El Ciudadano
Por Ángel Durán Moyano

Cada cierto tiempo la historia parece acelerar. Las guerras se multiplican, las tensiones internacionales escalan y las certezas que parecían inamovibles comienzan a resquebrajarse. Hoy vivimos uno de esos momentos.
Desde Ucrania hasta Medio Oriente, pasando por la creciente disputa económica y tecnológica entre Estados Unidos y China, el mundo atraviesa una etapa de confrontación que no puede entenderse únicamente como una suma de conflictos aislados. Lo que observamos es una pugna por el poder global en un contexto donde la hegemonía estadounidense enfrenta desafíos que hace apenas unas décadas parecían improbables.
En ese escenario, la figura de Donald Trump emerge como algo más que un líder político. Representa una corriente internacional que ha logrado articular a sectores conservadores, nacionalistas y ultraliberales en distintos países. Su discurso, basado en la confrontación permanente, la polarización, el cuestionamiento a las instituciones tradicionales y la identificación de enemigos internos y externos, ha encontrado eco mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.
La pregunta que surge para América Latina es inquietante: ¿estamos frente a fenómenos nacionales independientes o ante una nueva articulación política internacional de las derechas?
No es necesario creer en conspiraciones para observar ciertos patrones. En distintos países aparecen campañas similares contra organismos internacionales, movimientos feministas, organizaciones sociales, sindicatos, pueblos indígenas, universidades y medios de comunicación. Se utilizan marcos discursivos parecidos, estrategias digitales semejantes y una narrativa común que presenta cualquier intento de transformación social como una amenaza a la libertad.
La evidencia más visible de este fenómeno se encuentra en la propia región. En Argentina, Javier Milei se ha transformado en el principal referente latinoamericano de una nueva derecha que mezcla libertarismo económico, confrontación política y una estrecha sintonía ideológica con sectores conservadores estadounidenses. Su irrupción no solo modificó la política argentina; también proyectó un modelo exportable para otros liderazgos de la región.
Hoy la influencia opera mediante mecanismos más sofisticados: plataformas digitales, financiamiento de redes internacionales, presión económica, producción de contenidos, construcción de narrativas y una enorme capacidad para moldear el debate público.
En Chile, José Antonio Kast ha construido una narrativa similar, centrada en el combate a la inmigración irregular, la inseguridad y el rechazo a lo que denomina la agenda progresista. Su cercanía política con Milei no parece casual. Ambos representan una apuesta por consolidar una derecha latinoamericana más cohesionada, con referentes internacionales compartidos y una estrategia común de disputa cultural.
Mientras tanto, Colombia vive un proceso electoral marcado por una fuerte polarización, donde sectores conservadores buscan recuperar terreno apelando a discursos de orden, autoridad y rechazo a las transformaciones impulsadas durante los últimos años. En Perú, la inestabilidad política permanente ha abierto espacio para proyectos que prometen soluciones rápidas a problemas estructurales, profundizando una sensación de agotamiento democrático que atraviesa a buena parte de la región.
Observados por separado, estos procesos pueden parecer exclusivamente nacionales. Pero vistos en conjunto revelan algo más profundo: la consolidación de una corriente política que comparte diagnósticos, enemigos comunes y estrategias comunicacionales. La izquierda, los movimientos sociales, el feminismo, las políticas de diversidad, los organismos internacionales e incluso la academia aparecen recurrentemente como adversarios en un relato que se replica con sorprendente similitud desde Washington hasta la Patagonia.
La paradoja es evidente. Quienes hablan constantemente de libertad suelen guardar silencio frente al enorme poder que ejercen los mercados financieros, las corporaciones tecnológicas y los intereses geopolíticos de las grandes potencias. La libertad parece ser un valor absoluto cuando se trata de desregular la economía, pero relativo cuando los pueblos intentan discutir modelos de desarrollo alternativo o fortalecer el rol del Estado.
Quizás por eso muchas personas sienten que el imperio vuelve a asomarse sobre la región. No necesariamente bajo la forma clásica de intervenciones militares o golpes de Estado, aunque América Latina conoce demasiado bien esa historia. Hoy la influencia opera mediante mecanismos más sofisticados: plataformas digitales, financiamiento de redes internacionales, presión económica, producción de contenidos, construcción de narrativas y una enorme capacidad para moldear el debate público.
Las nuevas derechas crecen porque logran conectar con malestares reales de amplios sectores de la población, aunque muchas veces ofrezcan respuestas simplificadas para problemas complejos.
Sin embargo, sería un error reducir todo a la acción de factores externos. América Latina también arrastra problemas propios: desigualdad persistente, corrupción, crisis de representación, instituciones debilitadas y una incapacidad histórica para construir proyectos de desarrollo sostenibles e inclusivos. Las nuevas derechas crecen porque logran conectar con malestares reales de amplios sectores de la población, aunque muchas veces ofrezcan respuestas simplificadas para problemas complejos.
Quizás el verdadero peligro no sea Donald Trump ni Javier Milei ni José Antonio Kast por sí solos. El verdadero desafío es comprender que representan una corriente política internacional que ha aprendido a coordinar discursos, instalar agendas y disputar el sentido común a escala global.
Mientras América Latina sigue enfrentando pobreza, desigualdad, crisis de representación y dependencia económica, buena parte del debate público parece concentrarse en guerras culturales importadas desde otros centros de poder. Se discuten los mismos enemigos, se repiten las mismas consignas y se aplican las mismas recetas, aunque los problemas de nuestros pueblos sean profundamente distintos.
La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿estamos construyendo proyectos políticos pensados para la realidad latinoamericana o simplemente estamos importando conflictos, liderazgos y agendas diseñadas en otra parte?
Porque cuando Washington estornuda, América Latina suele resfriarse. Pero la gravedad de la enfermedad depende, en gran medida, de nuestra capacidad para pensar con autonomía, defender nuestra soberanía y construir un destino propio en un mundo cada vez más convulsionado.
Por Ángel Durán Moyano
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