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Columna de Mauro Basaure: Cunas vacías, la crisis de natalidad que Chile ignora

Columna de Mauro Basaure: Cunas vacías, la crisis de natalidad que Chile ignora

Todos los países tienen problemas, pero no todos los ignoran. Chile ignora la crisis de natalidad. Muestra de ello es que, la carrera presidencial se encuentra en marcha, y sin embargo, uno de los problemas colectivos más acuciantes —la baja natalidad y sus consecuencias estructurales— ha permanecido fuera de las agendas de gobierno y de la discusión pública. Esa indiferencia evidencia una imposibilidad de abordar los grandes retos colectivos, relegándolos a la marginalidad política.

Las cifras son contundentes. La tasa global de fecundidad (TGF) se mantiene en torno a 1,2 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reemplazo poblacional. Se trata de una crisis anunciada, que puede derivar en efectos profundos en el ámbito laboral, económico, educacional y, sobre todo, en la estructura demográfica del país.

Pese a que este hecho es público y respaldado por estudios demográficos, ni el gobierno actual ni los principales (pre)candidatos presidenciales (ni los actuales ni los anteriores) han incorporado el tema con la seriedad que amerita en sus programas.

El silencio en los debates y la falta de propuestas se explican —en parte— por la tendencia histórica de administrar lo inmediato y posponer lo que se percibe como un desafío de “largo plazo”. Pero la baja natalidad es un problema urgente: si hoy no se sientan las bases para revertirla o, al menos, mitigarla, en 10 o 15 años ya estaremos frente a una realidad muy costosa y casi imposible de revertir. No hay tiempo que perder.

En este contexto, es llamativo que quienes se atreven a tener hijos y contribuir directamente al futuro del país (desde el punto de vista de la reposición de población activa) no reciban mayor reconocimiento ni apoyo. Salvo en situaciones de vulnerabilidad extrema, las familias chilenas no perciben ayudas relevantes para afrontar los costos que implica la crianza.

Las experiencias internacionales demuestran que revertir o atenuar la baja fecundidad es posible, pero requiere voluntad política y estrategias a largo plazo. Algunos países, como Francia o los nórdicos, han tenido un éxito relativo en esta lucha, y logrado aproximarse a tasas de reemplazo gracias al apoyo económico universal a las familias con hijos; la exención de impuestos a esta familias; licencias parentales generosas, flexibles y con corresponsabilidad, disminuyendo la penalización laboral de las madres; aseguarando el acceso a guarderías y centros de cuidado infantil de calidad, reduciendo el costo de la crianza e impulsando la igualdad de género en el trabajo. A eso hay que sumarle un enfoque cultural, que reconozca y publiscite la contribución de la parentalidad y promueva la corresponsabilidad entre géneros y entre Estado y familias.

Si bien el costo de no actuar se hará evidente a mediano y largo plazo —en el sistema de pensiones, en la salud, en la economía y en la cohesión social—, la urgencia es ahora. La campaña presidencial debería ofrecer la oportunidad de discutir medidas concretas, presupuestos y reformas legales que apuntalen a las familias chilenas en su decisión de tener hijos. Sin embargo, la omisión del tema sugiere una política miope y reacia a pensar en los desafíos colectivos.

Chile no puede seguir ignorando una crisis poblacional que ya es latente y que tendrá repercusiones profundas en la sociedad y la economía. Aquellas familias que hoy aportan con la crianza y el cuidado de niños merecen más que indiferencia; merecen un entorno de protección y de incentivos reales que facilite su proyecto familiar. Lo contrario, cerrar los ojos ante la evidencia, es perpetuar la injusticia y sembrar un futuro incierto para las próximas generaciones.

Fuente

LaTercera.com

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