Crítica al esencialismo moral: La violencia escolar como señal del sistema

El Ciudadano

Por Fernando Astudillo Becerra

Que me perdone el Cardenal Chomalí, pero no puedo quedar indiferente frente a su reciente pronunciamiento respecto a la violencia en los colegios.

Su mensaje en la red social X ofrece una lectura que, si bien apela a la moral y emocionalidad de la sociedad, resulta profundamente reduccionista.

Al situar el origen del conflicto exclusivamente en la «desvalorización de la familia» y la «pauperización de la autoridad», el Cardenal incurre en un individualismo metodológico que ignora las raíces materiales y sistémicas de la crisis social.

Su breve análisis, pero no por breve menos decidor de su pensamiento, lejos de ofrecer una solución integral, invisibiliza el pecado social y la violencia estructural inherentes al modelo neoliberal capitalista actual.

La postura del cardenal Chomalí se sitúa en una mirada donde la violencia parece ser un problema de voluntad individual o de fallas en el núcleo privado (la familia). Sin embargo, autores como Slavoj Zizek en su libro Sobre la violencia, distinguen entre la violencia «subjetiva», por ejemplo la que estamos viendo directamente en los colegios, y la violencia «objetiva» o sistémica.

Esta última es la violencia invisible, inherente al funcionamiento del sistema económico y social, que genera las condiciones de precariedad, exclusión y competencia descarnada que luego estallan en las escuelas.

Al obviar esto, ignora lo que la Teología de la Liberación ha denominado como el pecado social. Como bien planteaba Leonardo Boff, el pecado no es solo una falta individual, sino una estructura de injusticia que se expresa en instituciones que oprimen al ser humano, a la tierra y los ecosistemas.

La violencia escolar no es una «pérdida de valores» en el vacío; es el síntoma de una sociedad rota por un sistema que prioriza la acumulación por sobre la dignidad humana.

El texto de monseñor Chomalí menciona la promoción de los «bienes materiales» en desmedro de los «espirituales», pero nada dice del principal responsable de todo esto: el sistema capitalista.

No se trata solo de un cambio de preferencias culturales; es un sistema que empuja a las familias a la sobrevivencia, con jornadas laborales que imposibilitan la presencia en el hogar y que somete a los/as individuos/as a un estrés crónico.

Desde la perspectiva de la Escuela de Frankfurt, particularmente en la crítica de Herbert Marcuse, el capitalismo avanzado genera una «sociedad unidimensional» donde el ser humano es reducido a una pieza de consumo. La violencia en los colegios es el reflejo de una sociedad que enseña que el otro es un competidor por recursos escasos, no un hermano. La «pauperización de la autoridad» que denuncia el Cardenal no es más que el colapso de las mediaciones sociales frente al poder absoluto del mercado.

Respetuosamente, me parece que uno de los errores más importantes del relato de monseñor Chomalí es la omisión de la mercantilización de la educación. En Chile y gran parte del mundo neoliberal, la educación ha dejado de ser un derecho social para convertirse en un producto de consumo. Cuando el colegio se ve como un servicio que se compra y se vende, el proceso formativo pierde su carácter ético y comunitario.

Aquí es donde el pensamiento de Paulo Freire resulta indispensable y brilla por su ausencia en la propuesta del Cardenal Chomalí.

Para Freire, la educación no es un traspaso de autoridad vertical (el modelo «bancario» que parece gustarle al pedir más autoridad para padres y profesores), sino un acto de liberación. La violencia escolar es también una reacción a una pedagogía que no conversa con la realidad del oprimido. Si la educación es solo un trámite para obtener un título que permita insertarse en el mercado laboral, se renuncia a la formación de sujetos críticos y solidarios.

Afirma que «la infancia es la residencia donde uno habita toda la vida», una frase poética pero que, en su contexto, refuerza la idea de que todo se resuelve puertas adentro, en la casa. Esta visión exime al Estado y al tejido social de su responsabilidad.

Contra esta visión individualista, la pedagogía crítica sostiene que la educación es un compromiso de la sociedad toda. No se puede pedir a la familia que sea la única institución que enfrente la violencia estructural.

Como diría Frantz Fanon, en contextos de opresión sistemática, la violencia es la herramienta que el sistema utiliza para mantener el orden, y que inevitablemente se vuelve hacia adentro de la comunidad cuando no hay canales de transformación política.

La crítica del Cardenal Chomalí es nostálgica y moralizante. Al centrarse en la autoridad y la familia tradicional, elude el debate de fondo: la violencia es el lenguaje de una sociedad que ha puesto el capital por sobre la vida.

Una mirada cristiana y humanista no debería conformarse con pedir «más autoridad», sino con exigir el fin de las estructuras de injusticia que violentan la infancia mucho antes de que esta llegue a la sala de clases.

La paz escolar no vendrá de la restauración de jerarquías perdidas, sino de la construcción de una comunidad donde la educación sea un ejercicio de libertad y no un engranaje más del mercado.

Fernando Astudillo Becerra

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Abril 8, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 28 visitas 1975437

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