El Ciudadano
Por Oliver Vargas

La visita de Trump a Beijing es un momento histórico en el que se podrá anteponer la sensatez estratégica a la confrontación destructiva. Un futuro de estabilidad comercial, beneficio mutuo y respeto a la soberanía está al alcance. En lugar de caer en un mal cálculo, Estados Unidos debería ver como una oportunidad este espacio de diálogo con China, que hoy se sitúa a la vanguardia de las industrias llamadas a definir las próximas décadas: inteligencia artificial, manufactura avanzada, energías limpias, vehículos eléctricos, semiconductores, biotecnología y más.
Vale la pena recordar cuánto está en juego. Las cadenas de suministro que conectan a China y a Estados Unidos sostienen fábricas en Brasil, puertos en Europa, plantas procesadoras en Asia y empresas públicas y privadas en prácticamente todos los países de nuestro planeta. Cuando ambas partes se relacionan de manera constructiva, la economía global gana espacio para respirar y crecer. Cuando se distancian, los costos se propagan más allá de sus fronteras, y los países menos responsables de la tensión suelen pagar los precios más altos. La decisión que ahora sopesan las dos capitales nos atañe a todos.
En cada fase de la reciente turbulencia, la postura de Beijing ha sido reconocible: abierta a la cooperación, dispuesta a gestionar las diferencias y siempre inequívoca en su defensa de la soberanía como principio inviolable. Como lo ha expresado recientemente el canciller Wang Yi, darse la espalda solo agravaría los malentendidos y los errores de cálculo, mientras que deslizarse hacia la confrontación podría afectar al mundo entero. Describe, con sobriedad, lo que está en riesgo cuando dos naciones de este tamaño pierden el hábito de hablarse entre sí, y lo que se gana cuando lo mantienen vivo.
La diplomacia entre jefes de Estado ha tenido tanto peso en los últimos años precisamente por esa razón. Cuando la relación bilateral en su conjunto atraviesa tensiones, el contacto directo entre ambos presidentes ha aportado, de manera constante, la orientación estratégica necesaria para estabilizarla. En su anterior encuentro en Busan, el presidente Xi Jinping instó al presidente Donald Trump a pensar a lo grande y a reconocer los beneficios de largo plazo de hacer las cosas bien: anclar la relación en el respeto mutuo, la coexistencia pacífica y resultados mutuamente beneficiosos. El presidente Trump, por su parte, ha descrito las relaciones sino-estadounidenses como las más importantes del mundo y ha señalado su apertura al diálogo sostenido. Garantizar esa apertura por ambas partes es la base sobre la que puede edificarse la conversación actual.
Una asociación duradera exige franqueza respecto a los intereses fundamentales de cada parte. El Sur Global, del que China forma parte, lleva mucho tiempo reclamando precisamente eso: el respeto a la soberanía como principio rector de las relaciones internacionales. La aspiración a ser tratado como igual —a trazar el propio camino de desarrollo, a fijar las propias prioridades— es compartida por China y por los pueblos de Asia, África, América Latina y Medio Oriente. Está consagrada en la Carta de las Naciones Unidas como principio fundamental del orden internacional, y refleja lo que, en silencio, la mayoría de los pueblos del mundo espera del sistema que rige sus vidas. Tratar a las demás naciones como iguales no le cuesta nada a Estados Unidos; al contrario, reforzaría su posición ante el mundo.
En ese marco, la cuestión de Taiwán es crucial, precisamente porque es una cuestión de soberanía. Beijing ha sido coherente durante muchas décadas: Taiwán es parte de China, y la reunificación es un asunto del pueblo chino. El presidente Xi reiteró ese punto en su llamada telefónica de febrero con el presidente Trump. Reconocer esa preocupación —como lo hizo formalmente el propio Estados Unidos al establecer relaciones diplomáticas con la República Popular— refleja el mismo respeto a la soberanía que cualquier país, incluido Estados Unidos, esperaría para sí mismo.
Lo que se anhela es soberanía, un comercio predecible y mutuamente beneficioso, espacio para desarrollarse y protección frente a los efectos desestabilizadores de medidas unilaterales.
Las salvaguardas prácticas también importan, y varias están funcionando. El Acuerdo de Comunicación Militar Marítima, reanudado en 2024, reunió a representantes militares de ambas partes en Hawái en noviembre pasado para revisar casos operativos y afinar los procedimientos de comunicación. Es un trabajo discreto, y exactamente el tipo de hábito profesional que evita que un malentendido en el mar se convierta en algo que ningún gobierno desea. Ambas partes merecen reconocimiento por sostener esas rutinas.
El resto del mundo observa, y espera. Lo que se anhela es soberanía, un comercio predecible y mutuamente beneficioso, espacio para desarrollarse y protección frente a los efectos desestabilizadores de medidas unilaterales.
Ahí radica el núcleo de la oportunidad que hoy tienen ante sí los dos presidentes. Los contornos de una relación viable no son un misterio: pasan por el respeto mutuo y la igualdad soberana. Requieren contrapartes dispuestas a gestionar las diferencias con responsabilidad y, al hacerlo, brindar una economía global más estable y dejar a ambos gobiernos en libertad de concentrarse en los desafíos que ninguno puede resolver por sí solo.
El desenlace contrario tendría un costo difícil de exagerar: una fractura entre las dos mayores economías del mundo se propagaría mucho más allá de sus fronteras, pesando sobre el crecimiento de cada región y sobre el costo de vida en cada hogar expuesto al comercio mundial. Pocas posibilidades serían más perjudiciales para la comunidad internacional. Ninguna sería un mayor desperdicio de una oportunidad que, con paciencia y buena fe de ambas partes, sigue plenamente al alcance.
A juzgar por todos los indicios disponibles, Beijing ha optado por el diálogo, la coexistencia y la mirada de largo plazo. La sabiduría estratégica está al alcance de ambas capitales mientras se sientan frente a frente. Con ella, los dos países pueden ayudar a construir un futuro de estabilidad, anclado en el respeto a la soberanía y en la igualdad de todas las naciones, que permita florecer a la economía global y a las personas que dependen de ella. Es una oportunidad que vale la pena tomar, y que el mundo, en silencio, confía en que ambas partes tomen juntas.
Por Oliver Vargas
Periodista de CGTN
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
La entrada Diálogo: el resguardo contra el mal cálculo estratégico entre China y Estados Unidos se publicó primero en El Ciudadano.
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