El Ciudadano
Por Matías Blas Silva Alliende

Si algo hemos tenido como problema estos cuatro años es una especie de gatopardismo, el «cambiar todo para que nada cambie». El sector político representado por la nueva izquierda chilena se atascó en un lenguaje autorreferencial, a menudo, académico y la mayoría de las veces vacío. Hegemonía, territorios, habitar el cargo, proceso deconstituyente.
A esta nueva izquierda no le faltó pasión cuando hablaba de estructuras deliberativas, de empoderamiento, de territorios e identidades, pero se perdió por la ansiedad de inmediatez provocada por las nuevas tecnologías. Siempre se acabó reduciendo a un murmullo de fondo, una marea que salpica al receptor con una pomposidad verbal que solo interesa a quienes ya forman parte de su propia iglesia. Como un sermón, esa repetición auditiva se convierte en un ritual que sirve más para confirmar la identidad de quienes participan de ese sector. Se perfiló así la paradoja de esta nueva izquierda, el absurdo de pretender incluir a través de estos discursos, pero termina excluyendo. Se habla, pero no se dice gran cosa.
Además, cayó en la trampa de una derecha, que hoy exhibiendo a cara descubierta su pinochetismo, hizo uso y abuso de un concepto: el wokismo, lográndolo instalar ya como una verdad naturalizada frente a toda teoría o política que se traduzca en un avance en derechos. Lo que trae como consecuencia el regreso del discurso conservador en la idea de que la sociedad debe ser como una familia que vive bajo el amparo de un “pater familias” estricto pero generoso, que representa la autoridad, la disciplina y la responsabilidad individual. Una figura paterna que, en un mundo peligroso, promete prosperidad y abrigo a quien se esfuerza y obedece. Ese marco teórico crea signos legítimos porque es capaz de conectar emocionalmente con la necesidad de seguridad del receptor frente al miedo y la incertidumbre.
Este gobierno pareció olvidar que para transformar la sociedad es necesaria la transformación de la materialidad. O, dicho de otro modo: la igualdad es un término socioeconómico. Y solo se logrará la igualdad real cuando las relaciones de materialidad sean justas. No cabe duda de que las palabras son fundamentales en las teorías políticas. Pero no lo son las palabras en sí misma, sino el significado que se le otorga a dichas palabras: lo que sería su concepto. La idea de igualdad en la izquierda incluye dos significados: su causa, representado por el desigual reparto de las condiciones materiales; y su solución, representado por la necesidad reformar esas condiciones de alguna manera.
En el discurso político de la izquierda, igualdad y libertad están cargadas de un significado socioeconómico, y no de cualquier otro significado. La izquierda está definida por su discurso marcadamente socioeconómico, tanto porque las causas fundamentales y primeras de todo el entramado social son las causas económicas, como porque la solución a dicho problema social son también el tomar medidas concretas socioeconómicas, y en concreto, actuar sobre la desigual distribución de los medios de producción.
Teniendo una gran cantidad de profesores de derecho constitucional, que funcionaron como asesores y convencionales, se omite por parte de la nueva izquierda chilena el discurso de que para nosotros todos los derechos son de hecho sociales, la distinción habitual entre derechos negativos y positivos —los derechos negativos son los que los individuos hacen valer frente al Estado para conservar su autonomía, mientras que los derechos positivos exigen que el Estado actúe para garantizarlos— es, en el mejor de los casos, borrosa. El derecho liberal a un juicio justo carece en gran medida de sentido si el Estado no construye un sistema jurídico justo y no ofrece asistencia jurídica a los litigantes pobres. Una vez que reconocemos lo borroso de la distinción entre derechos negativos/positivos, se abre la puerta a que la izquierda argumente que un fundamento mejor para los derechos humanos es aquel que garantiza las cosas que las personas seres necesitan para maximizar sus capacidades y su dignidad. Esto lleva a la pregunta adicional de si la persona media lleva una vida más libre y digna cuando el sistema jurídico hace cumplir un derecho expansivo a la propiedad en lugar de, por ejemplo, al agua potable o a la vivienda. Por no hablar de si puede decirse que un sistema jurídico que permite grandes disparidades de riqueza y poder muestra igual respeto por los derechos de todos.
