La tensión entre deseo y necesidad es quizás la que mejor explica el curso de la política. Podríamos decir que la gran mayoría con que el electorado habilitó un proceso constitucional luego del estallido social reveló un deseo de cambio y que el también amplio margen con que se rechazó aquella primera propuesta tuvo su fundamento en la necesidad de estabilidad. O que, en su segundo mandato, Bachelet abrió la puerta al incipiente Frente Amplio más por deseo que por necesidad. Y así. Es el horizonte de satisfacción enfrentado al temor de la carencia, en función de las ambiciones que se persiguen y los riesgos que se aceptan. Esa tensión es la que está operando en la posibilidad de que se conforme o no una coalición de derecha.
El hecho es que no existe una alianza oficialista. Con cierto alineamiento y algunos invitados, es el gobierno del Partido Republicano. Ellos no desean una coalición, pero la necesitan. Quieren mantener su identidad y han demostrado una fuerza electoral suficiente. Pero ya en el poder, su identidad estará más marcada por los resultados que muestren que por su distancia o cercanía con otras fuerzas políticas. En esa perspectiva, deben buscar cierta lealtad de los parlamentarios de Chile Vamos, incluso en eventuales tiempos de debilidad del gobierno. Eso requiere una coalición. Chile Vamos, en cambio, desea ese acuerdo. Esto es más notorio en la UDI que en RN y Evópoli, pero, en general, a muchos en esos partidos les habría gustado hablar como lo han hecho los Republicanos durante años. La necesidad, en este caso, está condicionada porque no han definido su ambición. Si quieren construir una identidad de moderación o volver a los tiempos de gloria, deben alejarse. Si están dispuestos a ser actores menores de lo que fueron, pero en un proyecto con mayor futuro, el camino es obvio.
El PDG es el que ha estado más lejos de estas conversaciones. No desea ni necesita participar en una alianza de derecha ni nada parecido. No solo porque su posicionamiento es antiélite, sino porque la votación de Parisi en la última elección presidencial y la tendencia a no elegir presidentes de continuidad lo convierten en un aspirante razonable al premio mayor. La situación de Kaiser y el PNL es más difícil de descifrar. No tienen un panorama tan optimista como el de Parisi, pero pueden apostar a transformarse en la nueva “derecha valiente”.
Son los Republicanos y Chile Vamos quienes tienen los incentivos más evidentes para formar una coalición. Pero son los primeros quienes corren el mayor riesgo, en el corto plazo, al no avanzar en esa dirección. Las elecciones de 2028 meterán la cola pronto y la necesidad de diferenciación entre los partidos de derecha pondrá cuesta arriba la agenda del Ejecutivo. El partido de gobierno arriesgará un mal resultado en esos comicios, dada la baja base de autoridades locales con que cuenta y, si se repite la historia, la probabilidad de que el mandato de Kast llegue a su medio término en un momento de baja aprobación.
Por Rafael Sousa, Socio en ICC Crisis, Profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP
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