Para entender a Prince solo hace falta un par de auriculares y la disposición de aceptar que un hombre de poco más de metro sesenta, subido a unos tacones de infarto, fuera capaz de "comerse" a cualquier banda de rock consagrada sin despeinarse. Prince no necesitaba que sus asesores le dijeran cómo actuar: Él era el espectáculo, la empresa y el producto.
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