Chile en un mundo que vuelve a dividirse

Quienes hoy tenemos entre 40 y 50 años crecimos con certezas que parecían inamovibles. Aprendimos en el colegio que existían dos Alemanias, que el mundo estaba dividido en bloques y que la Guerra Fría organizaba la política internacional en una tensión binaria y permanente.

A los 11 años vi caer el Muro de Berlín. Recuerdo esa imagen como un símbolo inequívoco de que la historia avanzaba hacia la integración, la apertura y la globalización. El mundo, nos dijeron entonces, había elegido.

Nuestra generación fue educada en la promesa de que los muros físicos eran vestigios del pasado. Que el comercio, la interdependencia y la democracia liberal expandirían un orden común. Crecimos en la transición del blanco y negro a los matices, del conflicto ideológico cerrado a la complejidad negociada.

Pero hoy, en la mitad de la vida, reaparece una sensación que creíamos superada la de estar presenciando el reordenamiento de un mundo que vuelve a dividirse. Ya no hay un muro de hormigón, las nuevas divisiones no se levantan con ladrillos, pero son igualmente reales y mucho más complejas.

Las tensiones entre Estados Unidos y China hace tiempo dejaron de ser solo comerciales. Se han extendido a la tecnología, la seguridad, la innovación y la influencia global. La disputa ya no se expresa únicamente en territorios o fronteras, sino en el control de capacidades productivas, infraestructuras estratégicas y plataformas tecnológicas.

La bipolaridad que emerge tampoco es idéntica a la del siglo XX. Es más difusa, más ambigua y menos explícita. No siempre sabemos en qué lado estamos, porque lo que está en disputa no es únicamente un sistema político, sino modelos de desarrollo, nociones de soberanía y distintas formas de entender la libertad individual, la seguridad y el rol del Estado. Y en países como Chile pequeño, abierto y profundamente dependientes del comercio exterior, esa ambigüedad se vuelve una tensión concreta.

Chile tiene a China como su principal socio comercial. Mantiene vínculos históricos con Estados Unidos. Depende estructuralmente de otros mercados y participa activamente en múltiples acuerdos internacionales. En ese contexto la pregunta deja de ser teórica ¿cómo navega Chile un mundo que vuelve a organizarse en torno a grandes polos de poder sin quedar atrapado entre ellos?

No se trata solo de diplomacia, porque cada decisión económica comienza a tener implicancias geopolíticas. Y en ese cruce aparece un concepto con el que Chile probablemente intentará moverse en este escenario: la autonomía estratégica.

La autonomía estratégica es la capacidad de tomar decisiones soberanas maximizando los intereses nacionales en un entorno competitivo, evitando alineamientos automáticos o simplificaciones ideológicas. Pero esa capacidad no surge de una declaración se construye en el tiempo. Requiere instituciones sólidas, visión de largo plazo, una lectura fina del entorno internacional y coherencia entre política exterior, política económica y estrategia de desarrollo.

Chile seguirá siendo un país profundamente integrado al comercio global, pero al mismo tiempo más expuesto a las tensiones de ese sistema, las presiones no desaparecerán. Probablemente se intensifiquen. La paradoja es que el nuevo orden internacional no se está simplificando, por el contrario, se está volviendo más complejo. La disputa es valórica y material al mismo tiempo.

Para quienes vimos caer un muro, la pregunta ya no es si el mundo volverá a dividirse, sino si tendremos la inteligencia política para movernos en esa división sin quedar subordinados a ella.

Porque la neutralidad pasiva no es autonomía.

Y el alineamiento automático tampoco es estrategia.

Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.

Marzo 6, 2026 • 6 horas atrás por: LaTercera.com 22 visitas 1854337

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