Del trabajo a la tortura: obrero pasó por la Base Aérea El Bosque y el Estadio Nacional, Fisco pagará $80 millones

El Ciudadano

En una resolución que marca un hito en la búsqueda de justicia para las víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet, el Vigesimosexto Juzgado Civil de Santiago condenó al fisco a pagar una indemnización de $80.000.000 por concepto de daño moral a V.G.A.V., un obrero que fue detenido en su lugar de trabajo, la empresa Manufacturas de Cobre (Madeco), el 22 de septiembre de 1973 por efectivos de la Fuerza Aérea, quienes lo trasladaron hasta la Base Aérea El Bosque y, luego, lo ingresaron al Estadio Nacional, sometiéndolo a vejámenes, simulacros de fusilamiento e incluso aplicaciones de electricidad durante 47 días de cautiverio.

La sentencia y dictada por el juez Ricardo Cortés Cortés, no solo establece la millonaria compensación sino que además rechaza categóricamente dos de las principales defensas esgrimidas por el Consejo de Defensa del Estado: la excepción de reparación satisfactiva —que argumentaba que la víctima ya había sido indemnizada previamente— y la excepción de prescripción, mediante la cual el fisco pretendía que la acción legal hubiese caducado por el paso del tiempo.

El fundamento central del fallo descansa en la calificación jurídica de los hechos vividos por el obrero de 22 años de edad, para la época de los hechos, como crímenes de lesa humanidad, categoría que en el derecho internacional implica que son imprescriptibles tanto en sede penal como civil.

«Que, como se dijo, los perjuicios o daños sufridos por la demandante son consecuencia del actuar de agentes del Estado de Chile, el que aparece como responsable directo de sus secuelas psicológicas», sostiene, estableciendo así un vínculo directo e irrefutable entre la acción de funcionarios públicos y el padecimiento del demandante.

La resución judicial profundiza en la fundamentación de la procedencia de la indemnización, agregando: «Que, con lo dicho, se encuentra acreditada la procedencia de la indemnización de perjuicios que se demanda, a modo de reparación integral del daño, por lo que se accederá a aquella por concepto de daño moral, según se dirá en lo resolutivo».

El tribunal no se limitó a declarar la existencia del daño, sino que estableció parámetros específicos para dimensionar la compensación y señaló que «para la determinación del monto, se tendrá en especial consideración las circunstancias dañosas vividas por el actor».

Criterios para fijar la indemnización

Uno de los aspectos del fallo dice relación con la metodología empleada por el juzgado para cuantificar económicamente un daño que, por su propia naturaleza, resulta difícil de traducir a cifras. El magistrado Cortés acudió a criterios establecidos por la Corte de Apelaciones de Santiago para justificar la suma determinada.

«Que —ahonda la resolución—, como la ha establecido la Ilma. Corte de Apelaciones de Santiago, es conocida la dificultad que existe para determinar en forma cuantitativa y económica la compensación del daño moral. Sin embargo, en la necesidad de efectuar su valoración y ante la falta de baremos estadísticos o técnicos suficientemente afianzados, cabe acudir a parámetros que puedan servir como criterios orientadores para esos fines, inspirados en consideraciones de prudencia, de equidad y de experiencia», indicó el dictamen.

«De igual manera, ha de propenderse a la consideración de datos objetivos —los hechos probados— la naturaleza del daño y la búsqueda de algún grado de proporcionalidad entre la entidad de ese daño y la suma a indemnizar», señaló el tribunal.

Esta aproximación permite que los $80 millones no aparezcan como una cifra arbitraria, sino como producto de una ponderación cuidadosa de las circunstancias específicas del caso.

El fallo también incluyó disposiciones precisas sobre reajustes e intereses. «Que —prosigue—, en lo atinente a los reajustes e intereses, debe expresarse que los primeros permiten mantener el valor monetario en el tiempo, de modo que resultan procedentes, desde que se declara la existencia de la obligación, esto es, a partir que la presente sentencia quede firme y ejecutoriada, habida consideración a que desde esa oportunidad la situación jurídica queda indefectiblemente establecida».

«Por lo dicho, la suma fijada en lo resolutivo se reajustará conforme a la variación que experimente el índice de precios al consumidor entre la fecha en que la presente sentencia quede firme y ejecutoriada y el mes que preceda al pago», ordenó el juez Ricardo Cortés.

