SEÑOR DIRECTOR:
Las llamadas “dark kitchens o cocinas ciegas” han transformado la forma en que consumimos comida, facilitando el acceso a una amplia oferta gastronómica mediante plataformas de reparto. Pero detrás de este modelo existe una realidad menos visible: los impactos que puede generar cuando se instala en entornos residenciales.
En el sector Tabancura, en Vitacura, llevamos más de tres años conviviendo con ruidos, vibraciones y olores provenientes de una “dark kitchen” ubicada junto a nuestras viviendas. Estas molestias afectan la vida cotidiana, en patios y terrazas, e incluso impiden mantener abiertas las ventanas de nuestros hogares.
Pese a denuncias, fiscalizaciones y medidas correctivas, el problema persiste.
Lo que ocurre en nuestro sector no parece ser un caso aislado, sino parte de una discusión urbana cada vez más presente: cómo ciertas actividades intensivas, amparadas bajo categorías regulatorias concebidas para actividades “inofensivas”, terminan generando impactos incompatibles con la vida residencial.
El fenómeno de las llamadas “cocinas ciegas” y operaciones similares evidencia la necesidad de revisar normas y criterios que hoy parecen insuficientes para resguardar adecuadamente la calidad de vida de las comunidades que viven detrás.
Mª Soledad Llamazales Armstrong
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