenta.
Ese protagonismo político de Bachelet fue catapultado en gran medida por su militancia en el PS. Ahí integró el comité central y la comisión política de la mano de la “nueva izquierda”, la facción de Camilo Escalona heredera del PS-Almeyda en los ochenta; una facción entonces próxima al PC y distante de la naciente Concertación.
Un hecho aparentemente anecdótico permite aquilatar las implicancias de esa precoz sensibilidad autoflagelante. Mientras era ministra de Salud de Lagos, Bachelet fue escéptica del proyecto que finalmente conoceríamos como plan Auge. Según recuerdan Ascanio Cavallo y Rocío Montes en “La historia oculta de la década socialista”, a ojos de sus críticos —Bachelet incluida— esta iniciativa convertía a los pacientes en “consumidores”. Eran los albores de una diatriba que pronto sería un comodín: el proyecto era muy “neoliberal”.
Si se quiere, el itinerario posterior de Bachelet puede ser leído desde esas coordenadas. La frustración con la que terminó su primer gobierno (más allá de la reforma previsional); la creación de la Nueva Mayoría, sumando al PC en la coalición; su entusiasmo con la generación de 2011; el abrazo a la agenda del “otro modelo” en su segundo período, y sus consiguientes reformas tributaria, laboral y educacional —cuyos perjuicios se padecen hasta hoy—; todo ello es consistente con su recelo de la Concertación de Aylwin, Frei y Lagos.
Naturalmente, el corolario de este recorrido fue el respaldo de Bachelet a la propuesta plurinacional de la fallida Convención: “no es perfecta, mas se acerca a lo que yo siempre soñé”, sinceró poéticamente. A un lado quedaron ella, el frenteamplismo y los más autoflagelantes; al otro, Lagos (que se abstuvo), y Frei y los principales herederos de Aylwin (que rechazaron junto al 62% del electorado).
En materia internacional, el balance de Bachelet es ambivalente. Tiene activos, como su informe sobre los DD.HH. en Venezuela siendo Alta comisionada de la ONU. Pero también adolece de pasivos relevantes. Baste recordar sus gestos de admiración por Fidel Castro: “Un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”, afirmó la expresidenta cuando falleció el dictador. Esto confirma que, como pocas figuras, Bachelet ha dividido al centro y la izquierda. ¿Cómo podría unir a Chile quien encarna de modo eminente la fractura de su propio sector?
Por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES)
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