Chile quiere castigar lo que nunca supo prevenir

El Ciudadano

“La infancia no es una preparación para la vida; la infancia es la vida misma.” — Janusz Korczak.

Por Ángel Durán M.

La muerte de un niño de 12 años en una encerrona en Chile nos vuelve a enfrentar a una pregunta difícil: ¿qué está pasando para que niños terminen involucrados en hechos tan violentos?

La reacción es conocida. Dolor, rabia, miedo. Y también una respuesta rápida: más castigo, penas más duras, menos beneficios para adolescentes, incluso bajar la edad de responsabilidad penal.

Es entendible. Cuando ocurre algo tan grave, la necesidad de justicia es inmediata. Pero hay un problema cuando todo el debate se reduce solo a castigar.

Porque detrás de muchos adolescentes que hoy están involucrados en delitos hay historias largas de abandono, violencia, pobreza y falta de apoyo. Historias que el Estado muchas veces conoció, pero no logró intervenir a tiempo.

Durante años, Chile ha enfrentado la delincuencia juvenil más desde la sanción que desde la prevención. Y al mismo tiempo, miles de niños y niñas han crecido con problemas de salud mental sin atención oportuna, con familias sobrepasadas, con trayectorias escolares interrumpidas y con escasas oportunidades reales.

Muchos de ellos pasaron por escuelas, centros de salud o programas sociales. Algunos fueron detectados. Otros fueron derivados. Pero en demasiados casos, las respuestas llegaron tarde o no fueron suficientes.

Hoy se critica a la Ley de Garantías de la Niñez, a las Oficinas Locales de la Niñez y a los programas de protección. Se dice que hay “demasiadas garantías”. Pero la realidad muestra otra cosa: no es que sobren garantías, es que faltan respuestas oportunas y efectivas.

Las sociedades más seguras no son las que más castigan, sino las que mejor previenen. Las que detectan problemas a tiempo.

El problema no es proteger demasiado a los niños. El problema es no haberlos protegido a tiempo.

Porque cuando el Estado no llega en la infancia, llega después la policía, el tribunal o la cárcel.

Esto no significa justificar los delitos ni quitar responsabilidad a quienes los cometen. Cada persona debe responder por sus actos. Y las víctimas merecen justicia y reparación.

Pero una sociedad seria no puede limitarse a reaccionar cuando el daño ya está hecho.

La pregunta de fondo es otra: ¿por qué seguimos llegando tarde?

¿Por qué hablamos más de castigo que de prevención? ¿Por qué invertimos más energía en endurecer penas que en fortalecer escuelas, salud mental, familias y comunidades?

Las sociedades más seguras no son las que más castigan, sino las que mejor previenen. Las que detectan problemas a tiempo. Las que acompañan a los niños antes de que se quiebren sus trayectorias de vida.

La muerte de un niño de 12 años exige justicia. Pero también exige una verdad incómoda: si no cambiamos la forma en que protegemos a la niñez, seguiremos llegando siempre después.

Por Ángel Durán M.

Asistente Social

Fuente fotografía


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Junio 27, 2026 • 1 día atrás por: ElCiudadano.cl 33 visitas 2239535

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