Justo cuando el gobierno se ordenó parece que sus partidos se desordenaron. Alguna vez un amigo me dijo que la unidad en la derecha es casi imposible, porque no les basta con estar de acuerdo, tiene que ser por la misma razón. El conflicto es el sino fatal. En la época que se mire, liberales y conservadores, duros y blandos, gremialistas y derecha tradicional, enfrascados en querellas que terminan alejando a un electorado que no entiende la incapacidad de personas que tienen -o debieran tener- un adversario común para actuar en forma coordinada.
La gente demasiado inteligente suele querer resolver los problemas más complejos y se olvida de los más básicos. Es evidente que los dirigentes y grupos políticos tienen el legítimo derecho de aspirar a perfilarse para llegar al poder. De eso se trata la política, si se tiene la convicción de tener el mejor proyecto para la sociedad. Pero la única manera de lograrlo, desde la derecha, es que el gobierno del Presidente Kast tenga éxito. Primero hay que conseguir eso y sobre esa base podrán desplegarse las diferencias, los matices y los distintos liderazgos con sus carismas.
A su vez, para que dicho resultado sea posible, la gente tiene que sentir al final de este período que su seguridad y su situación económica mejoraron realmente. Nadie debiera confundirse en algo tan obvio. Cuando la gente vota por la derecha no lo hace por su sensibilidad, ni por su empatía, ni por su capacidad para generar subsidios desde el Estado. Poner orden y que la cosa funcione, de eso se trata. Después del gobierno anterior esa necesidad se volvió tan evidente que la mayoría del país votó por la opción más opuesta de aquél para enmendar el rumbo.
Es muy difícil que la gente crea que un sector político desordenado pueda poner orden y si esa percepción tan básica se impone perderán todos. Así como también es una realidad que los tiempos que la economía requiere para que las reformas puedan ponerla en movimiento no son los de la política y esto demandará tanta disciplina como convicción en la dirigencia de los partidos oficialistas. Antes que seguir buscando votos en la izquierda, imposibles de conseguir sin desnaturalizar las reformas, sería importante que el país percibiera que la derecha está comprometida no solo en sacarlas adelante, sino en sostenerlas con convicción en el futuro.
Convicción, esa parece ser la palabra clave. Para algunos es algo tan difuso que no se logra distinguir exactamente a qué se aplica, más allá de ciertos objetivos vagos, ramplones y sin mínima consistencia en los medios. Pero a otros se les percibe tan agotadoramente llenos de convicciones que todo proyecto común se vuelve imposible, porque si todo es de principios, nada lo es finalmente.
Cuando veo que respecto de los indultos la diferencia irreconciliable es que, para unos, tiene que ser a través de un proyecto de beneficio general y para otros, caso a caso, confirmo que mi amigo está en lo cierto. No les basta con estar de acuerdo, tiene que ser por la misma razón.
Por Gonzalo Cordero, abogado.
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