
Por Christian Slater E., Mg. Ciencias Militares y Coronel (R) del Ejército de Chile.
Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana se reunió bajo el paraguas del llamado Foro de São Paulo, una instancia creada en 1990 por Luiz Inácio Lula da Silva y Fidel Castro con el propósito de articular políticamente a las fuerzas de izquierda del continente después de la caída del bloque soviético. Sus encuentros se multiplicaron durante años y, en muchos momentos, parecieron marcar el pulso político de América Latina.
Con el tiempo, ese espacio fue dando paso a nuevas instancias de coordinación política, como el llamado Grupo de Puebla, surgido en México en 2019 y promovido por dirigentes latinoamericanos —entre ellos el chileno Marco Enríquez-Ominami— con la intención de mantener viva una articulación ideológica continental.
Hoy, en cambio, otra escena comienza a desarrollarse en Miami. Convocados por el presidente estadounidense Donald Trump, varios líderes del continente se reúnen para discutir asuntos que van desde el crimen organizado hasta la seguridad regional. Entre los participantes se encuentra el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, el único que asiste en esa condición antes incluso de asumir formalmente su cargo. Su presencia no deja de ser significativa: cuando un líder es invitado a este tipo de encuentros antes de asumir, normalmente no se trata de un primer contacto, sino de una señal de que ya existen redes de interlocución y expectativas sobre el papel que ese país podría desempeñar en el escenario regional.
La comparación entre ambos momentos invita a una reflexión inevitable. Durante años vimos recorrer América a dirigentes vinculados al Foro de São Paulo promoviendo una visión ideológica del continente y buscando coordinar políticamente a gobiernos y movimientos afines. Aquellas reuniones rara vez fueron objeto de cuestionamientos. Hoy, en cambio, la reunión de Miami despierta críticas inmediatas, como si la idea de coordinación política continental fuese legítima solo cuando responde a una determinada orientación ideológica.
Sin embargo, el contexto actual es muy distinto al de los años noventa. El narcotráfico, el tráfico de personas, el crimen organizado y el lavado de dinero han dejado de ser problemas locales para transformarse en redes transnacionales que operan como verdaderas economías criminales. Estas organizaciones atraviesan fronteras, utilizan sistemas financieros globales y encuentran formas de infiltrarse en actividades económicas aparentemente legítimas.
Al mismo tiempo, el continente vuelve a situarse en un escenario de competencia estratégica global. La disputa por infraestructura tecnológica, cables submarinos de datos, minerales críticos como el litio o posiciones geográficas de alto valor estratégico —desde el Pacífico Sur hasta la Antártica— demuestra que América ya no es un espacio periférico en la política internacional.
En ese contexto, el extremo sur del continente adquiere una relevancia creciente. La Antártica, cuyo régimen internacional podría revisarse en las próximas décadas, se perfila como uno de los territorios de mayor interés científico, ambiental y eventualmente estratégico del planeta. En ese escenario, países como Chile —por su cercanía geográfica, su infraestructura en Magallanes y su histórica presencia antártica— ocupan una posición que podría resultar decisiva en el futuro del hemisferio.
Chile no es ajeno a esta discusión. Su ubicación en el Pacífico Sur, su potencial como nodo tecnológico en las rutas digitales y su proyección natural hacia la Antártica lo colocan en una posición estratégica que hace apenas algunos años parecía improbable para un país ubicado en el extremo del continente.
Pero hay también un elemento histórico que conviene recordar. América no es Europa. De allí provienen muchas de nuestras raíces culturales e institucionales, pero las sociedades americanas nacieron de una historia distinta. Son sociedades más jóvenes, formadas en territorios vastos y con una tradición marcada por la búsqueda de libertad política y movilidad social.
Europa conoce demasiado bien el precio de sus guerras ideológicas, de sus totalitarismos y de sus conflictos devastadores. América, que observó esa historia desde el otro lado del Atlántico, tiene razones de sobra para no querer repetirla. Por eso, cuando en nuestro continente resurgen proyectos autoritarios —desde Cuba hasta Nicaragua o Venezuela— la pregunta sobre la unidad del hemisferio vuelve a plantearse con fuerza.
Hay también una realidad geopolítica que a veces preferimos ignorar. Estados Unidos no está en Asia ni en Europa oriental; está en América. Forma parte del mismo hemisferio y comparte con el resto del continente una historia entrelazada y desafíos comunes. En ese sentido, bien podría decirse —sin dramatismos— que es una fortuna que una potencia de esa magnitud pertenezca a nuestro propio espacio geográfico.
El problema nunca ha sido la geografía, sino la manera en que hemos aprendido —o no— a relacionarnos con ella. Muchas veces el diálogo entre Estados Unidos y América Latina ha estado marcado por prejuicios, desconfianzas o lecturas ideológicas simplificadas. Superar esas barreras no es un problema de idioma, sino de madurez política y de capacidad para sostener conversaciones estratégicas de largo plazo.
No deja de ser interesante que esta conversación vuelva a producirse en Miami. En esa misma ciudad se realizó en 1994 la primera First Summit of the Americas (1994 Miami), convocada por el presidente Bill Clinton poco después del fin de la Guerra Fría. En aquella ocasión, 34 jefes de Estado del continente se reunieron para discutir cómo debía organizarse la cooperación hemisférica en un mundo que acababa de cambiar.
Tres décadas después, en el mismo lugar, vuelve a plantearse una pregunta similar: cómo debería América enfrentar los desafíos de un nuevo escenario global marcado por el crimen transnacional, la competencia geopolítica y la disputa por recursos estratégicos.
Quizás la reunión de Miami sea solo un episodio más en la agenda política internacional.
O quizás estemos presenciando el inicio de una conversación que América debió haber tenido hace mucho tiempo: cómo pensar su seguridad, su libertad y su desarrollo como un proyecto común del hemisferio.
La entrada Del Foro de Sao Paulo al de Miami se publicó primero en El Periodista.
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