El Ciudadano
Por Leopoldo Lavín Mujica
Las declaraciones del Presidente José Antonio Kast, del 6 de mayo de 2026 en Puerto Montt, cuestionando que el Estado financie investigaciones que terminan «en un libro precioso, empastado, en la biblioteca», no fueron un desliz comunicacional. Fueron la expresión de una visión política profundamente regresiva sobre el conocimiento, la ciencia y la cultura. Una fe que no deja espacio a la duda.
Esta visión utilitarista del conocimiento implícita en esta declaración presidencial no viene sola. Viene envuelta en certezas religiosas que no admiten revisión. La noche de su triunfo electoral, Kast lo expresó con precisión: «Nada es posible si no tuviéramos a Dios. Nada ocurre en la vida, para los que somos de fe, que no sea en relación directa con Dios».
Con su llegada a La Moneda ingresa, por primera vez en la historia reciente del país, la pertenencia activa de un mandatario al movimiento católico Schoenstatt, una comunidad internacional de fuerte disciplina espiritual que ha enfrentado denuncias de abusos de poder y de conciencia.
“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”… El gobierno por decreto y la quema de libros, adivine de qué régimen político fueron prácticas normalizadas. La ciencia entonces es, por definición, provisional, autocorrectiva, criticable. La fe revelada no lo es. Cuando una cosmovisión religiosa inapelable se instala en el poder, el conocimiento crítico —el que cuestiona, el que incomoda, el que «termina en un libro»— se convierte en sospechoso.
Reducir el valor de la investigación científica, humanista y filosófica a su rentabilidad inmediata es una señal inequívoca de oscurantismo. Las sociedades modernas no avanzan únicamente produciendo mercancías; avanzan desarrollando conocimiento, pensamiento crítico, innovación tecnológica y capacidades científicas.
Y precisamente ahí aparece uno de los grandes problemas de los nuevos gobiernos de ultraderecha contemporáneos: su creciente tendencia a reemplazar la racionalidad científica y filosófica por visiones ideológicas rígidas, muchas veces sostenidas sobre convicciones religiosas que consideran sospechoso el pensamiento crítico.
Chile vive una de las etapas más complejas de su historia reciente: crisis climática, transformación tecnológica acelerada, automatización del trabajo, inteligencia artificial, precarización laboral y competencia internacional por innovación científica. En medio de un contexto político de intensas rivalidades entre súper potencias.
En este escenario, los países que sobreviven son los que invierten más en universidades, laboratorios, investigación aplicada, desarrollo tecnológico y educación pública. Chile hace exactamente lo contrario.
Durante años, el país destinó apenas cerca del 0,4% del PIB a ciencia y tecnología, muy por debajo del promedio de la OCDE. En lugar de corregir ese atraso estructural, el actual gobierno parece decidido a profundizarlo.
Las consecuencias comenzaron rápidamente. En apenas semanas de administración renunció el subsecretario de Ciencia Rafael Araos, médico infectólogo y exjefe del Departamento de Epidemiología durante la pandemia, tras negarse a ejecutar despidos masivos en el ministerio. La salida fue interpretada como una señal de ruptura entre el mundo científico y el nuevo gobierno.
No se trata simplemente de presupuesto. Se trata de una visión del mundo.
El problema no es que un gobernante tenga creencias religiosas. El problema surge cuando esa visión religiosa se transforma en una forma de comprender el Estado, la ciencia y la sociedad.
La ultraderecha contemporánea —desde Estados Unidos hasta América Latina y Europa— ha construido buena parte de su discurso político sobre certezas morales absolutas, rechazo al pluralismo intelectual y desconfianza hacia universidades, científicos y organismos internacionales.
En el caso chileno, Kast ha reivindicado reiteradamente una visión política vinculada a valores religiosos conservadores. Y eso tendría menos relevancia si no coincidiera con una tendencia global extremadamente preocupante: gobiernos que minimizan la crisis climática, desacreditan expertos, recortan investigación pública y sustituyen políticas basadas en evidencia por convicciones ideológicas.
Pero el siglo 21 exige exactamente lo contrario. La inteligencia artificial, las pandemias, el colapso ambiental, la automatización laboral y la competencia tecnológica global requieren gobiernos capaces de entender sistemas complejos, escuchar evidencia científica y planificar estratégicamente a largo plazo.
