Director de Matapanki: “Nos gustaba la idea de que alguien viera la película y pensara ‘esto lo puedo hacer en mi casa’”

Matapanki irrumpió el primer semestre de este 2026 como la gran novedad del cine chileno. Dirigida por Diego “Mapache” Fuentes, la película se instala en un territorio poco explorado como Quilicura, para construir desde ahí una identidad visual y narrativa propia, lejos de los códigos más tradicionales del cine nacional.

La película chilena dirigida por Diego “Mapache” Fuentes, se ha consolidado como una de las producciones más destacadas del cine chileno reciente tras un exitoso recorrido por festivales nacionales e internacionales. La cinta obtuvo la Mención Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Berlín (sección Generation 14+), además de ser reconocida como Mejor Película Chilena y Mejor Largometraje Juvenil en el Festival Internacional de Cine de Valdivia, y Mejor Largometraje Nacional en el Festival de Cine de Chiloé.

La ópera prima del director, cruza lo marginal con lo fantástico, lo político con lo grotesco, y se alimenta tanto del cómic y el videojuego como de la experiencia cotidiana en la periferia urbana.

En ella, Fuentes deja ver una propuesta autoral clara: una estética de lo “hecho a mano”, influenciado por el fanzine, el anime y lo punk. Pero puesta al servicio de una historia que dialoga con el malestar social y la rabia generacional.

En Matapanki, se apuesta por filmar desde lo que se conoce, desde el territorio propio, y hablar en una lenguaje reconocible, sin neutralizar ni suavizar la experiencia local.

En esta entrevista con La Nación, el director aborda el origen de la película, sus influencias y decisiones formales, así como su mirada sobre el cine chileno actual. También adelanta las líneas de su próximo proyecto, Corazón de Polilla, donde profundiza en una exploración estética y temática que tensiona el cuerpo, la identidad y los límites del relato.

Estética, territorio y “hazlo tú mismo”

En Matapanki tus personajes son de los márgenes de la ciudad, y se percibe esa estética de lo marginal, de lo liminal. ¿Por qué te interesa contar la historia desde ahí?

-Fue un tema que salió desde el inicio de la película. Para mí tenía que ver con que siempre he creído que uno, como director o artista, debe hablar desde su punto de vista, desde lo que conoce.

“Cuando empezamos el desarrollo, estaba escribiendo el guion en Independencia o Recoleta, pero se sentía extraño. Yo nunca he vivido ahí, no soy vecino, no me sentía parte. En cambio, viví prácticamente toda mi vida en Quilicura. Entonces no solo era más fácil escribir desde ahí, sino que también sentía la necesidad de poner ese lugar en el mapa.

Siento que hay pocas películas que ocurran en Quilicura. En los últimos años pienso en Piola, pero no muchas más. Entonces llegué a ese punto en que está lo residencial —las villas, las poblaciones—, pero también una zona rara donde conviven campo e industria. Puedes ver el humedal y, al fondo, el cordón industrial. Es un lugar único dentro de Santiago”.

Tu estilo mezcla cómic fanzine, anime y estética punk. ¿De dónde vienen esas influencias y cómo las trabajaste en la película?

-Vienen desde que era chico. De hecho, siento que vengo más del mundo del videojuego, esa fue mi primera pasión. Después vino el cine. Juego más de lo que veo películas. Y lo mismo con el cómic. Siempre sentí que era un medio entretenido y que dialogaba bien con la temática y la estética de la película, sobre todo con la lógica del fanzine.

“Desde el inicio sabíamos que queríamos ese grano, esa textura de fotocopia. Queríamos hacer una película punk, que no se viera limpia en 4K. Todo llegó de forma orgánica: cómic, videojuegos, anime.

No fue una investigación tan larga. Muchas veces era referenciar: “oye, esta escena de tal anime”, “este momento de tal cómic”. Todos manejábamos esos códigos, estábamos en la misma página”.

De izquierda a derecha; Florencia Aguilera, directora de Arte; Diego “Mapache” Fuentes, director de Matapanki, en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale).

La película tiene una estética muy “hecha a mano”. ¿Eso fue por necesidad o una decisión artística?

-Ambas cosas. Teníamos ideas de VFX, efectos prácticos, pero sentimos que faltaba algo que uniera todo.

“Ahí apareció la rotoscopía, casi de forma orgánica. Habíamos tenido clases con Niles Atallah, que trabaja esa técnica. Encajaba perfecto con nuestros recursos y con la idea de “hazlo tú mismo”.

