José María Rodríguez
Arguineguín (Gran Canaria), 28 may (EFE).- Cuando el papa León XIV eleve una plegaria desde el puerto de Arguineguín por los miles de inmigrantes que han perecido en un cayuco en la Ruta Atlántica a Canarias, por los que van a seguir muriendo y por aquellos que lo dan todo para rescatarlos, Ousseynou Fall rezará por su hermano.
Este antiguo pescador de Saint Louis (Senegal) llegó a Gran Canaria el 12 de noviembre de 2020, en su segundo intento. No sabía leer ni escribir, pero la generosidad de una familia de acogida le abrió camino. Aprendió, se formó y ahora trabaja como cocinero de hotel. No se ha ido de Canarias, es un vecino más de Arguineguín.
"Aquí", dice señalando una tapa de alcantarilla, casi al final del muelle, "justo aquí dormí la primera noche cuando me rescataron". Ousseynou Fall suele acercarse de cuando en cuando al muelle.
Allí terminaron sus noches sin agua, allí se desvaneció el miedo a hundirse, allí comenzó su nueva vida. En ese muelle, sobre todo, recuerda a los amigos y familiares que se quedaron en el mar.
Historias como la suya conmovieron a Francisco, el papa que quiso abrir su pontificado en Lampedusa, ofreciendo consuelo a los inmigrantes rescatados del Mediterráneo. El propio Fall se la contó en una carta que el pontífice hizo pública en 2023 en una de las muchas ocasiones en que anunció su deseo de viajar a Canarias.
La salud se lo impidió, pero el 11 de junio su sucesor cumplirá su promesa y abrirá en Arguineguín su visita a Canarias, con un encuentro con inmigrantes, familiares de desaparecidos, servicios de rescate y voluntarios.
El puerto vive estos días cierto ajetreo por los trabajos de acondicionamiento previos a la visita de León XIV, pero nada queda ya del campamento donde Ousseynou Fall desembarcó después de que la Salvamar Menkalinan rescatara su cayuco, que ya se hundía.
Era temprano, recuerda, y el muelle estaba lleno: casi 2.000 hombres y mujeres dormían allí hacinados durante días sobre mantas, sin más protección para el sol o la lluvia que unas carpas.
Esa misma mañana lo visitó el juez encargado de velar por las garantías en el centro de detención de migrantes (CIE) de Gran Canaria y describió sus condiciones como "degradantes e inhumanas".
Solo ese mes pasaron por ese pequeño puerto del sur de Gran Canaria 6.357 migrantes. Al final de noviembre fue clausurado a petición del Defensor del Pueblo, cuando ya cargaba con el nombre de 'muelle de la vergüenza'.
"Fue un momento muy complicado. Cruz Roja tuvo que reinventarse", recuerda José Antonio Rodríguez Verona, responsable de los equipos de la ONG en Canarias encargados de la primera atención en los puertos a los recién rescatados. "Ese apelativo por el que todo el mundo lo llama, a mí no me gusta ni nombrarlo. Hicimos un gran esfuerzo para atender a miles de personas en plena pandemia, con todo cerrado".
Rodríguez Verona estaba allí en aquellas fechas y lo sigue estando ahora, lleva tres décadas atendiendo pateras. Menos años de experiencia que él acumula Tito Vilarmea, actual patrón de la Guardamar Urania, el barco de rescate más moderno de Salvamento Marítimo. Cuando la Menkalinan rescató a Fall, Vilarmea también estaba destinado en Arguineguín, en la Guardamar Concepción Arenal.
Para este marinero gallego, que el papa haya elegido Arguineguín para dirigirse al mundo también lanza un mensaje. "Yo no lo considero el muelle de la vergüenza, no lo fue. Fue un muelle solidario, un muelle de voluntarios. Todo el pueblo se volcó: comercios, vecinos que traían agua, comida y abrigo. Se doblaron turnos, se hizo un esfuerzo sobrehumano. Para mí fue muelle del orgullo", afirma.
Rodríguez Verona y Vilarmea estarán entre los invitados al encuentro con el papa. "Este trabajo deja heridas, somos humanos", admite el responsable de Cruz Roja, que estos días ha pensado mucho en Eléne Habiba, la niña maliense de 24 meses a la que se le paró el corazón justo en ese mismo muelle, cuando ya estaba a salvo.
El patrón de la Urania reconoce que en ocasiones le asalta cierta sensación de culpa, "porque, por desgracia, hay hundimientos, vuelcos, neumáticas que se pinchan... y piensas qué hubiera ocurrido si hubiéramos llegado antes o si el mar hubiera estado mejor".
Cuando le pasa eso, se refugia en otro recuerdo, el de aquella madre a la que salvó, una mujer que viajaba con un hijo adolescente completamente tapado con un chaquetón grande y un gorro de lana.
"Bajé para el recuento a identificar si eran varones o mujeres y, entonces, la madre le sacó el gorro, le soltó la melena y le puso unos pendientes, como diciendo: ahora vuelves a ser mujer".
Tito Vilarmea siempre ha pensado que aquella mujer había disfrazado a su hija de niño para protegerla de muchos peligros de la ruta y se emociona. "Yo también tengo hijas, ¿sabes?".
Fall les escucha en silencio. Acaba de reconocer en el muelle a uno de los marineros que lo rescataron en 2020 y solo acierta a dar las gracias. "En nombre de todos mis compañeros", enfatiza.
En su cayuco murieron cuatro personas de frío y sed. Por eso, cuando oye repetir entre los jóvenes de Saint Louis u otros lugares de Senegal la consigna de 'Barça o barzakh' ('Barcelona'/llegar o 'morir') siempre intenta disuadirlos, no soporta más muertes.
Fall baja la mirada y sus ojos se llenan de lágrimas al recordar a su hermano, que tenía 23 años. "No me dijo nada. Murió en el camino. En el cayuco que apareció en Brasil".
Son historias de Arguineguín. EFE
(foto) (vídeo)
completa toda los campos para contáctarnos