Hay ocasiones en las que la línea que separa la tragedia, la ironía, el absurdo y la crueldad es tan fina que resulta casi imposible apreciarla. Ocurrió la tarde del 4 de enero de 1960 en la Route Nationale 5 de Francia, cerca de la localidad de Villeblevin, en Borgoña, cuando un lujoso coche se salió de la carretera y chocó contra un platanero. El impacto fue tan violento que acabó en el acto con la vida de uno de sus ocupantes, el famoso escritor Albert Camus.
Esa es la parte trágica de la historia. La irónica (o cruel, quién sabe) es que esa muerte absurda silenció a un literato que había destacado precisamente por su profundidad a la hora de analizar el sinsentido de la condición humana.
Dicen que a Albert Camus no le gustaban los coches ni la velocidad. Cierto o no, la realidad es que su idea inicial para regresar a París tras pasar las vacaciones de Navidad en Lourmarin era coger un tren. Incluso llegó a comprar el billete, que según algunas versiones llevaba en el bolsillo en el momento de su muerte.
Si finalmente optó por viajar por carretera fue porque Michel Gallimard, su amigo y editor, lo convenció para que regresara con él y su familia a bordo de su flamante Facel Vega, una marca francesa de automóviles de lujo que enamoró, entre otros, a Pablo Picasso, Ava Gardner o James Dean.
Ese cambio de itinerario (ahora lo sabemos) fue un error garrafal.
La tarde del 4 de enero de 1960, mientras circulaba por Borgoña, el Facel Vega FV3B de Gallimard sufrió un pinchazo que le hizo dar bandazos, según una reconstrucción publicada en su día por la revista L´Automobile y rescatada en 1961 por The Atlantic. ¿Qué ocurrió exactamente? Se cree que el neumático trasero izquierdo reventó. La llanta se deslizó sobre el asfalto. La rueda delantera derecha se metió en una cuneta. Y el coche se fue hacia un lateral.
El Facel Vega acabó impactando contra un árbol.
El golpe fue tan fuerte que el vehículo giró y sufrió una segunda colisión contra otro de los plataneros que flanqueaban la carretera.
El escenario, al que no tardaron en acercarse los conductores de la Ruta Nacional Número 5, da una idea de la violencia del siniestro: el motor y la caja de cambios salieron disparados y el chasis acabó retorcido. En cuanto a las personas que viajaban a bordo, todas sufrieron el impacto, pero no en igual medida.
La esposa e hija de Gallimard sangraban tras salir despedidas de la parte de atrás del coche, aunque se encontraban lo suficientemente bien como para llamar a la mascota de la familia. El conductor estaba inconsciente, por lo que tuvo que ser trasladado al hospital, donde pese a todos los intentos por salvarle la vida (incluso lo trasladaron de Villeneuve-la-Guyard a París) falleció días después.
El peor parado fue Camus, quien viajaba como pasajero en el asiento delantero derecho. Tras el primer choque y bandazo el Facel Vega salió rebotado y golpeó contra un segundo tronco, que impactó de lleno en la puerta situada justo al lado del escritor. Se cree que murió en el acto.
Cuando los reporteros empezar a llegar al lugar, tras enterarse de que aquel no era un siniestro más, sino el accidente que había privado a las letras francesas de una de sus grandes promesas, se encontraron con un salpicadero destrozado que dejaba dos cifras para el recuerdo: el reloj, cuyas manecillas marcaban las 1:54; y un velocímetro clavado en 145 km/h, lo que siembra la duda de hasta qué punto la velocidad jugó un papel clave en el reventón de la rueda.
Aunque Camus tenía solo 46 años (los había cumplido dos meses antes) era ya una celebridad dentro y fuera de Francia, tanto por el alcance de su obra literaria como su prestigio como intelectual, activista y filósofo. Por si eso no fuera suficiente unos años antes, en 1957, se había convertido en el segundo escritor más joven en ganar el Nobel de Literatura. Esa norme fama explica que la radio pública francesa interrumpiese su programación musical para dar la noticia, que acabó llegando a medios de todo el mundo.
