El Ciudadano
Por Dana Davis
Cuando se habla de terremotos y resistencia estructural, Chile tiene razones objetivas para ser considerado un referente mundial. No sólo porque concentra algunos de los terremotos más grandes registrados instrumentalmente —entre ellos el de Valdivia de 1960 (Mw 9,5), el mayor del que exista registro—, sino porque convirtió esa permanente exposición al riesgo en conocimiento, regulación e innovación.
Quizás por eso los chilenos vivimos los movimientos telúricos con una naturalidad que suele sorprender a quienes nos visitan. No es indiferencia; es experiencia. Sabemos que un sismo puede ser una molestia o el comienzo de una tragedia. La diferencia no la hace la costumbre, sino la ingeniería.
Esa realidad volvió a quedar de manifiesto recientemente con el devastador terremoto que afectó a Venezuela. Imágenes de edificios colapsados recorrieron el mundo y reabrieron una pregunta que aparece una y otra vez después de cada gran sismo: ¿Por qué en algunos países los edificios se desploman mientras en Chile, incluso frente a terremotos de magnitud mucho mayor, la mayoría permanece en pie?
La respuesta no está en la suerte. Tampoco en que nuestros terremotos sean «mejores». Está en décadas de investigación científica, normas de construcción cada vez más exigentes, fiscalización, diseño estructural avanzado y una estrecha colaboración entre universidades, Estado e industria. La filosofía chilena ha sido clara: aceptar que los terremotos ocurrirán y diseñar para que los edificios protejan la vida de las personas.
Uno de los protagonistas de esa transformación ha sido Juan Carlos de la Llera.
«¡Ese es Juan Carlos, un buen hombre!»
El Profesor y hoy Rector de la PUC Juan Carlos de la Llera desciende de una familia asturiana cuya historia quedó marcada por la Guerra Civil Española. Su abuelo estuvo a punto de ser fusilado acusado injustamente de acaparar harina. Una noche, cuando todo parecía perdido, una voz entre la multitud gritó: «¡No lo maten, ese es Luciano, es un buen hombre!». Esa frase quedó grabada en la memoria familiar y, de alguna manera, terminó encontrando décadas después una forma distinta de proteger vidas.
Ingeniero civil de la Pontificia Universidad Católica de Chile y doctor por la Universidad de California, Berkeley, De la Llera ha dedicado su carrera a desarrollar tecnologías capaces de reducir el efecto de los terremotos sobre las estructuras. Su trabajo fue pionero en Chile en sistemas de aislamiento sísmico y disipación de energía, innovaciones implementadas en hospitales, edificios públicos, infraestructura portuaria y rascacielos como la Torre Titanium.
El gran examen llegó el 27 de febrero de 2010.
El terremoto de magnitud 8,8 y el posterior tsunami provocaron una de las mayores catástrofes de la historia reciente de Chile. Lo que tristemente hoy parece un “apenas” quinientas víctimas fatales, enormes pérdidas económicas y severos daños en infraestructura. Sin embargo, para la ingeniería estructural dejó una conclusión ampliamente reconocida: la inmensa mayoría de las edificaciones diseñadas conforme a las normas modernas tuvo un desempeño sobresaliente, incluso bajo una solicitación sísmica excepcional. Los casos de colapso, como el edificio Alto Río en Concepción, fueron excepcionales precisamente porque no representaban el comportamiento esperado y dieron origen a investigaciones, sanciones y mejoras regulatorias.
Ese desempeño no fue casualidad.
Durante décadas, Chile pasó de diseñar edificios que simplemente evitaran el colapso a desarrollar tecnologías capaces de disminuir la energía que el terremoto transmite a las estructuras. El aislamiento sísmico desacopla el edificio del movimiento del suelo mediante apoyos especiales instalados en su base. Los disipadores de energía, en cambio, absorben parte de las fuerzas generadas durante el sismo, reduciendo las deformaciones de la estructura. Ambas tecnologías permiten disminuir significativamente el daño y mantener operativos hospitales, centros de emergencia y edificios estratégicos después de un terremoto.
Lo extraordinario es que estas soluciones no permanecieron en los laboratorios. Fueron probadas por algunos de los terremotos más intensos registrados en el planeta y demostraron su eficacia en condiciones reales.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que Chile puede ofrecer al mundo. Los terremotos no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse cuando la ciencia, la innovación y las políticas públicas trabajan en la misma dirección.
Cada vez que un edificio colapsa en cualquier lugar del mundo, la pregunta no debería ser únicamente qué tan fuerte fue el terremoto. También deberíamos preguntarnos cuánto conocimiento se aplicó antes de que la tierra comenzara a moverse. En esa respuesta, Chile tiene una historia que vale la pena seguir compartiendo.
La entrada Chile y la ciencia de no caer se publicó primero en El Ciudadano.
completa toda los campos para contáctarnos