Que la duración de las carreras en Chile sea excesiva es un tema que ha estado en la discusión política en educación superior desde hace muchos años, alimentada por el alto costo para las familias y el Estado. Sin embargo, hoy se suman otras preguntas, igualmente relevantes y urgentes, que pueden reorientar esa discusión.
Acortar las carreras, requiere corregir las falencias en el aprendizaje de los estudiantes que ingresan, ya sea que se mejore la educación escolar y media o que la universidad cree un año o semestre cero para quienes llegan con aprendizajes insuficientes, con el objetivo de ofrecer oportunidades para la diversidad de estudiantes.
Las universidades pueden adecuarse a un sistema estandarizado a 2+1(a 2)+1 (a 2), es decir, de dos años de bachillerato y uno a dos años de licenciatura dependiendo de la carrera. La habilitación requiere de un título con uno a dos años adicionales, que debe otorgarse con un grado de magíster profesional, de forma de reconocer la equivalencia con la realidad internacional. Así, las carreras durarían de 3 a 4 años y la habilitación profesional en la universidad equivale a la formación de magíster, es decir, igual duración que en Europa por igual formación. Este sistema debiera concebirse dentro de un Marco de Cualificaciones que defina niveles de formación asociados a capacidades laborales. El Estado, por su parte, debe revisar qué carreras requieren un título para el ejercicio profesional en el sistema público, o, mejor aún, qué cualificación se exige para cada cargo en el servicio público.
No debemos desatender el impacto financiero que estos cambios inducen en las instituciones, particularmente la merma de ingresos derivada de la reducción de la duración de las carreras. Esta situación puede ser inmanejable para la investigación en las universidades, dada la grave falta de financiamiento basal que permita mantener un plantel de investigadores con una carrera académica. En Europa, donde hemos hecho la comparación, la inversión en I+D es del 2,2% del PIB, frente a nuestro magro 0,4%, y esa diferencia explica la falta de sostenibilidad financiera de las universidades complejas.
Las otras preguntas que debemos abordar se refieren al impacto de la inteligencia artificial (IA) y la educación a distancia en la educación superior. Esto requiere una revisión profunda y urgente del paradigma educativo tradicional, para actualizar el rol del profesor y del estudiante, la necesidad de la presencialidad y la incorporación de una IA cada vez más inteligente y desafiante, tanto técnica como éticamente.
Mientras lo anterior —las carreras y su duración— es una discusión en la que estamos atrasados en décadas, la innovación tecnológica es un desafío actual ineludible para todas las universidades del mundo. Pero lo primero puede tener una discusión distinta en el contexto de lo segundo, por ejemplo, respecto del financiamiento frente a un incremento de la educación a distancia y acompañada por IA.
Lo que está por verse es cuán preparados estamos para asumir estos desafíos.
Por Francisco Martínez Concha, Decano y Profesor Titular FCFM Universidad de Chile, candidato a Rector 2026-2030.
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