Respecto de los intereses, la resolución establece: «Que, respecto del pago de intereses corrientes, estos se devengarán desde que el deudor se constituya en mora», concluye en este punto.

La decisión del tribunal

La parte resolutiva del fallo es clara en sus cuatro puntos fundamentales. En primer lugar, «se rechaza la excepción de reparación satisfactiva por haber sido ya indemnizada el actor», desestimando así el argumento fiscal de que existían pagos previos que satisfacían la pretensión del demandante.

En segundo término, «se rechaza la excepción de prescripción opuesta según lo dispuesto en el artículo 2332 del Código Civil y aquella en subsidio, por lo consagrado en los artículos 2514 y 2515 del mismo cuerpo legal», confirmando la tesis de la imprescriptibilidad de las acciones derivadas de crímenes de lesa humanidad.

El punto central del fallo establece que «se acoge, parcialmente, la demanda deducida y, en consecuencia, se condena al Fisco de Chile a pagar al demandante don V.G.A.V. la suma de $80.000.000 (ochenta millones de pesos), por concepto de daño moral, más reajustes e intereses según la determinación que se hizo en el considerando vigésimo tercero de la presente sentencia».

Finalmente, el tribunal determinó «que no se condena en costas a la parte demandada por no haber sido totalmente vencida».

De la Base Aérea El Bosque al Estadio Nacional: el relato de la víctima

El fallo del Vigesimosexto Juzgado Civil de Santiago incluye el extenso y cruento testimonio prestado por el propio V.G.A.V., quien con 22 años al momento de los hechos, reconstruyó para el tribunal cada etapa de su calvario, desde el momento de su detención hasta su liberación 47 días después.

«Debo señalar a SS. que en el año 1973 yo tenía apenas 22 años de edad, y vivía en avenida Portales 1318, Población El Sauce, la que actualmente es la comuna de El Bosque, además era soltero y vivía con mis padres», comenzó explicando.

Posteriormente, describió sus inicios en la empresa y recordó que «el día 3 de septiembre de 1973 ingresé a trabajar a la empresa MADECO, ubicada en calle Ureta Cox 930, comuna de San Miguel, desempeñándome primero como auxiliar de aseo, y posteriormente como obrero en trefilación, esto es una sección en que se fabrican tubos de cobre».

Sin embargo, apenas 19 días después de su ingreso, su vida cambiaría para siempre.

«El día 22 de septiembre de 1973 había llegado a trabajar a MADECO en la comuna de San Miguel, pero me llamó la atención que me habían llamado a trabajar un día sábado, siendo que lo normal era que yo trabajara de lunes a viernes (…) Sin embargo ese día sábado 22 de septiembre de 1973 llegué a trabajar normalmente, y no solo yo sino que varios otros compañeros de trabajo; así ya cerca del medio día llegó a la fábrica personal de la Fuerza Aérea de Chile los cuales portaban un listado de gente», señaló.

En su testimonio, el obrero reconoció la ingenuidad propia de su juventud y la escasa percepción del peligro que se cernía sobre él y sus compañeros.

«Ante eso y dado que era relativamente nuevo en el trabajo, que era de hecho algo inocente respecto de la gravedad de lo que estaba pasando, entendí que no había mayor problema en lo que estaba sucediendo, de manera que no sabía a ciencia cierta si debía o no presentarme, por lo que le pregunté a un trabajador más antiguo que yo, el cual me aconsejó que mejor me presentara, lo que consideré una idea razonable, por lo que decidí presentarme, quedando junto con los trabajadores de la fábrica, quienes estaban ya detenidos», indicó.

Lo que siguió fue una operación masiva de detención. «Recuerdo muy bien que ese día habíamos unos cien trabajadores detenidos, los cuales fuimos todos subidos a diferentes camiones en que había personal de la FACH también, subiéndonos a todos a garabatos y fuertes golpes en la cabeza y espalda, trasladándonos a todos a la Base Aérea El Bosque, ubicada en el paradero 33 de la Gran Avenida frente a calle Observatorio, de la comuna de El Bosque», planteó.

Aquellos lugares que para el joven eran familiares por motivos cotidianos y de esparcimiento se convertirían en el escenario de su tormento. «Esos lugares para mí eran familiares ya que solía visitar un cine que había en ese lugar, además que frecuentemente iba al Estadio de Aviación a jugar a fútbol», recordó.