Nos gustaba la idea de que alguien viera la película y pensara “esto lo puedo hacer en mi casa”. Era algo muy bonito, más allá de lo técnico. Además, dialogaba con lo artesanal: imprimir frames, dibujar encima”.

La película combina humor, lo grotesco, el delirio pero también hay mucha emotividad. ¿Cómo lograste que todo eso funcione sin desarmarse?

-Primero, había una necesidad de abordar la crítica social desde el humor. El guion nace desde la rabia, pero hacerlo serio se sentía raro, porque el contexto político ya era surreal. Entonces la sátira era necesaria. Y lo emotivo también surgió de forma orgánica. Pensaba en mis amigos, en mi entorno, en las situaciones que vivimos.

“La clave estuvo en la puesta en escena y en el trabajo con actores. Había una preocupación porque lo emotivo fuera genuino, no cebollero. Que se sintiera real. Por ejemplo, la figura de la abuela con el protagonista: todos tenemos ese vínculo. Es algo universal”.

-De hecho la abuela aparece como una figura espiritual, estilo maestro Yoda. ¿Cómo trabajaron ese rol?

-Lo hablamos mucho. La abuela es esa voz de sabiduría, no necesariamente de la razón, pero sí de guía. Pensábamos en referentes latinoamericanos e indígenas. Porque el “guerrero elegido” no venía del cine, sino de figuras como el toqui. Y por otro lado, la abuela se llama María Luisa en referencia a María Luisa Toledo. Entonces hay ahí un símbolo detrás. No queríamos referencias vacías, sino homenajes que aportaran sentido.

Tu película dialoga con el género de superhéroes, pero desde una mirada crítica. ¿Cómo abordaron eso?

-Nunca vimos a Ricardo (protagonista) como un superhéroe. Más bien como un anti-héroe, aunque tampoco quisimos encasillarlo en eso. Ocurre que en Chile no hay un status quo que restaurar. El país está en constante cambio, y en procesos de cambio súper extraños, creo yo. Lo que estamos viviendo con el Gobierno actual, es como que todos los días hay una razón para enojarte, y todos los días hay un cambio bizarro. Entonces era imposible hacer una historia donde el protagonista pudiera solucionar todo. Porque no hay final feliz clásico posible acá. Y eso viene también de una postura: no creemos en soluciones simples.

Lenguaje, política y nuevo cine chileno

En el cine chileno reciente hay películas que parecen hablar directamente al público local, como Denominación de origen, Me rompiste el corazón, Historia y geografía, y también la tuya. ¿Cómo ves esta tendencia y dónde se ubica tu película en ella?

-Creo que Matapanki llega ahí por cómo fue creada. No la hicimos pensando en festivales internacionales, sino en el espectador chileno: vecinos, amigos, gente cercana. Además, para mí era clave que se hablara en chileno. No creo en el español neutro. El lenguaje es parte de la identidad, y que hablemos como hablemos está súper bien. No hay una forma correcta de español.

“Creo que es algo bonito que está pasando: una preocupación por conectar con el público local. Para mí no es la única forma válida de hacer cine, pero sí es una que me interesa”.

Antes parecía haber una tendencia a neutralizar el lenguaje para llegar al extranjero. ¿Crees que eso ha cambiado? ¿Es algo que se enseña en las escuelas de cine?

-Sí, pero no creo que haya sido una instrucción académica. Es más bien algo cultural: la idea de que hablamos mal. Yo no creo eso. Cada país tiene su forma de hablar, y eso es lo interesante. Cuando veo cine de otros países, quiero escuchar su acento, no algo neutral, porque finalmente eliminar eso es perder una herramienta narrativa importante.

Después de Matapanki

Para cerrar, ¿qué se viene ahora en cuanto a proyectos?

-Sigo con Matapanki en salas y estoy desarrollando mi segunda película, Corazón de Polilla. Es una historia muy distinta, en color. Cada proyecto tiene sus propias necesidades. Me interesa que cada película tenga una anomalía visual o sonora propia.

“En este caso quiero trabajar con pixilación (stop motion con personas). La historia es un triángulo amoroso entre Dani, una persona de género fluido, su mejor amigo y Julieta, una chica que emerge de una crisálida.

Hay elementos fantásticos, personas polilla, y también una dimensión política: antifascismo, antirracismo. Pero todo desde el subtexto. Eso sí, todavía está en desarrollo, pero va por ese camino”.

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Abril 13, 2026 • 1 hora atrás por: LaNacion.cl 26 visitas 1987444

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