Una Carrera Docente centrada demasiado en el mérito individual corre el riesgo de olvidar que enseñar es una tarea colectiva. La calidad de la enseñanza no depende solo del esfuerzo de un docente evaluado en solitario. Depende también de las condiciones de la escuela, del liderazgo directivo, del tiempo disponible para colaborar, de los apoyos profesionales, de la cultura institucional y del sentido de comunidad que se construye día a día.
Arnoldo Macker Aburto. Profesor. Candidato a Doctor en Ciencias de la Educación. Santiago. 14/7/2026. Camino a mi trabajo, en el Metro de Santiago, me encontré con mi hermano, amigo, compañero, colega Ricardo, profesor de muchos años, él vive la matemática y ama enseñar. Me comentaba lo tensionado que estaba por el posible resultado del portafolio docente y sus expectativas de poder subir su remuneración con el nuevo encasillamiento y tramo lo, que se llama hoy Carrera Docente, pero: Esta conversación me hizo reflexionar…
Hablar de Carrera Docente no debería ser hablar solo de tramos, evaluaciones, portafolios o asignaciones. Debería ser, antes que todo, hablar de profesores y profesoras. De quienes todos los días llegan a una sala de clases, preparan materiales, contienen emociones, escuchan historias difíciles, explican una y otra vez, acompañan trayectorias y sostienen, muchas veces en silencio, una parte fundamental de la vida de sus estudiantes.
La Carrera Docente nació con una promesa importante: reconocer mejor el trabajo del profesorado, valorar la experiencia, promover el desarrollo profesional y mejorar las remuneraciones. Esa promesa es justa. Durante años, la docencia ha sido una profesión exigente, sensible y decisiva para el país, pero no siempre reconocida con la fuerza que merece.
Sin embargo, en la vida cotidiana de las escuelas, esa promesa también se vive con tensión. Para muchos docentes, la Carrera Docente no aparece solamente como una oportunidad de crecimiento, sino también como una presión más. Evaluarse no significa únicamente mostrar lo que se sabe hacer. También significa esperar un resultado que puede mejorar el sueldo, permitir avanzar de tramo o, por el contrario, dejar una sensación de frustración y estancamiento.
Sabemos que la remuneración depende de ese resultado, la evaluación deja de ser un proceso tranquilo. Se carga de ansiedad, de expectativas, de temor y de desgaste emocional. No se trata solo de cumplir con una exigencia técnica. Se trata de poner en juego años de trabajo, reconocimiento profesional y una mejora salarial que, para muchas familias docentes, no es un lujo, sino una necesidad.
Toda profesión necesita evaluación y espacios de reflexión, aprendizaje y mejora. El problema aparece cuando la evaluación se transforma en la puerta obligada para acceder a mejores condiciones salariales. En ese momento, el sistema parece decirle al docente que primero demuestre su valor y después veremos cuánto merece ganar. Esa lógica resulta dura, especialmente cuando sabemos que muchos profesores y profesoras ya trabajan al límite.
Ahora bien, esta crítica no significa desconocer los avances de la Carrera Docente. Al contrario, es necesario reconocer que el vínculo entre desarrollo profesional y posibilidad de mejorar las remuneraciones fue un avance sustantivo respecto de un modelo anterior en que la evaluación docente no habría necesariamente una opción real de aumento salarial. Antes, para muchos profesores y profesoras, evaluarse estaba asociado sobre todo a riesgos, presiones y eventuales desvinculaciones. Hoy esos riesgos no han desaparecido, pero existe al menos una dimensión de reconocimiento económico que debe ser valorada y defendida.
Por lo mismo, no es eliminar la evaluación, sino mejorarla, reforzarla y hacerla más justa. Una política docente seria debe evaluar para acompañar, entregar apoyos oportunos y reconocer el trabajo, no solo para clasificar. El aumento de las remuneraciones es necesario e importante; lo que debe discutirse es cómo esa mejora se articula con una evaluación formativa, contextualizada y comprensible para quienes la viven.
Pero al observar la realidad cotidiana de las escuelas, se vuelve evidente que ningún docente mejora solo. La enseñanza no es un acto aislado. Un profesor aprende con otros, conversa con otros, se equivoca con otros, comparte materiales, escucha consejos, observa prácticas, construye acuerdos y se fortalece dentro de una comunidad pedagógica. La mejora docente también ocurre en la conversación de pasillo, en la reunión de ciclo, en el consejo de profesores, en la planificación compartida y en esa ayuda silenciosa que muchas veces no aparece en ninguna pauta de evaluación.
Aunque la Carrera Docente evalúa aspectos del trabajo colaborativo, lo hace principalmente desde una lógica individual. Cada docente debe demostrar su propio desempeño, sus propias evidencias y su propia mejora. Pero la enseñanza mejora en comunidad, no en soledad. Por eso, el desarrollo docente debería ser pensado desde el sistema, el liderazgo, los apoyos, el acompañamiento y las condiciones institucionales que permiten que una escuela completa aprenda y mejore.
