El Ciudadano
Por Ricardo Manzur Carrasco

En Chile, el Estado sabe perfectamente que el lenguaje mata. Lo tiene documentado, financiado y publicado en guías técnicas que luego juntan polvo en los escritorios ministeriales. El problema es que nadie las lee y, mucho menos, las aplica.
SENDA dispone de una guía oficial de lenguaje inclusivo para el abordaje de las adicciones donde se explica, con precisión clínica, por qué términos como «drogadicto», «alcohólico» o «vicio» no son solo descortesías, sino barreras de acero que impiden el acceso al tratamiento. Son la razón por la que una persona con un Trastorno por Uso de Sustancias (TUS) llega a pedir ayuda diez años tarde, cuando ya le queda poco que salvar.
Esa guía existe, pero el Estado habla de una cosa y hace otra. El Plan de Acción 2024-2030 del Gobierno reconoce explícitamente que el estigma es el principal obstáculo para la recuperación, definiéndolo como una prioridad estratégica. Sin embargo, basta encender la televisión pública o escuchar un discurso político para encontrar la misma retórica de siempre: la «guerra contra las drogas» o el «flagelo del vicio».
El mismo Estado que publica manuales de respeto avala campañas comunicacionales que deshumanizan a los pacientes. Según datos de la propia institución, el 70% de los chilenos asocia el consumo problemático a características negativas. Ese estigma no nace de la nada; lo construye la autoridad con cada palabra mal empleada.
…el 70% de los chilenos asocia el consumo problemático a características negativas. Ese estigma no nace de la nada; lo construye la autoridad con cada palabra mal empleada.
La evidencia científica no es una opinión ni un capricho semántico. Una revisión publicada en Frontiers in Psychiatry en 2024 documenta que el estigma lleva a las personas a evitar la atención médica e incluso a no llamar a urgencias tras una sobredosis por miedo a ser juzgado. La investigación demuestra que términos como «adicto» alimentan sesgos negativos. En estudios clínicos, los médicos calificaron a pacientes descritos como «abusadores de sustancias» como más merecedores de castigo que aquellos descritos como personas con un «trastorno por uso de sustancias». Una sola palabra cambia el trato. Una sola palabra puede cerrar la puerta de un centro de rehabilitación antes de que el paciente la cruce.
Como periodista, lo digo sin eufemismos: nuestra profesión tiene una deuda de sangre con este tema. El lenguaje estigmatizante en las noticias contribuye directamente al rechazo público de intervenciones basadas en evidencia científica. Cada vez que un titular dice «cayó adicto en las garras del vicio», el periodista está haciendo un trabajo técnicamente incorrecto y éticamente cuestionable. El problema es que las escuelas de periodismo en Chile no forman en salud mental; se enseña a cubrir la bolsa, la política o el fútbol, pero no a informar sobre adicciones sin matar a alguien en el proceso.
El problema tiene solución y no requiere presupuestos millonarios, sino coraje político y rigor técnico. El Ministerio de Salud y SENDA deben exigir que toda comunicación estatal use el lenguaje de sus propias guías de forma obligatoria, no como una sugerencia amable. El CNTV y el Colegio de Periodistas deben incorporar manuales de cobertura con el mismo estándar que existe para el suicidio, y las facultades de comunicación deben incluir la salud mental como contenido base en sus currículums. Las personas que hoy esperan para pedir ayuda no necesitan más slogans publicitarios. Necesitan que, cuando finalmente llamen al 1412 o lleguen a un consultorio, nadie los llame «drogadictos». Eso no cuesta un peso. Solo requiere dejar de usar el lenguaje como un arma.
Por Ricardo Manzur Carrasco
Periodista especializado en salud mental y adicciones (OPS/OMS-SENDA). En recuperación.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
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