Banner tips.cl
Cuando importa el desde

Desde el ruedo. Tardes de soledad es una película española, dirigida por el catalán Albert Serra, que lleva ya algunas semanas en Mubi. La vi en otro contexto hace tiempo y no me la repetiría por nada, básicamente porque no tolero el sufrimiento de los animales. Sin embargo, se trata de una gran película. Cahier du Cinéma, de hecho, la eligió la mejor del año pasado. La obra es un documental que debe reunir unas 30 lidias, todas encabezadas en diferentes plazas de España por el torero peruano Arturo Roca Rey, un joven de cepa claramente aristocrática. Serra registra esas corridas en planos cerrados, con una crudeza fuera de toda escala y más allá de cualquier recato, rindiendo el evidente tributo a la muerte, a la crueldad, a la sangre y –desde mi punto vista– a la barbarie que está detrás de la tauromaquia. Las imágenes documentales hablan por sí mismas y no requieren ni relato ni contexto. Muchos críticos españoles vieron en la cinta argumentos favorables al toreo (que no veo por dónde) y otros adversos. Como quiera que sea, el resultado es intolerable, al menos para quienes tengan alguna sensibilidad animalista. Lo que no quita que haya momentos gloriosos en la cinta: el rito del matador vistiéndose en un hotel para la corrida, las veces que se encomienda a la Virgen y se despide literalmente de la vida, los mortuorios traslados del torero y su equipo en una van, reveladores entre otras cosas de un machismo del neolítico... Hay que darle –por cierto– una oportunidad a Tardes de soledad. Rara vez el cine contemporáneo roza estos niveles de emplazamiento, desasosiego y provocación. Es la realización para la cual Serra se estuvo preparando quizás por décadas, con realizaciones que nunca alcanzaron este nivel de agresividad (La muerte de Luis XIV, Pacifiction, Liberté). Arrogante, discutido, polémico, Serra cree que en no mucho tiempo más la gente pagará una entrada al cine para ir a pasarlo mal, no para pasarlo bien. Si así fuera, esto es lo que nos aguarda.

Desde abajo. Cuando el historiador italiano Carlo Ginzburg falleció a mediados del mes pasado en Bolonio, tenía 87 años, dejó tras suyo un libro emblemático que se convirtió en longseller, una paciente dedicación a lo que pasó a llamarse “microhistoria”, contraria al poder y enfocada en los avatares de la gente anónima, no en reyes ni generales, y dejó también por supuesto una encendida admiración en miles y miles de estudiosos en todo el mundo, Chile incluido. Ginzburg escribió El queso y los gusanos, que llegaría a ser su caballo de batalla, cuando tenía 37 años. La obra cuenta la historia de Menocchio, un molinero italiano de fines del siglo XVI cuyas ideas acerca de la creación –cándidas, imaginativas, a veces poéticas y a veces delirantes– se apartaban de la de la tradición eclesiástica, lo cual le costó un proceso infame ante la Inquisición, que terminó como terminaba el de todos quienes se atrevían a desafiar la ortodoxia imperante por entonces. Para muchos, fue el último de los grandes historiadores europeos de la posguerra. Hombre de izquierda, hijo de la escritora Natalia Ginzburg y de un héroe de la resistencia, fue un historiador que amaba las individualidades y los detalles y que supo pasearse sin problemas por la antropología, la filosofía, el derecho, la semiótica y la literatura. Además de enseñar en su patria, hizo clases durante 18 años en California y había vuelto a Italia en 2006. En su elogio fúnebre, el historiador francés Roger Chartier dijo que Ginzburg había sido “el más valiente combatiente contra la maquinaria de guerra escéptica de la posmodernidad”.

Desde el margen. Editorial Bastante está llevando a cabo un programa de publicación de libros de cine que sorprende no solo por su rigor sino también por su coraje y ambición. Hasta el momento han aparecido cinco títulos dedicados a las figuras de Stan Brackhage, de Raúl Ruiz (recolección de críticas extranjeras), de Chantal Ackerman (la legendaria realizadora europea que dirigió Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, considerada hace algún tiempo por la encuesta de Sight and Sound la mejor película de la historia del cine), de Joris ivens (un texto donde el gran documentalista explica su relación con la cámara) y, el más reciente, de George Franjú, el cineasta francés precursor de la nueva-ola que forjó una filmografía donde el realismo se codeaba con lo insólito y la lógica del cine de terror. Cinefilia pura y dura: no son desde luego libros sobre cineastas pop. Pero por todos ellos cruzó la experimentación y la voluntad de trascender a su respectiva época. El último de los libros publicados, el de Franjú, escrito por el periodista francés Frantz Vaillant y traducido por Vicente Braithwaite, fue presentado en el Centro Cultural Alameda, en la sala Ceina, con la exhibición de una película excelente; Los ojos sin rostro, que Franjú estrenó en 1960. El libro es un trabajo admirable que a partir del formato del diccionario entrega una acabada comprensión de la vida y obra del cineasta, de sus rasgos de carácter, de sus demonios y amigos, de sus fracasos y sobre todo de sus contribuciones a algunos de los mejores momentos del cine francés del siglo XX.

Julio 4, 2026 • 2 horas atrás por: LaTercera.com 118 visitas 2260646

🔥 Ver noticia completa en LaTercera.com 🔥

Comentarios

Comentar

Noticias destacadas


Contáctanos

completa toda los campos para contáctarnos

Todos los datos son necesarios