Caída en la natalidad y la dificultad de adaptarse al desarrollo

La fuerte caída en las tasas de natalidad es un fenómeno global, que cruza fronteras, sistemas políticos, culturas y religiones. Si bien se inició en Europa, Japón y otros países avanzados, se ha extendido muy rápido al resto del mundo, especialmente en los países de ingresos medios, que hoy representan más de dos tercios de la población mundial.

Chile no es una excepción. Si bien aquí el fenómeno ha ido más rápido que en América Latina, hoy estamos entre los países con menores tasas de fecundidad (número de hijos por mujer) en el mundo.

Hace 35 años, Amartya Sen definió el desarrollo como la expansión de la libertad para decidir y actuar. La pobreza es la ausencia de libertad para tomar opciones: cuando se lucha por sobrevivir, solo se busca conseguir alimento y refugio. A medida que se progresa, se va ampliando la posibilidad de elegir y definir el curso de la vida. Eso es lo que ha venido ocurriendo en el mundo en el último par de siglos a una velocidad inédita, manifestándose en los ámbitos más diversos. Estos cambios, a su vez, chocan con principios, conductas e instituciones que se fueron construyendo a lo largo de decenas de miles de años, pero que hoy se ven desafiadas.

En menos de medio siglo, el desarrollo económico ha sacado de la pobreza a la gran mayoría de la población mundial, lo que, junto con mejorar las condiciones materiales de vida, ha abierto la posibilidad de tener tiempo libre para la realización personal. La masificación de la educación abrió las puertas para que los jóvenes pudieran elegir trayectorias de desarrollo personal y profesional alineadas con sus intereses y capacidades, algo impensable en tiempos de mis abuelos.

En el caso de las mujeres, esto ha ido mucho más lento en todo el mundo, justamente porque en prácticamente todas las culturas las mujeres han sido las responsables del cuidado del hogar y la crianza de los hijos, que además llegaban casi sin aviso ni preparación, cuando “pasaba la cigüeña”, algo sobre lo que no tenían ningún control. Esto comenzó a cambiar muy rápido a partir de la segunda mitad del siglo pasado, cuando las mujeres accedieron masivamente a la educación y, al mismo tiempo, tuvieron acceso a métodos seguros de control del embarazo.

A comienzos del siglo XXI, en la mayor parte del mundo, las mujeres pueden optar sobre cómo usar su tiempo: la maternidad es una entre varias opciones y eso, inevitablemente, se ha traducido en menores tasas de natalidad. Por otra parte, la distribución de responsabilidades en la gestión del hogar y la crianza de los hijos no ha evolucionado con la misma rapidez, con lo que, en la práctica, las mujeres terminan absorbiendo la mayor parte de los costos de desarrollo personal y laboral derivados de las demandas de tiempo requerido por la maternidad y la crianza de los hijos.

Otra área de cambios, reforzando la tendencia previa, es la precariedad de los compromisos en torno a formar una familia para “toda la vida”. Cuando la pareja se quiebra, casi inevitablemente se produce una enorme disparidad entre las responsabilidades de los padres, generalmente perjudicando a las mujeres. Hoy, cuando se decide tener hijos, los padres y, especialmente las madres, están incorporando el riesgo de tener que asumir la responsabilidad de criarlos, con lo que ello implica en términos de su recarga de tiempo y pérdidas de oportunidades de desarrollo personal y laboral, además de posibles costos económicos cuando la pareja no asume sus responsabilidades.

Ante esto, la reacción de los jóvenes y, especialmente las mujeres, ha sido postergar la maternidad, siendo más cuidadosas en la selección de pareja y, por supuesto, teniendo menos hijos. Las jóvenes de hoy, que han podido vislumbrar las opciones de desarrollarse profesionalmente y de disponer de tiempo libre, no están dispuestas a sacrificar fácilmente esas posibilidades.

Esto no se resuelve con bonos o subsidios, ni con permisos parentales después del nacimiento. Se requieren cambios de conducta que se aprenden desde la niñez, cuando el ejemplo de los padres resulta fundamental. Quienes están preocupados por los efectos de la baja natalidad sobre su futura pensión o el costo de vida, deben asumir que el primer paso para resolver ese problema comienza en su propio hogar.

*El autor de la columna es profesor adjunto del Instituto de Economía UC e investigador principal Clapes UC

Marzo 7, 2026 • 3 horas atrás por: LaTercera.com 21 visitas 1856401

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