Terror en la Base Aérea: vendas, manos atadas y simulacros de muerte

El ingreso al recinto militar marcó el inicio de un régimen de terror cuidadosamente planificado. «Al llegar al recinto indicado nos ingresaron a todos a unos galpones o hangares muy grandes, donde estuve detenido poco más de dos días», planteó V.G.A.V. en su relato.

Entre sus compañeros de cautiverio había personas que luego serían reconocidas como víctimas en investigaciones penales, mientras que la descripción de las condiciones de reclusión revela un patrón de vejámenes sistemáticos.

«Debo señalar que durante mi detención en la Base Aérea de El Bosque estuve la mayor parte del tiempo con los ojos vendados y las manos atadas», afirmó.

Pero lo más terrorífico estaba por venir. «En diferentes ocasiones nos juntaban en un lugar a un grupo indeterminado de personas y nos realizaban simulacros de fusilamiento», reveló, ofreciendo detalles de esta agresión.

«El hecho consistía en que nos llamaban a 22 detenidos, todos con la vista vendada y con manos atadas, los cuales éramos puestos frente a 22 soldados, los cuales efectivamente disparaban —no sé si salvas o las balas se dirigían a otro lado—». expresó.

La tortura psicológica no terminaba con el simulacro, ya que «luego de ello nos trasladaban de vuelta al hangar en el que estábamos detenidos, de suerte que, continuando con la tortura, un soldado se encargaba de comentarnos que lo que hacían era que de los 22 detenidos que eran llevados al sector de fusilamiento dos morían ya que dos de los fusiles que usaban los soldados estaban cargados con balas de guerra».

En este punto, el obrero hizo una precisión importante: «La verdad es que no me consta que eso haya sido cierto».

Sin embargo, destacó el efecto devastador de este tipo de vejamen.

«Pero la experiencia de que a deshoras, sin aviso previo, de manera agresiva y violenta, a una persona indefensa y vulnerable, inexperta en este tipo de situaciones, lo saquen a un sector de ‘fusilamiento’ genera un sufrimiento derivado de un miedo indescriptible a la muerte, cuando no se quiere perder la vida, que hasta ahora me genera un daño en mi salud mental, que lamentablemente me ha costado superar a lo largo de toda mi vida», expuso en su declaración.

El encuentro con Juvenal Barrientos

En medio de la desesperación, el joven obrero intentó contactar a un conocido que terminaría convirtiéndose en otra fuente de tormento. «Como experiencia difícil y contrariante que padecí en la misma Base Aérea señalada, en un momento de desesperación se me ocurrió la idea de preguntar a un militar de la guardia por un suboficial amigo de mi familia que cumplía funciones en ese lugar, llamado Juvenal Barrientos».

Según señaló, Barrientos «estuvo muchas veces en mi casa compartiendo con mi padre, aunque era de ideas de ‘izquierda’, entendía que seguía trabajando en la Base Aérea».

Por tal motivo, albergaba la esperanza de que el uniformado pudiera ayudarlo a «salir de este horrible lugar y zafar de los malos tratos recibidos».

Inicialmente, «sentí que el soldado no me prestó mucha atención», pero luego ocurrió algo: «Transcurrido un rato, escucho un grito a viva voz diciendo ‘quién es V.G.A.V.’, ante lo cual levanté la mano, y me llevan y me subieron a una suerte de sala u oficina, la cual estaba custodiada por dos soldados».

El encuentro, lejos de significar un alivio, se convirtió en una experiencia demoledora. «En ese lugar, me sacan la venda de los ojos y logro ver que estaba frente a mi Juvenal Barrientos, con el cual estuve al frente y con el que se permitió un diálogo que nunca olvidaré», señaló.

El diálogo que reconstruyó la víctima refleja la ruptura de cualquier vínculo de confianza o humanidad: «Él me pregunta qué quiero, y yo le digo que ‘don Juvenal, estoy detenido y no sé por qué, si no he hecho nada’, y él responde con tono firme ‘cómo que no, si eres extremista, tu papá es comunista'».

La respuesta de Barrientos selló la suerte del joven detenido. «Acto seguido le dice a los soldados que estaban de custodios que estaban conmigo ‘a ese huevón llévenlo al Grupo Rojo'».