El diario coreano The Chosun Daily le dedicó varias páginas y en España recogió la noticia, entre otros, el periódico ABC, cuyo corresponsal recordaba que el golpe había sido tan violento que el coche quedó partido en tres pedazos.
La crónica la firma Federico García-Requena, corresponsal en París, quien escogió un titular que iba más allá de lo simplemente informativo: "La muerte, imprevista y absurda, de Albert Camus". Lo de 'imprevisto' resulta evidente, pero para entender lo de 'absurdo' (más allá de que todas las muertes sobre el asfalto lo son) hace falta conocer algo más sobre el legado filosófico de Camus.
Si algo exploró en su obra, tanto desde la ficción narrativa ('El Extranjero') como desde el ensayo filosófico ('El mito de Sísifo') es el absurdo, el sinsentido absoluto de la existencia humana. Aunque para el escritor de origen argelino asumir esa máxima no equivale a adoptar una actitud derrotista. Al contrario: "Este ensayo considera lo absurdo, tomado hasta ahora como conclusión, como un punto de partida", arranca 'El mito de Sísifo', quizás la obra en la que más profundiza en su visión de la existencia.
"Todo lo que se puede decir es que este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre", expone Camus en las páginas siguientes.
"Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo. Esto es lo que no hay que olvidar. A esto es a lo que hay que aferrarse, puesto que toda la consecuencia de una vida puede nacer de ello".
Ante esa realidad asfixiante, Camus nos recuerda que abrazar el absurdo no equivale a resignarse. Al contrario.
"Esta rebelión da su valor a la vida. Extendida durante toda una existencia, le restituye su grandeza. Para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera. El espectáculo del orgullo humano es inigualable", prosigue. "El mundo proporciona la misma suma de experiencia a dos hombres que vivan el mismo número de años. Nos atañe tener conciencia. Sentir la propia vida, la rebelión, la libertad".
El gran esfuerzo que Camus dedicó a comprender el absurdo hace que su muerte resulte aún más irónica. Al fin y al cabo si algo trasmite el escritor en su obra es que el universo no confabula, no castiga ni tiende trampas, del mismo modo que no premia y solo ofrece silencio cuando buscamos sentido a nuestra vida. Obliga al hombre a dárselo a sí mismo. Camus lo hizo. Y una fatídica tarde de enero de 1960 la muerte le salió al paso de forma prematura en una carretera de Francia por un cúmulo de circunstancias sin el menor sentido.
Si todo eso no fuera suficiente, la muerte de Camus llegó con un barniz tan trágico como irónico. El siniestro se produjo en una recta, en un tramo que en principio no presentaba grandes complicaciones. De ahí que en los últimos años algunos autores hayan deslizado (sin pruebas concluyentes y entre el escepticismo de sus biógrafos) que lo ocurrido en enero del 60 no fue un accidente, sino el resultado de un supuesto sabotaje de la KGB, que actuaría a su vez para castigar a Camus por sus críticas a la URSS.
Para los expertos semejante idea suena poco plausible. No tanto por la posibilidad de que los soviéticos quisiesen atentar contra Camus, sino porque la KGB disponía probablemente de métodos más seguros para acabar con la vida (y carrera) del escritor. Además todo sugiere que el viaje a bordo del Facel Vega de Gallimard fue algo improvisado.
Lo que sí sabemos (o al menos así lo recogían las crónicas) es que poco antes de fallecer en la carretera, el propio Camus reconoció que no hay fin "más idiota" que perecer en un accidente de circulación. El comentario lo hizo cuando le llegó la noticia de que el ciclista Fausto Coppi había fallecido de esa forma, un error en realidad, dado que fue la malaria lo que acabó con el deportista.
Solo dos días después de la muerte de Coppi, era el propio Albert Camus quien veía cómo su vida se apagaba bajo un árbol plantado junto a una remota carretera de Francia. Una muerte absurda para el pensador que de forma más enérgica y brillante nos animó a abrazar el absurdo de la existencia.
Imágenes | Wikipedia 1, 2, 3 y 4
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La noticia
Cómo Albert Camus, el gran símbolo de la filosofía del absurdo, tuvo la más absurda de las muertes
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
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