El Ciudadano
Por Arturo I. Castro Martínez

Se llamaba Marcos. Pero podría haberse llamado de cualquier otra forma, porque su historia no es algo excepcional, sino más bien un síntoma persistente e incómodo, de un país que ha aprendido a mirar hacia otro lado cuando la infancia duele.
Lo conocí en un liceo municipal perdido en la periferia. Marcos no era sólo un estudiante: era el resultado de múltiples ausencias y violencias. Ausencia del Estado, ausencia de oportunidades, promesas convertidas en deuda.
Vivía con su abuela, su único sustento, con quien compartía una pieza de material liviano.
Marcos no era un estudiante de buen comportamiento o buenas calificaciones. Era un niño con hambre, la que saciaba con la comida que le daban en el liceo, mismo establecimiento donde fue reducido a la etiqueta de “niño problema”, categoría cómoda y funcional, la que permite nombrar sin comprender realidades. No importaban sus noches interrumpidas por el estruendo seco de los disparos, ni el miedo instalado como rutina. No importaba que el sueño le fuera arrebatado por una violencia que no eligió.
Marcos acumuló repitencias como quien acumula derrotas. Llegaba tarde, sí. Pero no por desinterés, sino porque hay vidas que parten desde más atrás, desde lugares donde incluso llegar a clases ya es una forma de resistencia, una pequeña victoria.
¿Comprenden realmente las autoridades cuántos niños y niñas sostienen su día, su energía y hasta su dignidad en lo que les entrega el Programa de Alimentación Escolar?
Marcos iba al colegio no solo a aprender, sino también a comer. En esas horas de clase encontraba algo más que cuadernos y tareas: ahí, casi siempre, su única comida del día. Su rutina escolar estaba sostenida por ese plato que no solo calmaba el hambre, sino que le permitía concentrarse, resistir y seguir, historia repetida en muchas aulas de clases y que hoy es parte del debate público.
¿Qué hacemos con estudiantes como Marcos en un tiempo donde incluso lo esencial —su alimento cotidiano— entra en disputa? ¿Comprenden realmente las autoridades cuántos niños y niñas sostienen su día, su energía y hasta su dignidad en lo que les entrega el Programa de Alimentación Escolar?
Lo que ocurre con Marcos no es un caso aislado, es el rostro concreto de una derrota profunda y dolorosa: la de un sistema que ha sido incapaz de garantizar lo mínimo a quienes más lo necesitan. Cuando su alimentación —y la de tantos otros— se vuelve materia de debate, dejamos de hablar de políticas y empezamos a hablar de una renuncia ética. Marcos no es una cifra ni una excepción; es la evidencia de un modelo que ha normalizado que lo esencial dependa de decisiones administrativas y burocráticas. En esa lógica, su plato de comida no sólo sostiene su jornada escolar, sino que también demuestra el fracaso de una estructura que ha optado por tensionar lo indispensable.
El Estado debe garantizar lo básico sin excusas, con una voluntad política capaz de sostener, de verdad, a sus estudiantes y a todo el sistema educativo. Mientras existan debates como el actual no estaremos educando, sino más bien, fallando en la construcción del país que estamos forjando.
Por Arturo I. Castro Martínez
Profesor y Licenciado en Historia y Ciencias Sociales, especialista en Historia Contemporánea y Mundo Actual de la Universidad de Barcelona. Magíster en Dirección y Liderazgo para la Gestión Educacional. Es parte del Observatorio Nexo Ciudadano.
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