El terror que esta orden provocó en el joven quedó plasmado en su testimonio: «Claramente la amenaza de mandarme al Grupo Rojo me dejó demasiado temeroso y me sentí más vulnerable que nunca, temí demasiado por mi vida, si bien en esos momentos no sabía lo que era el Grupo Rojo, y de hecho aún no lo tengo claro». Tras ser llevado vendado a un lugar indeterminado, su destino final fue el Estadio Nacional, «al igual que más del 80% del personal de MADECO».

Infierno en el Estadio Nacional: torturas sistemáticas

El ingreso al principal recinto deportivo del país, convertido entonces en campo de prisioneros, siguió un protocolo establecido. «Al llegar al Estadio Nacional, entramos por la puerta principal, luego nos separaron en grupos, yo ingresé a la Escotilla 7 y 8, luego por altoparlantes iban llamando a las personas para ser interrogadas», comentó.

Cuando llamaron al obrero, este fue conducido «al sector de interrogatorios ubicado en el Velódromo del Estadio». La descripción del lugar anticipa la barbarie.

«En el Velódromo había una construcción que era como un camarín o algo parecido, en ese lugar, mediante torturas constantes y muy violentas, golpes, aplicación de electricidad, amenazas, y malos tratos, nos interrogaban», recordó.

El motivo del interrogatorio estaba vinculado a la actividad laboral de los detenidos. Preguntaban «acerca de dónde estaban las armas, y quienes eran los que estaban o habían fabricado tanquetas, ya que ellos decían que estas consistían en unos montacargas tipo Yale modificados para servir como tanquetas, por lo cual los trabajadores de MADECO quedamos calificados por los militares como fabricantes de tanquetas».

«Obviamente de esa imputación a la fábrica en general nunca supe nada, de hecho no me consta y dudo que ello haya sido así», aclaró.

47 días de cautiverio: la vida en el estadio

El período de reclusión se extendió por 47 días, desde el 22 de septiembre hasta el 8 de noviembre de 1973.

«Debo señalar que desde mi ingreso al Estado Nacional estuve hasta el día 8 de noviembre de 1973, de hecho supe que se cerró por el plazo que le habían dado las nuevas autoridades como centro de detención», indicó V.G.A.V.

La incertidumbre marcaba el día a día de los prisioneros. «Los militares del recinto no sabían qué hacer con nosotros —los que no teníamos filiación política o que no participábamos de actividades sindicales o gremiales, o de cualquier naturaleza que fuera objeto de persecución—; a nosotros nos dejaron aparte, y se estaba decidiendo si nos trasladaban a Chacabuco», narró.

Finalmente, «ese día me liberaron, y luego de mucho bregar, pude llegar a mi domicilio», aunque la liberación física no significó el fin del cautiverio psicológico.

Durante esos 47 días, Aguilera fue testigo y víctima de un sistema de terror perfectamente organizado. «Me tocó vivir días de terror esperando que en cualquier momento me llamaran al ‘disco negro’ para luego ser interrogado, golpeado o torturado en el velódromo del Estadio Nacional, lugar donde solo algunos volvían con severos daños físicos y psicológicos».

El testimonio de V.G.A.V. describe con crudeza los métodos de tortura empleados:

«En dicho lugar se ejecutaban las torturas más macabras como por ejemplo la parrilla que era una especie de somier metálico en donde acostaban a los prisioneros y luego les aplicaban la corriente para que hablaran. También golpeaban brutalmente a los prisioneros en distintas partes del cuerpo, aquí también hacían los simulacros de fusilamiento y fusilamiento de muchas personas que nunca volvieron de ese lugar», relató.

La reflexión de V.G.A.V. sobre los perpetradores revela una comprensión profunda de su naturaleza y entorno.

«Los torturadores eran seres humanos ‘chilenos’, guiados por el fanatismo, por el odio y el abuso de poder, capaces de hacerle daño a otro ser humano también ‘chileno'», dijo, haciendo una distinción entre dos tipos de victimarios.

«Estos en general eran soldados jóvenes que se veían como obligados a actuar, y soldados con grados de antigüedad que parecía que disfrutaban cuando golpeaban o torturaban a un prisionero que no podía defenderse y tampoco nadie defenderlo», subrayó.


