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Dime de qué te ríes

El Ciudadano

Por Álvaro Ramis

«La risa abunda en la boca de los necios». El dicho describe con precisión lo que estamos viendo. No habla de la risa que nace de la alegría limpia que acompaña a quien se esfuerza y sale adelante. Habla de otra cosa: una risa abundante por hueca, dirigida siempre hacia el mismo lugar, el de los indefensos.

Vivimos tiempos duros y la sonrisa hace falta. Pero hay un abismo entre la risa que humaniza y la carcajada que degrada. Quien resiste suele hacerlo riendo, y esa risa pesa, tiene cuerpo. La otra —la de adultos burlándose de niños autistas, como vimos hace poco— no tiene nada adentro salvo crueldad disfrazada.

Ítalo Omegna y su entorno en el Instituto Mises no inventaron esta fórmula. Son apenas su versión más descarada. La derecha radical chilena lleva años convirtiendo cualquier diferencia en motivo de burla: la mujer que reclama derechos es «histérica», el migrante es «invasor», la persona LGBTQ+ es «desviada», quien vive con discapacidad es blanco fácil. Ahora también los niños autistas.

No hay ningún brillo ahí. Hay repetición, pereza, necedad en el sentido más literal de la palabra. Esta gente hace rato dejó de tener un proyecto político que defender con argumentos. Les queda la risa, nomás. Vacía, apuntada siempre hacia abajo, porque es lo único que les da una sensación de fuerza cuando ya no tienen razones.

Ese vacío es el síntoma de un colapso, humano e ideológico a la vez. Cuando ya no se puede argumentar, cuando la realidad desmiente el proyecto una y otra vez, queda la violencia simbólica de la burla. Se ensañan con los más débiles no porque tengan agallas, sino porque ahí no van a encontrar resistencia.

Los hombres que se burlan de personas con discapacidad no son libertarios, son cobardes con poder.

La risa en grupo que los acompaña cumple su función: es la cofradía que celebra el chiste podrido, la que ríe en manada para sellar la pertenencia al antro de la deshumanización. Por eso el humor degradante opera como gesto político —construye clubes de exclusión que se sostienen unos a otros en su pequeñez.

Un adulto que se ríe de un niño no es ingenioso, es bruto. Los hombres que se burlan de personas con discapacidad no son libertarios, son cobardes con poder. Atacar a quien no puede defenderse no es inteligencia. Es crueldad con disfraz de comedia.

Cuando el Instituto Mises anunció la salida de Omegna, habló de «valores» y «estándares de conducta». Puro cinismo. A ese instituto nunca le molestó lo que hacían Omegna y sus amigos mientras quedara puertas adentro. El problema fue que se hizo público, que el país vio la cara real de ese programa: necedad, crueldad, incapacidad de construir nada y de respetar a nadie.

Porque eso es justamente lo que la derecha radical no soporta: que le muestren su propia ridiculez. En el fondo sabe que esa risa abundante es el síntoma de su agotamiento. Porque un proyecto político que goza burlándose de los débiles no le ofrece futuro a nadie.

Dime de qué te ríes y te diré quién eres. Y si te ríes de quien no puede defenderse, te digo algo más: eres tan patético que ya nadie te puede tomar en serio.

Por Álvaro Ramis

Teólogo, doctor en filosofía. Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.


Las expresiones emitidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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Julio 27, 2026 • 1 hora atrás por: ElCiudadano.cl 27 visitas 2327396

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