SEÑOR DIRECTOR:
La discusión instalada en torno a los detectores de metales y la revisión de mochilas (como medidas más llamativas) reproduce, en el fondo, la dicotomía entre dictaminar sanciones concretas o apostar por el diálogo formativo. Entiendo la lógica de quienes rechazan las medidas de control como respuesta única: una escuela que inspecciona a sus estudiantes en la entrada no es, por ese solo hecho, una escuela más justa ni más segura. Pero tampoco es sostenible que el diálogo y la reflexión bastan por sí solos. Las acciones humanas no son moralmente neutras: producen efectos sobre otros. Reconocerse como autor de los propios actos es la condición sobre la que se sostiene cualquier desarrollo moral genuino.
El marco regulatorio claro y las consecuencias predecibles no son el opuesto del proceso educativo, sino la condición a priori para los cimientos de una sana convivencia. Un estudiante que enfrenta una consecuencia real, en un proceso que lo interpela y le exige hacerse cargo, no está siendo simplemente castigado: está siendo situado frente a la responsabilidad que conlleva vivir en comunidad. Esto también es parte de la formación, que a veces requiere de firmeza para no claudicar al bien mayor.
Se necesita un sistema capaz de forjar ciudadanos que asuman que vivir en comunidad implica responder por los propios actos. La norma sin reflexión coerciona; la reflexión sin norma se diluye. Cuando ambas se sostienen mutuamente, ocurre algo más que disciplina o diálogo: ocurre educación. Eso, y no otra cosa, es lo que una escuela le debe a sus estudiantes.
M. Solange Favereau C.
Directora Pedagogía Media
Universidad de los Andes
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