Entre las continuas torturas e interrogatorios, los prisioneros desarrollaron estrategias de supervivencia y resistencia. «La mayor parte del día lo pasábamos sentados en los tablones de las graderías, vigilados por soldados con fusil en mano controlando nuestros movimientos», narró. En ese contexto de encierro y control, surgían iniciativas para preservar la humanidad:

«Para entretenernos con palos de helados construimos una especie de cartas de dominó para jugar y distraernos durante el día», dijo

Una de las experiencias más singulares fue la formación de una banda musical improvisada. «También en la tribuna presidencial se formó una especie de banda musical con instrumentos hechos con tarros vacíos, cajas de cartón, trozos de madera y otros elementos acústicos. Esta banda interpretaba algunas canciones contagiosas como el famoso ‘patito chiquito’, todos los días le agregaban una palla humorística relacionada con el contexto de lo que estábamos viviendo».

Sin embargo, el relato se llena de ironía cuando V.G.A.V. recordó que «esta banda fue mostrada en la televisión y utilizada por el Régimen para demostrar que dentro del estadio lo estábamos pasando bien». La manipulación propagandística contrastaba brutalmente con la realidad de torturas, simulacros de fusilamiento y desapariciones que ocurrían en otros sectores del recinto.

El episodio que marcó el fin de la banda fue cuando «interpretó el himno ‘Venceremos’ el cual todo el estadio coreó y mientras esto ocurría los soldados disparaban al aire en son de advertencia. Después de ese acontecimiento nunca más autorizaron la banda».

V.G.A.V. también se refirió a las condiciones materiales de reclusión eran extremadamente duras. a al que los reclusos eran sometidos.

«En las noches que eran muy heladas, dormíamos todos hacinados en el piso de los pasillos solo con lo que llevábamos puesto (…) Producto del encierro perdimos la noción del tiempo, ya no sabíamos qué día o qué mes era ya que solo estábamos preocupados de ‘vivir’ un día más», admitió.

La falta de alimentación e higiene afectaba profundamente a los prisioneros. «Poco a poco empecé a adelgazar y por la falta de ducha creo que desprendía un olor casi nauseabundo, me sentía muy débil y angustiado luego de casi un mes y medio de encierro», recordó.

Una vida marcada para siempre

El testimonio de V.G.A.V no se limita a la descripción de los hechos, sino que aborda las consecuencias permanentes que estos tuvieron en su vida. «Si bien es cierto sobreviví 47 días en mi detención en el Estadio Nacional, lo hice cargando profundas huellas físicas y psíquicas que destruyeron mis proyectos de vida para siempre. Creo que ningún ser humano que pasa estas experiencias desgarradoras, sale incólume de ellas».

«Después de mi libertad incondicional seguí siendo ‘prisionero’, pero de mi pasado», dijo al señalar que el retorno a la comunidad estuvo marcado por el aislamiento y el miedo de quienes lo rodeaban:

«Cuando intenté integrarme a mi comunidad de vecinos, amigos y algunos familiares movidos por el terror de pasar por lo mismo, tomaron distancia negándome muchas veces hasta el saludo, con lo que la orfandad, indefensión y marginación social me acompañó durante todo el periodo dictatorial», planteó en su relato.

La reinserción laboral también estuvo condicionada por el estigma de haber sido detenido. «Luego de integrarme a mi trabajo en MADECO, ingresé bajo algunas recomendaciones para que me dedicara solo a trabajar sin sociabilizar mucho con mis compañeros. Por mucho tiempo estuve en su ‘lista negra'», describió.

La sentencia del Vigesimosexto Juzgado Civil de Santiago no solo representa una reparación económica para Aguilera, sino que constituye un reconocimiento judicial de la calidad de víctima de crimen de lesa humanidad, con todas las consecuencias jurídicas que ello implica, especialmente la imprescriptibilidad de la acción.

El caso de V.G.A.V. se suma a la larga lista de procesos en que los tribunales de nuestro país han ido estableciendo, caso a caso, la responsabilidad del Estado en las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura militar, reafirmando el principio de que crímenes tan graves no pueden quedar impunes ni ser olvidados por el mero paso del tiempo.

Ver el fallo de Primera Instancia 

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Marzo 2, 2026 • 4 horas atrás por: ElCiudadano.cl 99 visitas 1842488

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