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Chile no se trata por partes

Chile no está en una crisis terminal, pero tampoco está sano. Funciona, pero con síntomas evidentes. La inflación ha cedido y el crecimiento volvió a terreno positivo, pero la inversión sigue débil, el empleo frágil y el espacio fiscal más estrecho. La deuda pública bordea el 42% del PIB (Producto Interno Bruto) y el último informe del Consejo Fiscal Autónomo (CFA) confirmó un desvío relevante de la meta estructural. No es una debacle sin solución, pero sí un cuadro que requiere tratamiento pronto.

Y, como en medicina, el diagnóstico importa, pero el tratamiento aún más. El gobierno entrante ha propuesto algo que, al menos en su diseño, apunta en la dirección correcta: un enfoque integral que no se limita a lo económico, sino que incorpora permisología, seguridad y condiciones habilitantes para que la inversión vuelva a moverse. Sin embargo, el debate ha caído en un error básico: se está evaluando el tratamiento mirando cada medicamento por separado, como si el antibiótico, el antiinflamatorio o la rehabilitación tuvieran que justificar por sí solos la recuperación del paciente.

Pero así no funciona. Una rebaja tributaria sin certezas regulatorias es como un antibiótico mal administrado: puede no hacer efecto. Una mejora en permisología sin certeza jurídica es como tratar un síntoma sin atacar la causa. Un subsidio al empleo sin inversión es, simplemente, un parche. Separadas, muchas de estas medidas dicen poco; juntas, pueden cambiar el curso de la enfermedad. Ese es el punto que hoy se está perdiendo, porque el problema de Chile no es una sola variable, sino un sistema que dejó de funcionar bien en conjunto.

Por supuesto, un tratamiento integral no garantiza el éxito. Puede fallar si no es creíble, si se aplica mal o si llega tarde. En el caso chileno, el principal riesgo está en la tensión entre crecimiento y disciplina fiscal. Si el paciente percibe que el remedio es peor que la enfermedad, simplemente no se lo toma. Y en economía, eso se traduce en expectativas que no cambian.

Pero ese es el nivel de discusión que importa. No si una medida gusta más o menos, ni si una política aislada es perfecta o imperfecta. La pregunta relevante es otra: si el tratamiento completo tiene sentido, si ataca el problema de fondo y si es capaz de cambiar el rumbo. Porque los países no se recuperan con diagnósticos fragmentados ni con soluciones parciales. Se recuperan cuando hay un tratamiento coherente, aplicado a tiempo y con convicción.

Y hoy, más que seguir discutiendo cada síntoma por separado, Chile necesita decidir si está dispuesto a tratar la enfermedad completa.

*El autor de la columna es vicepresidente de Sofofa

Marzo 23, 2026 • 1 hora atrás por: LaTercera.com 28 visitas 1908737

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