El Ciudadano
Por Nelson Carrasco

Siete siglos atrás, Marco Polo deslumbró a Europa al adentrarse en los misterios de Oriente y regresar con los secretos de una civilización milenaria. Hoy, al cargar mi equipaje y avanzar quince mil kilómetros hacia el este, rumbo a Odesa, siento el peso inmenso de esa misma vastedad. Tras setecientos años de aquel hito, mi travesía hacia Eurasia me sumerge en una geografía marcada por el dolor humano y la memoria viva. Cruzar hacia Ucrania me convierte en un viajero asombrado frente a la tragedia contemporánea, buscando entender las heridas de un territorio profundamente lastimado.
Avanzo con la plena certeza de ingresar a uno de los conflictos armados más cruentos de nuestro tiempo. Ucrania, una nación con raíces ancladas en el siglo X, enfrenta una masacre terrible contra Rusia, un pueblo hermano. Al observar esta tragedia desde el terreno, constato cómo Occidente silencia sistemáticamente los motivos reales de la confrontación. Los medios corporativos occidentales imponen un relato único, reduciendo al histórico pueblo de los zares, de Lenin, Tereshkova, Gorki y Chaikovski a la simple caricatura de un imperio terrorista.
Como latinoamericano, recorro estos parajes reconociendo las sombras de nuestras propias batallas fratricidas de los siglos XIX y XX. Llevo en la memoria la guerra de la Triple Alianza, donde Argentina, Uruguay y Brasil dejaron a Paraguay en la ruina, y palpo las cicatrices de la guerra del Pacífico. Esas matanzas organizadas con fría eficacia cimentaron los orgullos nacionalistas actuales, prolongando una cadena de genocidios iniciada en el siglo XV bajo el eufemismo del “Descubrimiento de América”. En nuestra posterior etapa de emancipación, el Imperio británico instigó a los independentistas con el objetivo exclusivo de desplazar a España y heredar el saqueo de nuestras riquezas. El denominador común permanece inalterable: los imperios hegemónicos promueven el derramamiento de sangre entre pueblos vulnerables asentados sobre enormes recursos, una práctica bautizada hoy con el cinismo académico de “guerras proxy”.
La ruta terrestre hacia Odesa exige atravesar Cracovia y enfrentarse directamente a la memoria oscura de la Segunda Guerra Mundial. Caminar junto a Auschwitz o la fábrica de Oskar Schindler golpea la conciencia con dureza, evidenciando cómo el sistema dominante transforma las infamias del pasado en vitrinas lucrativas. Recorrer estos escenarios del horror sirve como un puente trágico para comprender la deshumanización bélica contemporánea. Estas tierras obligan a los dirigentes occidentales a observar las pruebas irrefutables de la tiranía y el supremacismo que alguna vez buscaron dominar el planeta.
Caminando por las frías calles polacas, escuché de primera mano las voces de sus habitantes. Dialogué con comunistas, excomunistas, nacionalistas y ciudadanos de a pie, todos atravesados por una historia brutal. Algunos expresaban apoyo a Vladímir Putin, otros añoraban el socialismo, y varios más defendían posturas nacionalistas. Sin embargo, la inmensa mayoría de mis interlocutores exigía evitar cualquier confrontación militar directa contra Rusia. Frente a ellos contrastan los exaltados que promueven una acción armada contra la mayor potencia nuclear del planeta, repitiendo el libreto de dirigentes corruptos al servicio de corporaciones armamentísticas, siempre bajo el disfraz de la libertad ucraniana.
Ucrania opera hoy como el escenario de sacrificio donde el Occidente colectivo busca prolongar un sistema caduco, cobrando su precio en la sangre y la riqueza de una nación entera.
Cruzar la frontera hacia Ucrania impuso de inmediato la barrera del idioma frente a los oficiales de aduana. Afortunadamente, Olena apareció como un salvavidas. Esta mujer ucraniana, en viaje desde Milán junto a su sobrino para visitar a su madre, dominaba el español y se ofreció como intérprete, convirtiéndose en mi ángel guardián hasta llegar a Lviv. Durante el trayecto, dialogamos profundamente sobre la fractura de su país. Habló con elocuencia de los familiares devorados por la confrontación y exaltó la valentía de sus compatriotas. Preferí guardar silencio respecto al destino de su sobrino, un joven en clara edad de combate. Las palabras de Olena reflejaban el desgarro civil absoluto: repudiaba abiertamente la corrupción del gobierno de Kiev, mientras reconocía el respaldo ciego de su madre a las autoridades. Al despedirnos, confesó padecer un total agotamiento mental frente a la incertidumbre diaria.
Observar la heroica lucha del pueblo ucraniano duele al constatar su cautiverio en una red tejida por Estados Unidos. Ucrania opera hoy como el escenario de sacrificio donde el Occidente colectivo busca prolongar un sistema caduco, cobrando su precio en la sangre y la riqueza de una nación entera. Para quienes toman las decisiones lejos de las trincheras, la vida humana carece de valor absoluto.
El desangre entre los pueblos eslavos resulta profundamente desgarrador. Hablamos de la misma estirpe de guerreros que enfrentó unida a las hordas fascistas de Adolf Hitler, enfrascada hoy en una disputa injusta con raíces inmediatas en 2014. El terreno suma miles de muertos, mutilados y desaparecidos. Dejan atrás novias viudas antes de tiempo, padres huérfanos de sus hijos y esposas buscando respuestas en el vacío. Contemplamos una agonía interminable para millones de seres humanos.
Llevando el equipaje emocional de Chile, resulta inevitable recordar a Víctor Jara, detenido en el antiguo Estadio Chile poco antes de su asesinato a manos de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. En medio de aquel horror, el cantautor tuvo la lucidez de increpar a Dios: “Esta es la tierra que creaste, mi señor”. Allí mismo escribió: “Millones de ojos aterrados en este encierro; cuántos más seremos en el país”. Parado frente a la inmensidad de esta guerra europea, me pregunto cuántos más seremos en Occidente al tomar verdadera conciencia de la magnitud de esta tragedia.
Llegar finalmente a Odesa materializa el peso íntegro de todo este desastre. El estratégico puerto del mar Negro recibe al viajero respirando tensión en cada esquina, con sus calles oscurecidas y sus monumentos protegidos tras muros de sacos de arena. La imponente arquitectura histórica, antigua testigo de glorias pasadas, resiste asediada por el eco lúgubre de las alarmas antiaéreas. Detenido frente a las aguas frías, comprendí definitivamente mi rol en este viaje: adentrarme en un Oriente donde la historia duele al respirar, donde cada nombre propio guarda una herida abierta y donde el espíritu de los pueblos lucha a diario para garantizar su propia existencia.
Por Nelson Carrasco
Analista internacional
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