Del día en que combatíamos juntos al fascismo al que pasamos a matarnos entre hermanos eslavos

El Ciudadano

Mi madre tomó esta fotografía en una carretera secundaria de Ucrania, donde el asfalto se agrieta como la memoria. No muestra un tanque, ni una trinchera, ni una bandera. Muestra algo más conmovedor e inspirador para mi y espero para los pueblos víctimas de la guerra, un hombre anciano avanzando lentamente sobre una bicicleta, envuelto en una capa roja que no parece de este tiempo, sino arrancada de otro siglo, como un pétalo de amapola escapado de los campos de la Gran Guerra Patria. Detrás de él, los árboles forman una muralla verde, silenciosa, profunda, indiferente a las fronteras que dibujan los mapas y a las guerras que declaran los hombres.

Al verlo, es imposible no pensar en aquella generación que combatió junta al invasor, pienso en la abuela de mi amada en Odessa, en su padre y hermanos que juntos bajo el mismo cielo plomizo hicieron frente al fascismo. Rusos, ucranianos, bielorrusos, tártaros, kazajos, georgianos y todos los pueblos de la vasta Unión Soviética que compartieron trincheras embarradas, el hambre que roe los huesos y la muerte que silbaba con cada proyectil durante aquellos mil cuatrocientos dieciocho días de horror y resistencia. Hombres y mujeres que cayeron hombro con hombro en el infierno helado de Stalingrado, donde la tierra bebía sangre de cien lenguas distintas; en el arco de fuego de Kursk, donde el cielo se oscureció por el humo y el acero; en la liberación de Kiev, arrasada y mártir; y en el asalto final sobre Berlín, donde ondearon banderas rojas bordadas con la esperanza de un mundo que creían eterno. Hombres que aprendieron que la sangre derramada, cálida y del mismo color carmesí, tenía un enemigo común: el fascismo, el nazismo.

Quizás este anciano ciclista es uno de los últimos depositarios de aquellos relatos. Quizás creció arrullado por canciones de frente, como Katyusha o Zemlyanka, escuchando historias de hermanos de armas que marchaban unidos hacia el oeste, abriendo las puertas de Auschwitz y Majdanek, derrotando a la barbarie nazi cuyas botas pretendían pisotear para siempre la flor de la civilización. Quizás en alguna caja de madera, junto a un icono y una medalla al Valor, conserva fotografías amarillentas de soldados jóvenes, sonrientes, que compartían el pan negro y la última brizna de tabaco, y que jamás imaginaron que, décadas después, los descendientes de aquellos camaradas de trinchera volverían a apuntarse con fusiles desde lados opuestos de una misma herida, hablando dialectos de un mismo idioma de dolor.

La bicicleta avanza despacio sobre el asfalto agrietado. No parece huir de los estruendos lejanos. No parece perseguir un destino concreto. Más bien parece transportar el peso mudo de una pregunta que recorre los campos de Europa del Este como un fantasma: ¿en qué preciso instante la memoria, que era un puente de hierro forjado en la victoria común, se convirtió en una frontera de alambre y rencor? ¿En qué momento el “nadie está olvidado, nada está olvidado” se fragmentó en recuerdos enfrentados? Los poetas de la guerra, como Tvardovsky, lo presintieron y aunque nadie dijo lo siguiente de manera textual, no debemos olvidar que: La guerra es una herida que supura, y el tiempo no siempre la cura, a veces la encona.

Los árboles observan con su paciencia de siglos. Ellos estaban aquí antes de que se izara la primera bandera, antes de que se trazara la primera raya en un mapa, y seguirán aquí cuando estas contiendas, como las anteriores, se conviertan en polvo sobre las páginas de los libros. Han visto pasar imperios con águilas bicéfalas, revoluciones que prometían el cielo, ejércitos de Napoleón y de Hitler tragados por el barro y el invierno, columnas de exiliados con los ojos vacíos. Han escuchado idiomas distintos pronunciando las mismas sílabas para el lamento de una madre que pierde a su hijo. Saben, en su sabiduría vegetal y callada, que la tierra no distingue entre la sangre de un ruso y la de un ucraniano cuando ambas se mezclan bajo el aguacero de otoño, abonando las mismas raíces profundas y entrelazadas.

Hay una tragedia antigua y cíclica en la historia de los pueblos eslavos, hijos de una misma estepa y un mismo canto. Durante siglos resistieron invasiones desde todas las direcciones, compartieron la sal y el pan, las culturas bordadas en las vyshyvankas, las canciones polifónicas que escalaban hacia Dios, las creencias y los sufrimientos bajo distintos yugos. Y, sin embargo, hoy se encuentran separados por trincheras recién cavadas, discursos que envenenan el aire y cementerios nuevos donde germinan cruces y lápidas sin bautizar. Como si la victoria común sobre el fascismo, aquella proeza titánica que costó millones de almas soviéticas, hubiera sido deliberadamente enterrada bajo las capas del tiempo, sustituida por relatos incompatibles y por una guerra fratricida que desgarra familias, pueblos y memorias compartidas.

La imagen de este ciclista envuelto en su capa escarlata no pasó desapercibida para mi ni para mi madre que le registrara. Su figura casi fantasmal, frente a la inmensidad verde del bosque ucrraniano, recuerda que la historia no siempre galopa al ritmo de los tanques ni de las proclamas. A veces avanza lentamente, sobre dos ruedas frágiles, llevando consigo los ecos apagados de un mundo que ya no existe pero que se niega a morir del todo. Un mundo en el que los eslavos compartían una misma trinchera y un mismo himno ante la muerte, en lugar de encontrarse frente a frente en campos de batalla regados con lágrimas de las mismas abuelas.

Y mientras la bicicleta se pierde, un punto de color fundiéndose en la penumbra verde de la carretera, queda flotando en el aire la sensación de que la verdadera derrota, la más absoluta e irreversible, no es la de un ejército ni la de una nación. La verdadera derrota, la que quiebra el espíritu de los siglos, ocurre cuando los pueblos olvidan las luchas que los unieron en la comunión del sacrificio y solo recuerdan aquello que los separa. Cuando los hijos de los héroes comunes se convierten en adversarios, las cenizas de Stalingrado y de Kiev lloran, silenciosas, lloran como lo hace mi alma día a día que añora volver a mi querida Ucrania.

Pero no todo está perdido mientras este ciclista de capa escarlata atraviese los bosques como una antorcha contra el olvido. Ucrania querida despertará guiada por este jinete sobre ruedas y barrerá, sin sangre, con la sola fuerza de la comunicación, memoria, historia y democracia, a la clase política que sembró la discordia entre hermanos seducidos por el «oro» occidental. Llegará pronto el día en que Kiev y Moscú recobren juntas la memoria compartida y restauren las paz entre pueblos hermanos.

Viajen, viajen lejos mis letras a cada rincón de los pueblos del Dnipro, viajen junto a esta fotografía que ha inspirado hoy este humilde ejercicio de memoria.

Bruno Sommer

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Mayo 31, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 34 visitas 2157652

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