Cuidar también es construir país

El Ciudadano

Por Erika Tejerina Donoso

Hay trabajos que el país ve, mide y paga. Y hay otros que sostienen la vida completa, pero quedan en silencio. La crianza, especialmente cuando recae sobre mujeres que además trabajan de manera informal o a honorarios durante años, pertenece a esa segunda categoría: una labor esencial, permanente, exigente, pero todavía tratada como si fuera una extensión natural del amor.

Durante demasiado tiempo se ha hablado de criar como si fuera un asunto privado, doméstico, casi invisible. Como si una mujer que sostiene una casa, organiza horarios, contiene crisis, acompaña tareas, cuida enfermedades, resuelve compras, administra deudas y, además, busca generar ingresos, estuviera simplemente “haciendo lo que corresponde”. Esa frase, tan común, encierra una injusticia profunda: la sociedad se beneficia de ese trabajo, pero rara vez lo reconoce como tal.

Criar no es solo alimentar, vestir o llevar a los hijos al colegio. Criar es formar lenguaje, carácter, hábitos, límites, confianza básica y regulación emocional. Es enseñar a un niño a vivir con otros, a frustrarse sin romperse, a pedir perdón, a esperar, a confiar, a reconocer su valor y el de los demás. En términos concretos, criar es formar ciudadanos. Es producir humanidad.

Pero esa producción cotidiana no tiene horario fijo, sueldo, descanso asegurado ni reconocimiento previsional suficiente. Muchas mujeres crían mientras trabajan como pueden: venden, emprenden, atienden, cuidan, cocinan, limpian, hacen turnos, prestan servicios o aceptan trabajos sin contrato estable. No siempre se trata de una elección libre o romántica. Muchas veces es una estrategia de sobrevivencia frente a un mercado laboral que todavía no sabe convivir con la maternidad real.

La exigencia es brutal: criar como si no se trabajara y trabajar como si no se criara. Esa doble demanda tiene efectos concretos en la salud mental. Ansiedad, culpa, insomnio, cansancio crónico, irritabilidad, aislamiento y sensación de fracaso no aparecen de la nada. No son señales de debilidad personal. Son síntomas de una sobrecarga sostenida. Ningún ser humano puede vivir indefinidamente respondiendo a todo, estando disponible para todos y dejando sus propias necesidades siempre al final.

A esa realidad se suma una precariedad que se ha vuelto casi paisaje: el trabajo a honorarios por años. Mujeres profesionales que cumplen funciones permanentes, sostienen equipos, programas, territorios, escuelas, municipios, servicios públicos y organizaciones, pero siguen siendo tratadas como si su trabajo fuera transitorio. Responden a jefaturas, cumplen horarios, asumen responsabilidades, producen resultados y sostienen institucionalidad, pero viven con la incertidumbre instalada en el cuerpo: no saber si el contrato se renovará, si habrá ingreso el próximo mes, si podrán proyectar algo más allá del corto plazo.

Una mujer no se agota solo porque “se exige mucho”; se agota porque muchas veces el sistema completo descansa sobre ella.

El trabajo a honorarios prolongado no afecta solo el bolsillo. Afecta la vida completa. Dificulta acceder a crédito, planificar tratamientos, pagar educación, cotizar de manera estable, sostener una vivienda y criar con un mínimo de tranquilidad. En una mujer que además es madre, esa precariedad no cae solo sobre ella; se extiende a sus hijos, a su hogar y a toda la organización emocional de la familia.

Por eso hablar de salud mental sin mirar las condiciones materiales es insuficiente. No basta con recomendar autocuidado, respiración o terapia si la vida cotidiana empuja a muchas mujeres a vivir en modo supervivencia. La salud mental también depende del tiempo disponible, del ingreso, del descanso, de la estabilidad laboral, de la red de apoyo y de la corresponsabilidad real. Una mujer no se agota solo porque “se exige mucho”; se agota porque muchas veces el sistema completo descansa sobre ella.