La pluralidad del mundo contemporáneo no es simétrica y tiene poco de democrática: La violación de los derechos humanos se hunde en profundas raíces económicas.
Un acercamiento político-económico a los derechos humanos echaría luz sobre la estructura que sostiene la maquinaria de abusos. Cuando no se tienen en cuenta las consecuencias desastrosas de la pobreza, ignorándolas o considerándolas un simple factor sin valor sobre la libertad, se está colaborando para sostener la ignorancia pública y, por ende, la indiferencia sobre un tema más amplio, a saber: la pobreza cumple el rol de minar las libertades individuales en todo el mundo. De esta forma, las representaciones de las élites pueden coadyuvar a perpetuar áreas de silencio sobre las causas últimas de opresión, aun conociéndose la condición de los oprimidos.
La pluralidad del mundo contemporáneo no es simétrica y tiene poco de democrática: La violación de los derechos humanos se hunde en profundas raíces económicas. La conversación nos lleva entonces al viejo de barba, que deja de ser el abuelo sentado en la mecedora. Así lo medular está, no en un mero análisis discursivo acerca de las formas de explotación, sino en el análisis de cómo el sistema actual hace de la vida de las personas un medio y de la mercancía un fin. Analizado así, el aprovechamiento de las riquezas naturales, de las materias primas, de la mano de obra, de los recursos intelectuales y también de los capitales creados por el proceso de acumulación interna, es una muestra del entretejido de relaciones políticas, económicas y sociales. Los condicionamientos para la producción de tecnología impiden la existencia de investigación y desarrollos nacionales y grava con severidad la balanza de pagos, con la remisión de derechos de patentes y regalías.
La influencia de estas circunstancias en la aprehensión de derechos por parte de las elites se manifiesta en el mínimo ejercicio de los derechos sindicales, de asociación y de huelga por parte de los trabajadores. El deterioro de la distribución de la renta y la reducción del poder de compra de los salarios crean las condiciones de vida de los trabajadores, que, lejos de mejorar, sufren un proceso de pauperización. Todos estos hechos constituyen violaciones específicas del derecho a la autodeterminación de disponer de nuestras riquezas naturales; a la no intervención en sus asuntos internos; al progreso económico, social y cultural; a la plena participación en el proceso y en las ventajas del desarrollo; a escoger libremente su sistema económico y social; a un precio justo y equitativo de las materias primas.
Claro, el adversario sigue siendo el neoliberalismo, pero a este adversario no se le gana a través de discursos políticos que nos hablan de conceptos como “habitar el cargo”. Sencillamente porque el concepto de neoliberalismo no habita sólo en los cargos, en los ministerios y en las demás instituciones, habita también en la sociedad a quien hace más de 50 años se le impuso una manera de resolver la materialidad, entendiendo a la materialidad como la necesidad de resolver el día a día que le quita el sueño.
La autocrítica de estos cuatro años no puede ser sólo nos equivocamos o no entendimos, como hemos visto en algunas cartas. Hay que abandonar la superficialidad y la banalidad. Puedes no hacerlo e igualmente ganar las próximas elecciones, pero eso implica seguir dejando todo intacto. Incluso en una de esas puedes ampliar algunos derechos, pero si no tocas nada, la historia siempre vuelve para decirte que otra vez ganaron los de siempre y tú, a pesar de ello, podrás seguir habitando el cargo. El anhelo que promueve la expansión de los derechos es universalista y se manifiesta en la experiencia de insatisfacción con la estructura normativa que orienta nuestra sociedad. En otras palabras, no basta con ganar elecciones, hay que estar dispuestos a cambiar el principio que organiza la vida social y que hace de la vida de las personas un medio y de la mercancía un fin. Lo anterior no es una consigna moral o un discurso, es la condición mínima para que la transformación no sea solo un breve capítulo.
Por Matías Blas Silva Alliende
Profesor Derecho Constitucional y Derechos Fundamentales, Universidad Católica Silva Henríquez.
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