
Por Arturo Navarro, periodista
En 1978, bajo el amparo del Cardenal Raúl Silva, quien encendió la Catedral de Santiago completa a partir de un cirio que había traído del Vaticano, se estrenó la Cantata de los derechos humanos, con letra del sacerdote Esteban Gumucio y música de Alejandro Guarello. El ambiente era tenso. Al lado de la iglesia se celebraba, en el Palacio Arzobispal, el Encuentro Internacional del Año de los Derechos Humanos, bajo el lema “Todo hombre tiene derecho s ser persona”. En medio de la relevante asamblea y sin que se notara, el presbítero Cristian Precht, Vicario de la Solidaridad, había ingresado a su oficina unas misteriosas cajas de zapatos: los primeros vestigios que probaban la existencia de cadáveres de detenidos desaparecidos en los hornos de Lonquén.

En efecto, ante la presencia de connotados testigos, algunos destacados periodistas y valerosos funcionarios de la Vicaría de la Solidaridad, el fotógrafo Luis Navarro, se había introducido, acostado como un mecánico que revisa por debajo un automóvil, por una rendija de los hornos y había logrado la primera fotografía de los horrores que allí habían acontecido.
Por cierto, el Cardenal y su Vicario no quisieron develar este hallazgo durante el Encuentro internacional, pues habría opacado cualquier resolución o acuerdo.
Esta vez, el 8 de abril de 2026, la segunda Cantata en la Catedral, convocada por el Arzobispado y la Universidad de Chile, representantes de los funcionarios de la Vicaría encendieron dos pequeñas velas, destacando que el cirio mayor contaba con senda bendición papal.
El ambiente no era tenso, sino contrastante con el mundo exterior que, plagado de guerras, no parecía apreciar que se reinterpretada la Cantata. Sin embargo, la presencia de la Universidad de Chile, encabezada por su Rectora Rosa Devés, sus autoridades académicas y de la Vice rectoría de Extensión y, lo principal, sus estudiantes de música que lucieron sus mejores acordes para volver a interpretar la creación de Gumucio y Guarello le dieron un sello diferente.
La primera en dirigirse al público que repletaba el templo fue la Rectora, luego vinieron oraciones y bendiciones del Cardenal Fernando Chomalí y una introducción a la Cantata.
Cuando estalló la música y el canto, se produjo un silencio majestuoso y… la Cantata pareció más breve, la narradora fue, por vez primera una mujer, que reemplazó el vozarrón de Roberto Parada y la historia de Caín y Abel pareció más familiar. Es que el mundo está diferente y la pregunta por el hermano es cada vez más acuciante y frecuente.
Salimos de la Catedral, muchos de los mismos de 1978, esta vez adornados por una chapita celeste que identificaba a quienes trabajaron en la Vicaría y el comité propaz y la gran diferencia fue que el público esta vez pudo estrechar la mano y agradecer con la palabra y la mirada a quienes eran los homenajeados del día: cuarenta años después de la creación de la Vicaría por obra y gracia de don Raúl Silva Henríquez.
Con la confianza en que vendrán nuevos reconocimientos de la sociedad civil a tantos funcionarios -200 ya no están con nosotros- que merecen que continúe la senda que inició la Universidad de Chile junto al Arzobispado de Santiago.
Con una Cantata en la Catedral.
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