Desde el mundo laboral, los beneficios para trabajadoras no pueden seguir siendo vistos como favores. Horarios flexibles reales, teletrabajo cuando sea posible, permisos para controles médicos y escolares, salas cuna pertinentes, licencias de cuidado compartidas, protección frente al despido, acceso a salud mental y seguridad social para quienes trabajan informalmente o a honorarios no son privilegios. Son condiciones mínimas para que criar no signifique empobrecerse, enfermarse o desaparecer.

La educación también es parte de este problema. Las escuelas reciben niños y niñas cuyas familias llegan cansadas, endeudadas, tensionadas y, muchas veces, sin red. Madres que hacen malabares para asistir a reuniones, responder correos, comprar materiales, sostener rutinas y contener dificultades emocionales, mientras trabajan sin protección suficiente. Sin embargo, demasiadas veces la respuesta institucional es exigir más: más presencia, más puntualidad, más participación, más rendimiento. Todo eso puede ser necesario, pero cuando no se mira el contexto, la exigencia se transforma en castigo.

Una escuela que comprende la salud mental no puede mirar a las familias solo desde el incumplimiento. Tiene que preguntarse qué hay detrás de una ausencia, de una madre agotada, de un niño irritable o de una casa que apenas logra sostenerse. No para justificarlo todo, sino para intervenir mejor. Educar también implica leer la realidad con humanidad.

Desde lo colectivo, necesitamos una política del cuidado mucho más seria. Barrios con redes comunitarias, municipios con acompañamiento parental, centros de salud que pesquisen agotamiento antes del colapso, escuelas que sostengan y no solo informen, espacios de respiro para cuidadoras, y hombres que dejen de “ayudar” para asumir, de una vez, la parte que les corresponde. La crianza no puede seguir descansando sobre la renuncia silenciosa de las mujeres.

Criar no es una pausa en la vida productiva. Criar es producir humanidad. Y quien produce humanidad merece derechos, descanso, salud mental, protección laboral y reconocimiento social.

También hay una tarea íntima, menos visible, pero igual de importante: desarmar la culpa. Muchas mujeres fueron educadas para creer que descansar es egoísmo, pedir ayuda es debilidad y tener un proyecto propio es abandono. Esa idea enferma. Una mujer que cría necesita conservar su identidad, su deseo, su cuerpo, su pensamiento y su derecho a proyectarse. No se puede criar sanamente desde la desaparición de una misma.

Reconocer la crianza implica cambiar el lenguaje. No es “no trabaja, cuida a sus hijos”; es trabaja criando. No es “ayuda en la casa”; es corresponsabilidad. No es “emprende desde la casa porque quiere”; muchas veces es la única forma posible de generar recursos sin soltar completamente la crianza. Y no es “presta servicios a honorarios” cuando durante años ha cumplido funciones permanentes sin la estabilidad que corresponde.

Una sociedad madura no se mide solo por sus cifras económicas, sino por la forma en que trata a quienes sostienen la vida cotidiana. Las mujeres cuidadoras han criado generaciones, han contenido duelos, han sostenido escuelas, han completado ingresos, han trabajado sin contrato o a honorarios por años y han pagado con su salud mental un costo que el país rara vez contabiliza.

Cuidar a quienes crían no es un gesto simbólico. Es una decisión política, ética y sanitaria. Porque no hay infancia sana con cuidadoras destruidas. No hay ciudadanía estable si quienes forman a esos ciudadanos viven en precariedad, culpa y agotamiento.

Criar no es una pausa en la vida productiva. Criar es producir humanidad. Y quien produce humanidad merece derechos, descanso, salud mental, protección laboral y reconocimiento social.

Por Erika Tejerina Donoso

Psicóloga, mamá, ciudadana comprometida.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Mayo 31, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 25 visitas 2156549

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