No se puede gobernar el presente con categorías mentales propias de sociedades premodernas. Los países que liderarán las próximas décadas serán aquellos que inviertan masivamente en ciencia, educación superior, laboratorios, tecnología y pensamiento crítico. Los que transformen universidades en motores de innovación. Los que conviertan bibliotecas y centros de investigación en infraestructura estratégica.
La política basada en dogmas religiosos inapelables choca inevitablemente con la lógica científica, que funciona precisamente al revés: cuestionando, revisando, corrigiendo y sometiendo todo conocimiento a prueba.
Cuando gobiernos ultraconservadores desprecian las ciencias sociales, ridiculizan investigaciones o consideran inútiles los libros y la producción intelectual, lo que terminan debilitando es la capacidad misma del país para comprender el mundo contemporáneo.
La ofensiva contra el conocimiento tampoco es exclusivamente chilena. En distintos estados de EEUU, especialmente bajo administraciones conservadoras alineadas con el trumpismo, se han impulsado campañas de prohibición y retiro de libros desde bibliotecas escolares y públicas.
Entre los autores cuestionados o retirados en determinados distritos aparecen obras de Isabel Allende, reconocida escritora chilena en medio de una ola de censura cultural impulsada por sectores religiosos ultraconservadores.
No se trata de episodios aislados. Es parte de una tendencia política más amplia: controlar contenidos educativos, restringir debates sobre historia, género, racismo o memoria y someter la producción cultural a criterios ideológicos.
La propia Isabel Allende advirtió recientemente sobre el deterioro democrático en EEUU bajo el clima político instalado durante el ciclo del Presidente Donald Trump y el avance de movimientos conservadores radicalizados. Sus declaraciones apuntaron precisamente al peligro de una política basada en fanatismos identitarios, nacionalismo agresivo y fundamentalismos religiosos que consideran sospechosa toda forma de pensamiento crítico.
Ese fenómeno internacional ayuda a comprender mejor lo que ocurre en Chile. Porque el oscurantismo contemporáneo ya no aparece vestido con censura explícita o quema pública de libros. Se presenta como eficiencia presupuestaria, defensa de valores tradicionales o rechazo a las «élites intelectuales».
Pero el resultado termina siendo similar: debilitamiento de universidades, desfinanciamiento cultural, hostilidad hacia investigadores y desconfianza sistemática hacia la ciencia.
Si Chile invierte apenas un 0,4% del PIB en ciencia y tecnología, una cifra muy por debajo del promedio de la OCDE, en ese contexto, recortar becas de posgrado, desfinanciar investigaciones y forzar la salida de funcionarios de primer nivel como Araos no son medidas de austeridad razonables: son señales de una prioridad política.
Un país que solo reconoce como valioso aquello que produce empleo inmediato termina incapacitado para generar las condiciones que hacen posible el empleo complejo, la industria sofisticada, la innovación tecnológica y la soberanía intelectual.
Los libros empastados en las bibliotecas —incluidos los de García Márquez, incluidos los de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos Premios Nobel que Chile tanto se enorgullece en invocar— no son adornos. Son la memoria de lo que una sociedad ha pensado sobre sí misma. Y una sociedad que deja de pensarse a sí misma, que entrega su inteligencia al mercado y su espiritualidad a estructuras de obediencia vertical, es una sociedad que retrocede.
El oscurantismo no llega siempre con hogueras. A veces llega con tijeras presupuestarias, con frases sobre libros que no generan empleo, y con la convicción —sincera, fervorosa— de que todo lo que importa ya está escrito en un libro más antiguo que cualquier investigación.
Chile necesita formar generaciones capaces de competir en un mundo dominado por la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y la economía del conocimiento. Las grandes potencias entendieron esto hace décadas. Estados Unidos, China, Corea del Sur y Alemania disputan el siglo 21 a través de universidades, centros tecnológicos y desarrollo científico. Ninguna potencia moderna surgió despreciando libros.
La historia demuestra que los períodos de decadencia comienzan cuando el poder político reemplaza el conocimiento por dogmas, propaganda o fanatismos. Por eso las palabras de Kast importan. Porque revelan algo más profundo que una opinión sobre el financiamiento estatal. Revelan una concepción cultural donde la ciencia, la reflexión intelectual y las humanidades aparecen subordinadas a una lógica estrecha de utilidad inmediata.
Y esa es precisamente la definición de una política oscurantista. Y Chile no puede permitirse ese lujo.
Leopoldo Lavín Mujica
La entrada Chile tiene un Presidente oscurantista: Kast, la ciencia y el peligro de gobernar sin conocimiento se publicó primero en El Ciudadano.
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