La colaboración no debería ser solo un criterio dentro de una pauta de evaluación, sino una forma de organizar el desarrollo docente. Si el sistema quiere promover la mejora, debe mirar también las condiciones que la hacen posible: el liderazgo directivo, los equipos de apoyo, el acompañamiento pedagógico, la cultura institucional, los espacios de reflexión y la capacidad de la escuela para construir respuestas colectivas. Porque la mejora no ocurre solo cuando un docente obtiene un mejor tramo; ocurre cuando una comunidad pedagógica completa logra aprender, revisar sus prácticas y avanzar en conjunto.
Por eso, una Carrera Docente centrada demasiado en el mérito individual corre el riesgo de olvidar que enseñar es una tarea colectiva. La calidad de la enseñanza no depende solo del esfuerzo de un docente evaluado en solitario. Depende también de las condiciones de la escuela, del liderazgo directivo, del tiempo disponible para colaborar, de los apoyos profesionales, de la cultura institucional y del sentido de comunidad que se construye día a día.
A esta tensión se suma la complejidad de la remuneración docente. El sueldo de un profesor o profesora está lleno de fórmulas, asignaciones, tramos, horas de contrato, años de experiencia, bonificaciones y componentes que muchas veces aparecen en la liquidación con glosas difíciles de entender.
Muchos docentes reciben su sueldo sin tener plena claridad sobre cómo se calcula, qué asignaciones les corresponden o cómo su tramo en la Carrera Docente impacta realmente en sus ingresos. Y eso no es menor. Cuando una política pública une evaluación, desarrollo profesional y remuneración, tiene también la obligación de ser clara para quienes viven sus efectos. No basta con pagar. También hay que explicar. No basta con establecer fórmulas. Es necesario que esas fórmulas puedan ser comprendidas por los propios docentes. La transparencia salarial también es una forma de respeto.
Por eso les comparto también este aviso publicitario, la página www.remuneracionesdocentes.cl, una página pensada como apoyo referencial para revisar y comprender las remuneraciones docentes. Su propósito es aportar a aclarar las asignaciones y ayudar a que cada profesor y profesora pueda entender mejor su sueldo, su tramo, sus horas, su experiencia y el lugar que ocupa dentro de una carrera que debería reconocer y con ello comparar sus liquidaciones institucionales, identificando sus asignaciones.
Comprender la remuneración también es parte del desarrollo profesional. Un docente que entiende cómo se estructura su sueldo está en mejores condiciones de ejercer sus derechos, proyectar su carrera y participar críticamente en la discusión educativa.
La información no puede quedar encerrada en fórmulas que solo algunos entienden. Debe ser compartida, discutida y puesta al servicio de la comunidad docente. Hoy los docentes no solo enseñan contenidos. También contienen, orientan, median conflictos, responden a exigencias administrativas, atienden familias, enfrentan problemas de convivencia, adaptan clases y cargan con la presión permanente por los resultados.
En ese contexto, una evaluación de alto impacto puede transformarse en una fuente adicional de agobio, especialmente cuando no va acompañada de apoyo real, tiempo suficiente y espacios de colaboración.
Además, no todos enseñan en las mismas condiciones. No es lo mismo trabajar en una escuela con recursos, equipos completos y apoyos suficientes, que hacerlo en un establecimiento con alta vulnerabilidad, baja asistencia, sobrecarga laboral o falta de profesionales. Por eso, cualquier sistema que evalúe y clasifique debería mirar con más cuidado los contextos reales donde ocurre la enseñanza.
También debería existir mayor coherencia entre los resultados de la evaluación docente y los resultados de aprendizaje de los estudiantes, entendidos en sentido amplio y no solo desde una lectura mediática o estandarizada. No parece razonable que un sistema evalúe individualmente al profesorado sin mirar, al mismo tiempo, cómo la escuela, el contexto, los apoyos y las condiciones institucionales influyen en lo que los estudiantes logran aprender. La evaluación docente no puede quedar desconectada de la realidad educativa que dice querer mejorar.
La Carrera Docente debería ser una herramienta para acompañar, no para tensionar. Debería ayudar a mejorar, no solo ordenar a los docentes en categorías. Debería reconocer trayectorias, esfuerzos y aprendizajes, sin transformar la evaluación en una carrera individual por alcanzar una remuneración más justa.
El reconocimiento docente no puede depender únicamente de un tramo. Tampoco puede reducirse a una asignación. Reconocer a un profesor o profesora es mirar la complejidad de su trabajo, valorar su experiencia, cuidar sus condiciones laborales y entender que enseñar implica conocimiento, compromiso, humanidad y trabajo colectivo.
La Carrera Docente debe ser realmente una política de desarrollo profesional y no solo ser una forma de justificar pagos diferenciados entre quienes realizan una misma tarea esencial.
Si queremos una educación más justa, necesitamos también una política docente más humana, más clara y comunitaria. Una carrera que no solo mida, clasifique y premie desempeños individuales, sino que acompañe; cuide y que fortalezca comunidades pedagógicas.
Ningún sistema educativo mejora sobre la base del agobio de quienes enseñan. Y ningún docente mejora solo. Mejora junto a otros, en comunidad, dentro de una escuela que también aprende.
La entrada Carrera Docente: reconocimiento, agobio y comunidad se publicó primero en El Siglo.
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