Ediciones facsimilares de Mauricio Redolés: Libros que incomodan

El Ciudadano

Por Osvaldo Carvajal M., académico de Licenciatura en Letras y del Doctorado en Humanidades Aplicadas de la U. Andrés Bello

Mauricio Redolés probablemente sea, después de Gabriela Mistral, el poeta más cantado de Chile. Sin embargo, casi no tenemos sus libros.

Partamos diciendo las cosas como son. El campo literario, que tiende a ser una cuestión de elite, decide —a través de la academia y la crítica— qué entra y qué queda fuera de la historia de la literatura. Solo después de ese filtro una obra comienza a producirse, circular y, en el mejor de los casos, masificarse.

Redolés, incómodo para cualquier tipo de elite, por supuesto no fue invitado a esa mesa. Todo cambió en el momento en que musicalizó sus poemas. La oralidad está en el origen mismo de la poesía y él supo devolverla a ese lugar. Por eso su tribu es extraordinariamente transversal: desde el punto de vista etario, de género e, incluso, de clase.

La conmemoración de sus cincuenta años de trayectoria, celebrados el año pasado, ofrece una buena oportunidad para volver a mirar una obra que, pese a su amplitud y diversidad, ha sido sistemáticamente desestimada como objeto de análisis literario. Pero hay un inconveniente. No tenemos sus libros.

O, para decirlo de manera más precisa, los libros están, estuvieron, pero no llegan a los circuitos editoriales masivos. Muchos fueron publicados durante el exilio. Otros aparecieron a su regreso como autoediciones o fueron hechos por editoriales pequeñas en tirajes reducidos y casi ninguno volvió a ser editado.

Creo que no es arriesgado decir que la mayoría hemos leído a Redolés en antologías. Así ocurrió con quienes lo conocieron a través de Entre la lluvia y el arcoíris, la antología de poetas jóvenes chilenos publicada por Soledad Bianchi en 1983; y también con quienes, hoy, se topan en el anaquel de alguna librería independiente con El estilo de mis matemáticas, editado por Lumen en 2017. Este último, además, una suerte de “remasterización” —como la define Yanko González— de la antología que el propio autor compiló el 2000 y que se conoce como “el libro rosado de Redolés”.

Entonces, sí, las antologías nos han permitido leer a Redolés. Pero una antología, inevitablemente, selecciona: incluso cuando esa selección la hace el mismo autor o autora. Escoge algunos poemas, deja otros fuera, altera el orden de los textos y los dispone en una nueva arquitectura. Construye una trayectoria desde el presente. Y eso no es un defecto, pero constituye otro libro.

La historia de cómo se gestó la publicación de Notas para una contribución a un estudio materialista sobre los hermosos y horripilantes destellos de la (cabrona) tensa calma y Notas y Chilean Speech/Chilean Espich puede leerse contada por el propio Redolés. Pero va un spoiler: no se trata simplemente de dos libros. Son también dos objetos que permiten reconstruir las condiciones materiales, afectivas y políticas que hicieron posible su escritura: la red de exiliados y exiliadas que tejió esos libros.

Por eso resulta tan elocuente que vuelvan a circular en ediciones facsimilares. El facsímil no busca solamente recuperar el contenido de un libro. Tampoco busca modernizarlo, corregir su apariencia ni adaptarlo a las convenciones actuales de la industria editorial.

En ese sentido, el facsímil es un ejercicio de memoria. Pero no de una memoria cómoda. No devuelve el pasado limpio, corregido ni completamente domesticado. Devuelve también sus tensiones, sus asperezas y sus contradicciones. Por eso creo que estas ediciones incomodan de una forma semejante a como incomoda toda la obra redoliana.

Redolés incomoda porque no permite separar fácilmente poesía y canción, literatura y política, alta cultura y cultura popular. Incomoda porque no tiene muchos libros y cuando los tiene, no se encuentran. Incomoda porque no lo pillamos en las librerías del mall o en los sitios web donde compramos con descuentos de influencers.

Para conseguir sus libros hay que acercarse a esa mesita que siempre espera a la salida de sus conciertos y que ha recorrido los rincones más diversos de Chile. Allí suele estar Carolina González Sáez —editora, productora y compañera de vida de Redolés—, corazón de la autogestión que ha mantenido en pie, literalmente, al poeta y a su obra durante las últimas décadas. Si Kharito está resolviendo algún asunto urgente, la reemplaza su hija, Florencia Redolés González. Antes fue Sebastián Redolés Jadresic —hoy integrante de la banda— quien asumía esa misma tarea.

No es casualidad. Beta Pictoris, el sello independiente que publica los libros y discos de un solo autor (Mauricio Redolés), es mucho más que una editorial: es una nueva red de solidaridad, afectos y compromiso político que ha permitido que la obra de Redolés siga circulando y, sobre todo, siga incomodando.

Por eso, estas ediciones facsimilares no corrigen esa incomodidad. La conservan y la exhiben con orgullo. Y eso importa, porque hacer memoria también significa devolver al presente aquello que todavía puede desordenarlo y revolverlo. Redolés incomoda, a fin de cuentas, porque no nos deja olvidar.

Osvaldo Carvajal M.

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Junio 30, 2026 • 2 horas atrás por: ElCiudadano.cl 25 visitas 2247438

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