Después del ‘caso Alves’
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Después del ‘caso Alves’

La absolución de Dani Alves vuelve a dejar en el aire una pesada realidad: hay denuncias sobre hechos que ocurren en tal intimidad (la práctica totalidad de los delitos graves de violencia sexual) que la justicia encargada de ellos acaba, tras bracear sin éxito, encogiéndose de hombros. Es decir: hay pruebas que demuestran una penetración, pero no las hay de que sea sin consentimiento; hay pruebas que demuestran que los dos entraron en los servicios, pero no de lo que ocurrió dentro. Uno cambió de versión compulsivamente y otra dijo algo (que estaban incómodas con el grupo de Alves) que las cámaras desmintieron: pudo haber mentido para reforzar la verdad: que fue agredida dentro del baño; pudo mentir para asegurar una falsedad: que lo que ocurrió en el baño fue consensuado; pudo no recordar bien el ambiente en el que estaba debido al alcohol, y equivocarse. Hay hechos objetivos (el nerviosismo y el llanto incontrolado de la chica al denunciar en la propia discoteca, y su negativa a formalizar una denuncia hasta que la convencieron) que ayudan a la víctima; hay otro que ayuda al acusado: en el momento crucial, sólo hay una palabra contra la otra y la prevalencia de la presunción de inocencia. Admitido todo esto, ¿quién denuncia una violación? ¿Cómo se defiende a las mujeres que no denuncian, cómo se defiende a las mujeres que denuncian y no pueden demostrar la verdad? ¿Por qué puede llegar a ser mejor para una mujer, llegado un juicio por violación, haber recibido una paliza que no recibirla? La denuncia supone someterse a un escrutinio público de tal forma que, automáticamente, para miles de personas la mujer está mintiendo. Y eso sólo es el principio. Queda el juicio, que nunca es agradable ni barato, en el que tiene que demostrar algo que a veces no puede demostrar: eso no significa que esté mintiendo. No es una crítica a la justicia: la palabra de una mujer no está por encima de la presunción de inocencia (aunque muchas veces la única prueba de cargo en estos delitos sea esa palabra). Es una constatación: violar puede ser muy barato y no hay herramientas para impedirlo; denunciar una violación tiene siempre un coste altísimo, sea cual sea la sentencia.
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